FRENIA, Vol.
VI-2006 127
TEXTOS Y CONTEXTOS
PARA UNA LECTURA NO
MORBOSA DE
«PASSION ÉROTIQUE DES
ÉTOFFES
CHEZ LA FEMME»
(1908-1910),
DE G. G. DE CLÉRAMBAULT
Ramón Esteban Arnáiz
Consorcio Psiquiátrico
«Dr. Villacián». Valladolid
Javier Carreño Villada
Complejo Hospitalario
Universitario de Vigo
Resumen:
Este artículo es una
presentación de nuestra traducción al castellano de dos trabajos de
Clérambault, «Passion
érotique des étoffes chez la femme» y «Passion érotique des étoffes
chez la femme (suite)»,
publicados respectivamente en 1908 y 1910, en los que abordó
el estudio de cuatro
mujeres en las que coincidían una inhabitual forma de cleptomanía
y un también atípico
comportamiento fetichista. Se contextualizan los marcos legislativo,
social, institucional y
doctrinal de la época en que fueron escritos, así como el momento
biográfico del autor.
Se señalan algunas características de su método exploratorio («manoeuvrer
le malade»).
Palabras clave: De Clérambault, pasión,
cleptomanía, fetichismo en la mujer, seda.
Abstract:
This paper presents our spanish translation of
two essays written by Clérambault, «The
erotic passion of women for fabrics» (1908) and
«The erotic passion of women for fabrics
(resumption)» (1910), in which the author
studied four cases of women who had in common
some unusual form of kleptomania and
fetishistic behaviour. Our article also provides
the legal, social, institutional and doctrinal
context for these two texts, as well as
TEXTOS Y CONTEXTOS
128 FRENIA, Vol.
VI-2006
some references to Clérambault's biography.
Some features of his exploratory methods
(«manoeuvrer
le malade») are also pointed out.
Key words: Clérambault,
passion, kleptomania, fetishism in women, silk.
INTRODUCCIÓN
Con motivo de
participar en la I
Jornada sobre los clásicos en Psiquiatría: Gaëtan Gatian
de Clérambault
(1872-1934), celebradas el 25 de
enero de 2006 en el Hospital Nicolás
Peña (Vigo), y al no
encontrar ninguna versión en castellano, nos vimos
obligados a hacer una
traducción de trabajo de dos artículos de Clérambault, «Passion
érotique des étoffes chez
la femme (à suivre)» y «Passion érotique des étoffes
chez la femme (suite)»,
publicados el primero en 1908 —aunque parece que lo escribió
en la segunda mitad de
1906— y el segundo en 19101. En ellos abordaba el
estudio
de cuatro mujeres en
las que observó una inusual forma clínica de cleptomanía
combinada con un
también atípico —al menos entonces— comportamiento aparentemente
fetichista.
Las líneas siguientes
recogen nuestra intervención en Vigo. La mencionada traducción,
revisada y anotada, se
incluye a continuación de nuestro texto introductorio.
Nuestra fuente
principal para la traducción ha sido la edición facsímil hecha por
Frénésie Éditions en
19872, que reproducía en un
sólo volumen la canónica recopilación
de la Oeuvre psychiatrique de Clérambault llevada
a cabo en 1942 por Jean Fretet y
auspiciada por el Comité des Éleves et
Amis de Clérambault3. Hemos intentado ser
fieles al
estilo clérambaultiano,
que tanto debate ha suscitado entre tirios y troyanos, si bien los
aspectos formales de
estos artículos no tienen nada que ver con los de sus famosos
«certificados-informe»;
pese a todo, hemos aligerado mínimamente las repeticiones de
algún párrafo pues
incomodaban la lectura en castellano.
————
1 CLÉRAMBAULT, G. G. de, «Passion
érotique des étoffes chez la femme», Archives d’Anthropologie
Criminelle, 15-6-1908, nº 174; p. 439 y ss.; y: «Passion
érotique des étoffes chez la femme (suite) [continuación]
», Archives d’Anthropologie Criminelle , agosto de 1910, p. 583 y ss.
2 CLÉRAMBAULT, G.G. de, «Passion
érotique des étoffes chez la femme» [1908] y «Passion érotique
des étoffes chez la femme (suite)» [1910]. En: OEuvres Psychiatriques, Colección INSANIA-Les Introuvables de
la Psychiatrie. París,
Frénésie Éditions, 1987 ; pp. 683-720. Hay otra edición más reciente: Passion érotique
des étoffes chez la femme, París-Le Mesnil, Les Empechêurs de penser en
rond, 2002, con prólogo de François
Leguil.
3 CLÉRAMBAULT, G.G. de, OEuvre Psychiatrique, París, P.U.F, 1942, 2 vols.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 129
1. PASIÓN + TELAS + CLÉRAMBAULT
1.1. Pasión: de la
filosofía a la psicopatología
El término ‘pasión’,
del griego pathos y que dio en latín el
verbo patior (sufrir,
experimentar,
soportar), designa todos los fenómenos en que el alma está pasiva,
especialmente en
relación con los impulsos procedentes del cuerpo. Los idiomas
español, francés e
inglés coinciden hoy en denominar pasión a una inclinación exclusiva
hacia un objeto, un
estado afectivo duradero y violento en el cual se produce un
desequilibrio
psicológico porque el objeto de la pasión ocupa excesiva o exclusivamente
la mente.
En un sentido más
específicamente filosófico, la pasión es un error de juicio que
nos lleva a desear algo
que es contrario a nuestra naturaleza racional o moral. En ese
sentido, el estoico
Epicteto declaraba que «la pasión es querer una cosa que no puede
ocurrir». La pasión,
como oposición a la acción, era una de las
categorías distinguidas
por Aristóteles (De las categorías), en tanto que estado
en el cual un objeto sufre la
acción de otro. Para
algunos estoicos las pasiones fueron perversiones de la razón,
extravíos de nuestro
juicio que nos apartan de nuestros deberes naturales. Cicerón
(Tusculanas) citaba a Zenón de
Citium, quien afirmaba que «la pasión es una conmoción
del alma opuesta a la
recta razón y contra natura».
En Descartes se inicia
quizá una moderna medicalización del concepto: en su
Tratado de las pasiones
las relacionará con las
influencias que el cuerpo ejerce en el
alma sin que llegue a
intervenir la voluntad. Spinoza (Ética) entiende que los
afectos
proceden de las
pasiones, y cuando las «fuerzas del alma» son insuficientes, las pasiones
se oponen a las
acciones, a las virtudes y a la libertad en general; propondrá
resistirlas no con
razonamientos ni con la mera buena voluntad, sino oponiéndoles
afectos activos
derivados de una verdadera fuerza del alma, tales como el valor, la
firmeza, la
generosidad, etc., a sabiendas de que esas fuerzas nacen de la alegría de
comprender las causas
de dichas pasiones.
Para Kant, (Antropología desde el
punto de vista pragmático, 1798) «la inclinación que
la razón del sujeto no
puede dominar, o no llega a hacerlo sino con esfuerzo, es la pasión
». Es una disposición
del espíritu que procede de la facultad de desear. Tiene una
acción permanente,
«como un veneno ingerido o una enfermedad adquirida», y necesita
un médico que la cuide
desde el interior o el exterior, aunque casi nunca pueda administrarle
más que cuidados
paliativos. Tras esa metaforización, no es extraño que
desde la época
pineliana el término pasión entrase a formar parte del incipiente vocabulario
psicopatológico, donde
permanecería casi ciento cincuenta años.
TEXTOS Y CONTEXTOS
130 FRENIA, Vol. VI-2006
1.2. Para una lectura
no morbosa...
Pasión, sedas y
Clérambault: uniendo esos tres términos el morbo está servido,
porque se ha hablado de
él como «psiquiatra enamorado de las telas»4, casi como de
un fetichista y un
perverso, debido a su afición por fotografiar los ropajes de las mujeres
norteafricanas, estudio
antropológico que vertió en sucesivos cursos de “drapé”
[plisado] en la Escuela
de Bellas Artes de París entre 1923 y 1926, interrumpidos sin
explicaciones por el
director de la Escuela. Dicha interrupción le afectó mucho y hay
quien lo relaciona con
su muerte, mas no se suicidó hasta 1934, tras quedarse casi
ciego entre otras
circunstancias. Pero si nos dejásemos llevar por el morbo, nos moveríamos
en un plano cuyas coordenadas
son un absurdo y un imposible. O, poniendo
un símil mediático:
entre Salsa Rosa y CSI.
Ceder al morbo
acusatorio, que siempre encuentra lo que ya quería antes de
empezar a buscar, sería
absurdo, toda vez que de la presunta perversión de Clérambault
por las telas no hay ni
el mínimo indicio razonable, y que la campaña de prensa
desatada en la fecha de
su suicidio fue entonces y ha sido después absolutamente
refutada5. También sería absurdo
y «salsarosesco» caer en una adoración acrítica,
hipervalorando todas
sus obras y acciones y predicando un bobo culto a la personalidad,
más propio de los
seguidores de «dinios» y similares especies mediáticas.
Imposible nos parece, a
su vez, proceder «estilo CSI», o quizá sería mejor decir
en este caso «a lo comisario
Maigret», pues el famoso personaje de Simenon trabajaba
también en la
Prefectura, donde estaba situado el Dépôt. Maigret, antecesor sin
tecnología de los
actuales CSI, trataba de «meterse en la cabeza del criminal». Lo
imposible de dejarse
llevar «científicamente» por el morbo, al menos para nosotros,
sería intentar meternos
en la cabeza de Clérambault, leer cada letra de sus escritos
como si de las de su
DNA se tratase, hacer un escaneado policial de todas y cada una
de sus motivaciones al
escribir estos artículos... también con la ilegítima idea preconcebida
de encontrarle culpable
de algo. Pero, ¿de qué? ¿Y qué más daría? Aunque se
hallasen evidencias de
cualquier sevicia practicada durante su vida privada, eso no
————
4 Ver: TISSERON, Serge; KHEMIR, Mounira (1990), Gaëtan Gatian de Clérambault, psychiatre et
photographe,
París, Les empêcheurs de
penser en rond. [selección
de photografíass de mujeres con trajes típicos
marroquíes tomadas por
Clérambault en Marruecos entre 1915 y 1917]. Y también: TISSERON, Serge;
TISSERON-PAPETTI, Yolande (1987), L’érotisme du toucher des étoffes, París, Seguier/Archimbaud.
5 Una excelente
compilación de los hechos que rodearon a la muerte de Clérambault puede
encontrarse
en la brillantísima
Tesis Doctoral de Francisco Estévez: ESTÉVEZ GONZÁLEZ, Francisco (1999), El
fenómeno elemental como
paradigma del desencadenamiento en las psicosis. Del automatismo mental de Clérambault
al fenómeno elemental de Lacan, Tesis doctoral
(Dirs.: Prof. Dr. Nicanor Ursúa Lezaun y Prf. Dr.
Jean Garrabé),
Departamento de Filosofía, Universidad del País Vasco, San Sebastián. Sobre la
falta de
evidencias de su
presunta perversión, las circunstancias de su muerte y la campaña de prensa,
ver en especial
pp. 252-266.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 131
invalidaría —salvo ante
algún mentecato— el valor de sus aportaciones clínicas y
psicopatológicas,
algunas aún vigentes hoy en día, ni el valor que sus escritos pueden
tener como objeto para
un ejercicio de lectura historiográfica desprejuiciada.
Optamos, pues, por
exponer algunas de las evocaciones y reflexiones que ha
provocado en nosotros
la lectura de estos dos artículos, tanto acerca de sus contenidos
como acerca de su
autor, es decir, del contexto normativo, doctrinal, institucional
y biográfico en que se
produjeron sus «observaciones».
2. ELEMENTOS PARA UNA
CONTEXTUALIZACIÓN
2.1. Contexto normativo6
Tras la Revolución de
1789, el Código Penal de 1791 fue una tímida reforma de
las Grandes Ordonnances de Louis XIV, propias
del Ancien Régime. Pronto sería precisa
una renovación más
amplia, el Código Penal de 1810, ya plenamente impregnado de
las ideas de la
Ilustración y de sus valores republicanos: protección de la sociedad,
explicitación de las
condiciones para que un acto sea delito y su actor responsable,
etc. Su famoso Artículo
64: «No hay crimen ni delito si el acusado se encontraba en
estado de demencia en
el momento de la acción», influyó poderosamente en los Códigos
de otros países
europeos, entendiéndose la noción de «estado de demencia» no
tanto a los ojos de una
categorización médica sino ante el sentir común. El Código
de 1810 era también
progresista en cuanto a la homosexualidad: practicada en privado
no estaba penalizada,
pero sus Artículos 330 a 340 sobre los delitos sexuales no
solían ser susceptibles
de aplicar el Art. 64, versando más bien sobre los daños a la
víctima. A partir de la
polémica (1828) entre Georget, alumno preferido de Esquirol,
y el jurista Régnault,
empieza a aplicarse el Art. 64 a los delitos sexuales, pues los
alienistas argumentan
que un individuo puede ser un alienado aunque no siempre se
manifieste la
alienación (manía sin delirio de Pinel, monomanías de Esquirol, locura
moral de Pritchard,
locura lúcida de U. Trélat)... y es imprescindible que ellos sean
llamados a determinarlo
(legitimación profesional).
Posteriormente, la Ley
30-6-1838 establece que los alienados no podrán ser encarcelados
con los condenados ni
con los preventivos. Tarda, sin embargo, en aparecer la
————
6 Ver: LANTÉRI-LAURA, G., «Psychiatrie, justice et déviances
sexuelles. Perspective historique»,
ponencia incluida en la Conférence de consensus sur la psychopathologie
et les traitements actuels des auteurs
d’agression sexuelle, París, 22 y 23 de noviembre de 2001,
organizada por la Fédération Française de Psychiatrie.
Psydoc-France,
http://psydoc-fr.broca.inserm.fr/conf&rm/conf/confagrsex/RapportsExperts/
Lanteri.html. Bajado
11-1-2006. Ver también: ÁLVAREZ MARTÍNEZ, J. Mª (1998), «La escuela
del Dépôt y
la otra cara de la
psicopatología», Rev
AEN, 18 (67), 477-482.
TEXTOS Y CONTEXTOS
132 FRENIA, Vol. VI-2006
Circular de la
Prefectura de Policía, de 1-10-1871, por la que se crea la Enfermería Especial
del Dépôt7. Dos normas
posteriores van a hacer que tal dispositivo tenga un gran
protagonismo en los
asuntos médicolegales relacionados con la patología mental. La
primera de ellas, la
Ley 27-5-1885 según la cual los reincidentes podían ser enviados al
destierro y a los
penales de ultramar, conllevó muchas simulaciones de locura para
conseguir la aplicación
del Art. 64, y los alienistas ocuparon más espacio en el sistema.
Laségue («Los
exibicionistas»,1877)8
matizaba criterios
«clínicos» para conductas delictivas
y no delictivas. Magnan
porfió repetidas veces en apoyo de que, aunque un acto
de conducta aislado no
basta para el diagnóstico, siempre cabría la posibilidad de que
un experto encontrase
impulsiones u obsesiones —o algo— que delatase «la alienación
». La segunda
disposición a la que nos referíamos es la conocida como Circular
Chaumié, de 1905, que
ordenaba realizar peritaje ante cualquier sospecha de que el
individuo pudiera
beneficiarse del Art. 64, y para buscar atenuantes en las «particularidades
» del criminal en caso
de que no procediese su completa aplicación. Precedida
la circular por unos
años en que se va gestando el «paradigma de las enfermedades
mentales», la Justicia
quiere ser más «científica». Como señala Lantéri-Laura, eso
tuvo un doble interés:
uno pragmático, ya que hubo menos penas de muerte; otro
teórico, porque por
primera vez en Francia la justicia se interesaba por la persona del
justiciable9.
2.2. Contexto
político-social
Durante el último
tercio del siglo XIX y los años iniciales del XX, Francia vive
momentos de esplendor.
El París de Haussmann, desde 1853, experimenta llamativos
y novedosos cambios
sociológicos. Muchos de éstos se verán reflejados en los
escritos psiquiátricos.
A partir de 1855 aparecen los grandes almacenes10, y Charles
Lasègue pronto estudia las
a su juicio especiales características de un nuevo acto
médicolegal: la
cleptomanía: «A partir de la transformación experimentada por los
grandes almacenes, los
robos se han multiplicado en condiciones lo bastante singulares
y lo bastante uniformes
como para suscitar cierta sorpresa.
————
7 Desde su fundación
hasta 1934, los Médicos-Jefe del Dépôt fueron: Charles LASÈGUE (1850-83),
Henri LEGRAND DU SAULLE (1883-86), Paul GARNIER (1886-1905), Arthur LEGRAS (1905-1913), Ernest
DUPRÉ (1913-20) y G. G. de CLÉRAMBAULT (1920-34).
8 LASÈGUE, Charles, «Les
exhibitionnistes», Union
médicale, mayo 1877. [Reproducido
en De la folie
à deux à l’hysterie et
autres états, París, L’Harmattan,
1998, pp. 107-113].
9 LANTÉRI-LAURA (2001).
10 En 1855, Les Magasins du Louvre; en 1856, Le
Bazar de l’Hôtel de Ville; en 1865, Le Printemps;
en 1869, La Samaritaine ;
en 1895, Les Galeries Lafayette.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 133
Les Magasins du Louvre, fundados en 1855
[...] Todo está en
ellos preparado, organizado, puesto a la vista con el fin de provocar
la atracción. [...] El
problema sólo se resolverá mediante un fino estudio desde la
Patología Mental [...]
Pero aquí no debe imponerse la creencia en las pasiones invencibles.
[…] No se debe a la
potencia de la incitacion, sino a la insuficiencia de la resistencia
[...] La ‘debilidad de
espíritu’ [...], un trastorno cerebral permanente que se
manifiesta mediante
signos reconocibles pese a las dificultades de su exploración»11.
Con su presencia en el
foro, el alienismo sienta otra de las bases de su legitimación
social y su
constitución como especialidad médica. Los alienistas fueron una de las
primeras especialidades
que se organizaron profesionalmente en Francia: desde 1843
tuvieron revista
propia, los Annales
médico-psychologiques, y en 1848 fundaron una asociación
científica, la Société
médico-psychologique,
encargada de coordinar sus actividades
e investigaciones.
————
11 LASÈGUE, Charles (1998), «Vol
aux étalages», Archives générales de
médecine, 1880. [Reproducido
en De la folie à deux à l’hysterie et autres états, París, L’Harmattan, 1998, pp. 115-125].
TEXTOS Y CONTEXTOS
134 FRENIA, Vol. VI-2006
2.3. Contexto doctrinal12
El pensamiento
positivista y el espíritu científico impregnan la vida pública
francesa desde mediados
del s. XIX (Comte, Durkheim, etc.). Los artículos que comentamos
se escriben hacia 1905,
Edad de Oro de la psiquiatría gala. El paradigma
de la alienación ya
casi ha dejado el terreno al paradigma de las enfermedades mentales,
el cual perdurará hasta
la muerte de Clérambault13. El degeneracionismo
impregna
en esos momentos a casi
todas las teorías médicas. Nuestro autor cita como
sus maestros a
Dubuisson14, su mentor durante el
internado en Sainte-Anne, y a sus
jefes en el Dépôt: los
degeneracionistas Garnier15 y Dupré16. Tratándose de casos
de
naturaleza sexual, el
minucioso Clérambault lee en alemán a los más expertos del
momento: Krafft-Ebing y
Moll.
2.4. Contexto
institucional: la Enfermería Especial del Dépôt des Alienés
Dispositivo
médico-legal dedicado en exclusiva a la psiquiatría forense, a él eran
conducidos aquellos
transgresores del orden público sospechosos de alterarlo a causa
de una enfermedad
mental, así como los encarcelados a quienes les sobrevenían ese
tipo de trastornos. De
infraestructura deficiente para la gran rotación de camas a que
se veían sometidas sus
—en los mejores tiempos— once celdas para hombres y siete
para mujeres, en el
período de Garnier llegaron a pasar por ella entre 2500 y 3000
pacientes por año. Los
certificados-informe allí emitidos, de estilo casi telegráfico,
determinaban
oficialmente la imputabilidad o no del sujeto, así como su subsiguiente
destino a la cárcel o
al manicomio correspondiente.
Aún así, la Enfermería
Especial cumplió un importante papel en la docencia de
la ya consolidada
especialidad de psiquiatría. Garnier, desde 1900, instauró «los
————
12 Ver: MARCHAIS, P. (1995), «“L’Automatisme Mental” de Clérambault et ses liens avec la
pensée
psychiatrique française».
En Un siglo de psiquiatría en
España. Dr. Gaëtan Gatian de Clérambault (1872-1934).
Maestro de L'Infirmerie.
Certificateur, Madrid, Extra Editorial,
pp. 285-301. Especialmente pp. 286-287.
13 LANTÉRI-LAURA, G. (1998), Essai sur les paradigmes
de la psychiatrie moderne, Éditions du
temps,1998 (Ed.
española: Madrid, Fundacion Archivos de Neurobiologia, 2001).
14 Partidario de aumentar
el grado de libertad de los internados, Dubuisson también era conocido
por su obra Psychiatrie Médico-Légale. Essai sur la folie
au point de vue médico-légal, Paris, Masson, 1904.
15 Garnier, prolífico
ensayista del degeneracionismo (Les Fétichistes. Pervertis
et invertis sexuels. Observations
médico-légales, Paris, J.-B. Baillière et Fils. 1896; La folie à Paris : étude statistique, clinique
et médico-légale,
prefacio de J. C.
Barbier. París, J.B. Baillière et fils, 1890), abogó por la creación de
hospitales penitenciarios:
Le criminel incstintiv et
les droits de la défense sociale, 1889.
16 Dupré, médico militar
creador en 1905 del término ‘mitomanía’, escribió sobre un extenso repertorio
temático y ostentó una
gran facilidad para crear nuevos conceptos y nomenclaturas (la psychonévrose
émotive des combattants
; patología de la
imaginación y la emotividad; los ‘delirios de imaginación’ ; la
‘constitución emotiva’,
el ‘eretismo’, la ‘debilidad’).
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 135
viernes del Dépôt», sesiones científicas
que alcanzaron reconocido prestigio: la Facultad
de Medicina pronto les
encarga un Curso de Medicina Legal Psiquiátrica. La
«Escuela del Dépôt»
mantendrá desde entonces una rivalidad científica con los hospitales
de Sainte-Anne y La
Salpêtrière y con la universitaria Clinique des maladies
mentales et du
encéphale, y a ella acuden alumnos que serán después «estrellas» de la
psiquiatría francesa
(Sivadon, Lacan, Léon Michaux, etc)17.
2.5. Contexto
biográfico
Nacido en 1872 y muerto
en 1934, Clérambault escribe estos artículos entre 1906
y 1910, es decir, entre
los 34 y 38 años de edad. Es relativamente joven pero ya despunta
su madurez profesional,
aunque el grueso de su obra (las psicosis pasionales y su
elaboración del
‘automatismo mental’) esté aún por hacer. Pero esos cuatro años van a
ser de una
productividad creciente, como intentamos reflejar en la Tabla 1.
TABLA 1.- PUBLICACIONES DE CLÉRAMBAULT ENTRE 1899 Y 1910
1899: Contribución al estudio
del otohematoma,
Tesis doctoral. París, Vigot.
1902 (con GUIARD):
«Contribución al estudio de la locura comunicada y simultánea
», Arch. Neurol.
1903 GARNIER: [Dos
casos redactados con la colaboración de Clérambault] en
«Histéricas
acusadoras», Ann Hyg. publ. et de
Méd. lég.
1906: «Un caso de
delirio colectivo en el que participa un paralítico general», Ann.
Méd.-Psych.
1907: «Embriaguez
psíquica con transformación de la personalidad, según el Dr.
Paul Garnier», Ann. Méd.-Psych.
«Sobre un caso de
“delirio a dos” con formas de comienzo y de colaboración
algo especiales.
Intoxicación subaguda por alcohol de quemar en una
de las codelirantes», Arch. Neurol.
1908: «Informe sobre el
régimen de los alienados en Inglaterra», cuatro artículos
aparecidos en sendos
números de Ann. Méd.-Psych.
«Pasión erótica por las
telas en la mujer», Arch.
Anthrop. Crim. (junio 1908).
————
17 Ver: MICHAUX, Léon (1973), «G.-G. de Clérambault et l’Infirmerie Spéciale», Quelques grands
noms de la psychiatrie.
Confrontations psychiatriques, 1973, nº 11, pp. 41-54.
TEXTOS Y CONTEXTOS
136 FRENIA, Vol. VI-2006
1909: Ocho artículos
sobre diversos temas (fugas, sensibilidad al dolor por la presión,
psicosis alucinatorias,
delirios mnésicos consecutivos a ataques comiciales,
responsabilidad médica
en la redacción de certificados, alucinaciones
liliputienses, locura
intermitente, diagnóstico diferencial de los delirios clorálicos).
1910: Catorce trabajos
sobre temas semejantes, entre ellos «Pasión erótica por las
telas en la mujer
(continuación)», Arch.
Anthrop. Crim. (agosto 1910).
Fuente: CLERAMBAULT, G.G. de, OEuvres Psychiatriques, Colección INSANIA-Les Introuvables de la
Psychiatrie. París,
Frénésie Éditions, 1987 ; pp. 839 y ss.
3. UNA APROXIMACIÓN A LO
QUE ESTOS TEXTOS NOS DICEN DEL AUTOR
3.1 Fortalezas y
debilidades
El contexto
institucional de su trabajo conllevaba que la labor clínica de Clérambault
en el Dépôt debía obligatoriamente
centrarse en el diagnóstico, pero no con
intención terapéutica
sino médico-legal: deducir la imputabilidad o sus atenuantes.
Aún así, en estas
peritaciones sobre tan especiales ladronas de telas brillan en especial
las cualidades de un
gran semiólogo, su capacidad de observación, atomización
y descripción de los
hechos de conducta, tanto a su nivel idéico (pensamiento), como
afectivo (emociones) y
conductual (actos/conación).
Apuntan ya también en
el joven Clérambault sus maneras de nosólogo, en la
mejor tradición francesa
de ‘separar’ entidades nosológicas (está en el paradigma de
las enfermedades
mentales) o al menos sindrómicas (durante su vida profesional verá
el fin de dicho
paradigma y el paso al siguiente: «entidades clínicas» o «entes
clínicoestadísticos
» como les llamará
Lantéri-Laura). En cuanto a su planteamiento general,
su método es impecable:
a partir de la observación clínica trata de buscar un «mecanismo
fundamental» (aquí, la
sinestesia) que le permita sistematizar una teorización
psicopatológica para identificar
especies morbosas, rigor quizá no ajeno al deseo de
dejar fijado un cuadro
que lleve su nombre. Y además, desea también cumplir las
exigencias de un buen
nosógrafo o taxonomista: conoce bien los métodos de la taxonomía
general y su aplicación
a la nosotaxia. Pero su sistema general falla ya desde
la nosología, pues sus
criterios etiopatogénicos, esencialmente organicistas, no encuentran
en su época (ni parecen
estar encontrando aún) una teoría de la psique que
le salve de hacer
extrapolaciones ilegítimas o afirmaciones indemostrables. Su opción
por el cientificismo
finisecular, paradójicamente, hace que su edificio se tambalee
por falta de
legitimación científica.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 137
3.2. Dos palabras sobre
su método de interrogatorio: «Manoeuvrer le malade»
Manoeuvre, manoeuvrer, son términos algo
ambiguos ya en francés. Pertenecen a
un campo semántico en
el que —traduciendo— conviven ‘maniobrar’, ‘manipular’,
‘soliviantar’,
‘artimaña’, pero también ‘conducir’, ‘dirigir’, incluso ‘alentar’. Entre
quienes estuvieron
presentes hay división de opiniones: los más fieles ven empatía,
campechanía, habilidad
y escucha, allá donde los detractores aprecian que se violenta
al paciente con
provocaciones, faltas de delicadeza e interrogatorios imperativos.
Al menos en estos
artículos, el joven Clérambault declara mostrarse partidario
de la escucha paciente,
de valorar más el relato fluido y espontáneo que las respuestas
telegráficas a
preguntas muy cerradas. Apunta ya una técnica para cuando se
hace preciso alguna manoeuvre: hacer que uno no
entiende18 o fingir que hay alguna
contradicción en lo
dicho, para que vuelva a explicarse, sobreabunde o proporcione
entonces algo realmente
contradictorio.
Todo esto está también
impregnado por un deseo de no influir, de no dar pistas
al simulador, pero
—como vemos en el primer caso— de no negarle a nadie su derecho
a librarse de la cárcel
si hay causa que le exima; no olvidemos que el autor había
cursado estudios de
Derecho antes de hacer la carrera de Medicina, y tenía muy presente
la ética de ambas
profesiones.
Como todo buen clásico,
daba gran importancia a la comunicación no verbal, a
la mímica y la motórica
del paciente, prestando especial atención a cómo entraba y
cómo se despedía. Tenía
recursos para llevar a cabo la exploración psicopatológica,
como demuestra la
anécdota que cuenta Léon Michaux, ocurrida con un maníaco al
que, tras un largo
mutismo oposicionista durante el que Clérambault tampoco dijo ni
palabra, sorprendió
enseñándole una caricatura que le había estado haciendo a lo
largo de aquel pulso de
silencio. «¡Clérambault, no eres serio!», le espetó el paciente,
y a partir de ahí habló
sin parar19.
4. PASIÓN ERÓTICA POR LAS
TELAS EN LA MUJER:
LOS HISTORIALES
Como dijimos, tratan
estos expedientes sobre cuatro mujeres, de edades comprendidas
entre los 35 y 49 años,
que presentan un largo historial de robos y conductas
anómalas con
posteriores internamientos en psiquiátricos y prisiones. A lo largo
de las entrevistas,
Clérambault va poco a poco desvelando las circunstancias y razones
íntimas que parecen
mover a estas pacientes a realizar sus actos delictivos. Son robos
de telas, más
concretamente de sedas, producidos por el impulso irrefrenable de adue-
————
18 Como hacía Lacan en sus
presentaciones de Sainte-Anne.
19 MICHAUX (1973), p. 45.
TEXTOS Y CONTEXTOS
138 FRENIA, Vol. VI-2006
ñárselas y
posteriormente masturbarse con ellas. Las pacientes sólo alcanzaban el placer
si la tela era robada.
Después podían desembarazarse del objeto o incluso devolverlo.
Algunas de las
pacientes recordaban escenas infantiles de masturbación y de placer
al contacto con
diferentes tejidos, si bien la aparición de este síntoma se sitúa en ellas
en edades diferentes y
a propósito de muy distintas situaciones vitales. Clérambault
diferencia entre los
robos motivados por esta pasión por las sedas, fruto de «unos
impulsos especiales que
estudiaremos aquí», y otros robos intencionados consecuencia
de la «degeneración
banal con hipomoralidad».
A lo largo de los
historiales Clérambault va elaborando paulatinamente sus
hipótesis etiológicas y
sus planteamientos en torno a la posibilidad de definir y situar
un nuevo síndrome. Su
trabajo está impregnado de doctrina degeneracionista: estudia
con gran interés los
antecedentes familiares, donde encuentra numerosas anormalidades,
tipo «hijo
masturbador», «crisis epilépticas en la infancia», «hermana
nerviosa», «hermano
degenerado, hipomoral», etc., que confirman su elaboración
degeneracionista en
cuanto a la sinestesia. Escribe textualmente: «La sinestesia, que
aquí consiste en la
repercusión genital de impresiones cutáneas banales en sí, se ejerce
con la intermediación
del Sistema Simpático, por un mecanismo semejante a la
excitación que producen
ciertos olores [...] hagamos notar que en la normalidad, en
diversos puntos de la
superficie cutánea (por ejemplo la nuca), existen zonas especialmente
erógenas, mediante
conexiones inexplicables, y que en los sujetos degenerados
surgen otras zonas en
regiones muy variables. [...] la estimulación de la zona
erógena actúa de un
modo estrictamente reflejo; pero en los degenerados tiene la
notable propiedad de
ser condición suficiente para provocar el orgasmo».
Se trataría así de un
proceso que afecta a sujetos degenerados, en virtud de un
mecanismo sinestésico
en el cual el elemento coadyuvante excitador se sitúa en primer
plano y es por sí mismo
capaz de generar el orgasmo, sin necesidad de una relación
sexual completa o ni
siquiera compartida. Compara entonces estos historiales a
la luz de la definición
sobre el fetichismo debida fundamentalmente a los trabajos de
Krafft-Ebbing y Moll, y
destaca las diferencias entre sus pacientes y los varones fetichistas
de dichos autores (la
habitual falta de evocación del sexo opuesto, la preferencia
por este afrodisíaco
pero sin exclusividad y la falta de apego al objeto después
de usarlo) como
argumentos para concluir que conforman un síndrome «nuevo»,
conocido pero no
estudiado en profundidad. Remarca la asociación de este síndrome
con la cleptomanía y
con el sexo femenino, en especial en el grupo de las histéricas, y
finaliza sus
conclusiones aseverando: «Los autores clásicos dicen unánimemente que
el fetichismo no ha
sido aún constatado en la mujer; esta aserción sería falsa si hubiese
que incluir nuestros
casos en el fetichismo; y si no se les incluyese allí, su lugar no
está demarcado en parte
alguna».
A pesar de su intención
de crear una nueva entidad nosológica con estos estudios
sobre la «pasión
erótica por las telas en la mujer», Clérambault se ha asentado en
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 139
la historia de la
psiquiatría merced a sus posteriores trabajos en torno a las «psicosis
pasionales» (conocidas
en la literatura anglosajona como «síndrome de Clérambault»)
y al Automatismo
Mental, en especial por su descripción minuciosa de los «fenómenos
elementales» como
síntomas tempranos de psicosis. Resulta llamativo el hecho de que
no volviese a estudiar
la cuestión de éste u otros fetichismos femeninos, lo cual da lugar
a muchos y variados
interrogantes cuyo planteamiento ahora dejaremos al lector,
no sin antes señalar
que el estatuto de la perversión en la mujer sigue siendo hoy en día
un asunto tan poco
claro para la fenomenología como para el psicoanálisis.
AGRADECIMIENTOS:
A Tiburcio Angosto
Saura, Francisco Estévez González, José Mª Álvarez Martínez
y Beatriz Esteban
Agustí, por su diversa y valiosa colaboración a la escritura de
este artículo.
TEXTOS Y CONTEXTOS
140 FRENIA, Vol. VI-2006
Gaetan GATIAN DE CLERAMBAULT (1872-1934)
FRENIA, Vol. VI-2006 141
Gaëtan GATIAN DE
CLÉRAMBAULT
PASIÓN ERÓTICA POR LAS
TELAS EN LA MUJER1
1908
Ofrecemos a
continuación los historiales de tres mujeres que experimentaban
una atracción morbosa,
principalmente sexual, por ciertos tejidos, sobre todo por la
seda, y compulsiones
cleptomaníacas a causa de tal pasión. Los tres casos son muy
superponibles. Se trata
de detenidas o acusadas examinadas a causa de síntomas
mentales banales, y en
las que la exploración demostró de forma imprevista la existencia
de dicha perversión.
Caso primero. — Histeria. — Tendencia a
la depresión. — Frigidez declarada. Delirio de
tocar. Pasión por la
seda.— Impulsos cleptomaníacos con participación genésica. Esbozos
de perversiones
sexuales en sus sueños (homosexualidad, masoquismo, bestialismo). —
Algofilia simple.
El 30 de julio de 1906,
V. B., mujer de cuarenta años encarcelada en la prisión
de Fresnes, fue enviada
a la Enfermería Especial del Dépôt como presunta alienada,
a
raíz de una crisis de
agitación violenta durante la cual había roto objetos y amenazado
con unas tijeras a
varias personas. Al interrogarla, desde el principio nos pareció
una histérica; pero ya
calmada en ese momento, decía ignorar por completo la causa
de su traslado a la
Enfermería Especial, y sobre todo no recordar ninguna escena
violenta. Por tanto, se
hacía preciso observarla algo más detenidamente. Podría
————
1 Primera publicación: Gaëtan GATIAN DE CLÉRAMBAULT, «Passion érotique des étoffes chez la
femme», Archives d’Anthropologie Criminelle , 15-6-1908, nº 174; p. 439 y ss.
El texto con el que se
ha trabajado es el contenido en OEuvres Psychiatriques, Colección INSANIA-Les
Introuvables de la
Psychiatrie. París, Frénésie Éditions, 1987; pp. 683-720. Traducción y notas de
Ramón
Esteban Arnáiz.
TEXTOS Y CONTEXTOS
142 FRENIA, Vol. VI-2006
haber simulado una
crisis y simular ahora una amnesia. Afirmaba no estar loca, lo
cual podía formar parte
de su juego.
Podría también ocurrir
que hubiese simulado todo inicialmente y que ahora lo
lamentase y renunciase
a simular por miedo «al contacto con las locas». El interés de
la simulación habría
sido en su caso evitar una pena de la que se creía amenazada: su
confinamiento en
prisión. Nuestro maestro, el Dr. Garnier, ha mostrado ampliamente
qué terror inspira tal
medida a todo reincidente y en qué proporción su puesta en
práctica ha hecho
aumentar en los medios carcelarios el número de tentativas de
simulación2. La detenida nos
parecía más bien inteligente; era una mujer de cuarenta
años, de aspecto anémico,
triste y poco habladora.
Al prolongar su
interrogatorio apareció de improviso un dato cuyo interés relegaba
a un segundo plano la
cuestión de su agitación, de su amnesia e incluso de la simulación.
Preguntada sobre el
robo que la había llevado a Fresnes, nos respondió, no sin
resistencia, que había
robado un retal de seda. Su expediente informaba que había sido
condenada cuatro veces
anteriormente, y ella afirmó no robar otra cosa que retales de
seda. El recuerdo de
esos hechos pasados daba la sensación de resultarle penoso; parecía
juzgarlos inútiles,
inoportunos, pedía ser conducida de nuevo a Fresnes, prometía mantenerse
tranquila, se
arrepentía de sus faltas y lloraba. Ante nuestras preguntas daba la
impresión de no
experimentar otro sentimiento sino la vergüenza, y de no saber que
incluso en sus robos
podíamos estar buscando un atenuante de culpabilidad.
Llegamos a saber que
robaba por una especie de impulso surgido a causa de una
tentación demasiado
fuerte, que la seda le fascinaba de un modo especial3, que lo
mismo utilizaba los
retales robados como los tiraba o los regalaba; que era sexualmente
frígida, que había
tenido sin embargo uno o varios amantes y que se masturbaba;
que tras el robo
manoseaba la seda con placer, pareciéndonos muy claro que al
manosearla la
ensuciaba, evidentemente porque la aplicaba contra sus partes genitales.
Nos abstuvimos de
preguntarle qué género preciso de satisfacción buscaba mediante
sus robos y si en ellos
sentía angustia o lucha [interior]. En efecto, temíamos
darle demasiada
información en caso de que de antemano supiese —por haberlo
leído, o por
interrogatorios médico-legales o internamientos anteriores— que los
actos cleptomaníacos se
combinan a veces con perversiones sexuales; y en caso de
que no lo supiera, temíamos
sugestionarla. Mediante preguntas demasiado directas
no hubiésemos logrado
sino privarnos del particular sabor de las evocaciones espon-
————
2 Según la Ley 27-5-1885,
los reincidentes podían ser enviados a los penales de ultramar, con frecuencia
a
La Guayana y como
cadena perpetua. Conllevó muchas simulaciones de locura para conseguir la
aplicación del
Art. 64, y los
alienistas ocuparon más espacio en el sistema. Estuvo vigente en Francia hasta
1970.
3 «[...] la soie la charmait particulièrement». Curiosamente, el verbo charmer tiene en francés tanto el
significado de
‘fascinar’, ‘encantar’, ‘embelesar’, como el de ‘calmar’ (las penas), ‘aliviar’
(los remordimientos),
‘hacer agradable’
(alguna cosa).
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 143
táneas y del especial
valor de convicción que posee un relato fluido; hubiese sido un
error irreparable.
Sus alegaciones
parecían sinceras y se iba dibujando un cuadro coherente, mezclado
sin embargo con
anomalías que hacían subsistir una duda. El comienzo de su pasión
había sido tardío; pero
si frecuentemente es así en la cleptomanía (Dr. Dubuisson), no lo
es en absoluto en los
diversos fetichismos, a los cuales la pasión de tocar tendría que ser
asimilable. Tirar el
objeto robado es bastante habitual en los cleptómanos (Dubuisson),
pero bastante raro en
las pasiones de tipo fetichista. Nuestra paciente decía no acordarse
del inicio de su pasión
por la seda, rehusaba describir su primer robo. Pero lo había llevado
a cabo a los treinta y
dos años de edad; las pasiones fetichistas se remontan casi a
la infancia, por lo
general. Finalmente, parecía un poco difícil que, en una mujer hasta
entonces frígida, una
intensa sensación sexual, equivalente en cierto modo a la del primer
amante en las demás
mujeres, hubiera ocurrido sin dejar recuerdos.
Al día siguiente, las
mismas respuestas sin ningún añadido de interés fueron proporcionadas
a nuestro jefe, el Dr.
Legras, y a nosotros mismos. El tercer día nos informó
de que además de la
seda también le gustaba el terciopelo, y de que desde hacía ya
mucho tiempo obtenía de
esos tejidos placeres sexuales. Salida de un internado a los
quince años, casada a
los dieciséis (quizá debido a ciertos temores que su conducta
inspirase a su
familia), no disfrutó en absoluto de las relaciones conyugales; algunos
años más tarde le
sobrevino una verdadera repulsión hacia su marido. Iniciada la masturbación
poco tiempo antes de
casarse, retomó esa práctica poco después.
Aseguraba que la idea
de masturbarse le había venido espontáneamente. Un día,
sola en su habitación,
experimentó una sensación inesperada ante el roce fortuito de
una silla contra sus
genitales.
«No estaba sentada
encima como es usual, sino a caballo, y la silla estaba tapizada
de terciopelo. Como la
sensación me gustó, volví a hacerlo; pero jamás había
oído hablar de nada de
eso. El uso de los dedos vino después».
Al parecer, con un
amante muy querido para ella había experimentado amagos
de placer sexual, pero
muy inferiores a lo que le proporcionaba la masturbación. Así
pues, al despertarse
por las mañanas se quedaba a veces en el lecho después de que
hubiese partido su
amante, para poder masturbarse sin ser molestada. La masturbación
tenía lugar
preferentemente por la mañana, cuando se sentía descansada. En
ocasiones se abstenía
durante uno o dos días, nunca más tiempo.
Ha tenido sueños
eróticos, con despertar brusco y seguidos de lasitud. «Me he
llegado a despertar en
pleno placer, creyendo estar siendo poseída por un perro; otras
veces, por dos hombres.
A menudo me hacían cosas espantosas, y me despertaba
gritando de tanto como
sufría, y sin embargo experimentaba placer. Era pura imaginación,
jamás en la realidad
habría hecho nada semejante».
Ha robado
exclusivamente retales de seda, y aun sabiéndose histérica jamás ha
aceptado someterse a un
examen pericial, como le sugería su abogado. «Tenía demaTEXTOS
Y CONTEXTOS
144 FRENIA, Vol. VI-2006
siado miedo de ser
internada. Conozco los asilos, una de mis tías murió en Vaucluse:
tenía dolores como los
míos».
Esos dolores se relacionan
con la histeria. Tras una crisis con caída al suelo, la
enferma sentía los
dedos «muy rígidos, y como si me pinchasen con agujas por dentro
de ellos». Las crisis a
menudo ocurrían próximas a la menstruación. Tuvo tres en
Fresnes. La última,
según ella, hacía tres semanas; pero tal crisis no era sino la penúltima,
pues silenciaba una más
reciente que fue la que causó su traslado. Se diría, en
efecto, que no tiene
ningún recuerdo de eso, y cuando —al preguntarle qué podría
haber hecho— se le
citan sus propios actos y palabras mezclados con otros ficticios,
no parecen evocarle
nada.
En cuanto a los robos,
declara que antes de actuar no siente precisamente una
lucha sino más bien un
enervamiento: «Me entran ganas de chillar». No se lo ha dicho
a ningún médico porque
ha preferido no hacerlo; y en cuanto a un abogado,
¡jamás! La rapidez de
este «¡jamás!» habría bastado para sugerirnos —o para probar,
de haber sido preciso—
que su pudor estaba en juego, y por tanto había un componente
sexual en el acto de robar.
Durante todo el
interrogatorio del tercer día responde con vacilaciones, lentitud,
tristeza, y a veces
llora. En su celda está completamente tranquila; además se le permite
pasar parte del tiempo
en el corredor de la sección de mujeres, donde se entretiene
un poco. Cose con
aplicación, pero se inquieta respecto a su retorno a Fresnes,
temiendo que los días
que está pasando aquí no le vayan a contar como tiempo de
prisión o de
confinamiento (cada día de reclusión en celda cuenta el doble).
Su situación
penitenciaria es la siguiente: condenada a veintiséis meses de prisión y
reo de destierro por
reincidencia (cuatro condenas)4; ha obtenido el
indulto para el destierro.
Los veintiséis meses de
prisión terminarían durante 1907, pero con el régimen de
internamiento en celda
gana tiempo; a fin de cuentas, saldrá a comienzos de 1907.
El cuarto día no hay
respuestas destacables. Pero, inmediatamente después de la
entrevista, la enferma
sufre una crisis convulsiva. Algo más tarde declara que está
muy contenta con los
médicos, pero que durante el interrogatorio le sobrevino un
intenso terror a
quedarse aquí internada, ya que ella prefiere estar en Fresnes.
El quinto día habla
reposadamente de su crisis. Siente en los dedos rigidez y
pinchazos. Sus crisis,
dice, son habitualmente provocadas por contrariedades; también
suceden a veces con la
masturbación, cuando el placer ha sido muy intenso. La
última de las crisis
ocurridas en Fresnes parece ser totalmente ignorada por ella;
cuando se la
mencionamos, la niega, y discute los términos que figuran en el informe
buscando inexactitudes.
No fue trasladada a la enfermería de Fresnes; de Fresnes
sólo recuerda su
habitación. Es imposible que haya amenazado a alguien con golpearle
«pues allí nadie entra
en nuestras habitaciones».
————
4 Ver nota 2.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 145
¿Cómo surgió la idea de
frotarse con terciopelo? Lo ignora. El azar facilitó el
contacto de sus
genitales con la silla. Quizá se colocó a caballo en la silla porque ya
había notado que el
contacto del terciopelo con la carne era también agradable en la
posición usual.
En cuanto a su
sexualidad, se desprende con claridad de sus respuestas —comunicadas
con pesar pero sin
falso pudor— que el gozo sexual es en ella fundamentalmente
clitoridiano,
escasamente vaginal; que la masturbación digital y el cunnilingus le
gustaban más que las
relaciones sexuales normales, que ni siquiera las prácticas sexuales
con un hombre muy amado
habían tenido para ella el valor de la masturbación solitaria,
que estuvo cinco años
sin relaciones sexuales y que además del amante mencionado ha
tenido otros
circunstanciales. «En cuanto a mi marido, me desagradaban sus muecas
[durante el coito].
Jadeaba y daba gritos. Al principio me quedé pasmada. Más tarde, él
montaba en cólera
cuando estaba cansada y aplazaba la relación sexual. Un día me
lanzó una palangana
estando en la cama y después me tiró de la cama a mí».
De nuevo habla de
sueños en que dos hombres la sujetan y abusan de ella; en
otros, aparecen
animales en papeles análogos. «Una vez era un enorme animal feroz,
como un león, por
ejemplo. Yo gritaba de dolor y era dichosa a la vez; el dolor aún
persistía al
despertar». Confirma con toda claridad ese punto del dolor agradable.
«Con los hombres que me
violentaban, igual: sufría horriblemente; pero había dicha
dentro de esa horrible
sensación». Ese masoquismo episódico se limita en ella a los
sueños. En la vida
cotidiana jamás ha buscado la alianza del dolor y la voluptuosidad.
Solamente un esbozo de
la búsqueda de sufrimiento podría encontrarse en el
hecho de que, a veces,
se ha entretenido pinchándose con alfileres.
Pero este juego,
desprovisto de toda concomitancia sexual, no proviene de ninguna
tendencia profunda, es
el resultado de la fantasía de una degenerada que un análisis
demostraría de origen
muy superficial. Además, estimamos muy frecuente tal forma de
algofilia, sobre todo
en las histéricas. Pero no es éste el lugar para insistir en ello.
Un esbozo de tendencia
homosexual se encuentra no en sus sueños sino en sus
fantasías diurnas. Muy
a menudo se imagina a una joven de unos dieciséis años, y
pensando en ella se
masturba. Imagina también diversas escenas que ocurren entre
ella y esa chica. La
busca, la encuentra, la lleva a su casa, la desviste, la baña y la
acuesta; continúan con
besos y abrazos; su papel en todo eso es constantemente activo.
A veces, imagina a esa
chica violada por dos hombres. En la vida real jamás ha
tenido tendencias
sádicas ni homosexuales.
Su primer robo tuvo
lugar hace ocho años (a la edad de treinta y dos): «Sin embargo,
tenía todo lo necesario
en mi casa, sobre todo seda, porque era costurera». En
el momento de robar
experimentó un goce sexual resultante del propio robo; si en el
momento de la tentación
le regalaban explícita y simplemente la pieza de seda, no
sentía en eso ningún
placer. Sin embargo, cree que la proximidad del peligro no interviene
para nada en su goce.
Realizado el robo, arruga la pieza de seda sin estropearla,
TEXTOS Y CONTEXTOS
146 FRENIA, Vol. VI-2006
la aplica a sus partes
sexuales y la frota contra ellas. «Me la pongo bajo las faldas ¿Que
si la froto contra mí?
No me acuerdo; pero creo que sí». Al parecer, no ha buscado el
placer en estropear ni
en rasgar la seda, ni tampoco en hacerla «rechinar».
Tratamos de averiguar
si la noción de las diversas perversiones a las que había
aludido (bestialidad,
masoquismo, lesbianismo) no habría sido aprendida en sus
conversaciones en
Saint-Lazare, pero nos contestó que siempre vivió aparte de las
otras reclusas, cosa sencilla
pues siempre estuvo alojada en la Enfermería de Saint-
Lazare, que tiene
reglas muy estrictas.
Dice que siempre ha
sido juzgada sin comparecer y que nunca ha hablado con
un Juez Instructor. Al
preguntarle si ha comentado con algún abogado la especial
fisonomía de sus robos,
contesta enérgicamente: «Esto no se le puede contar a un
abogado para que luego
os lo repregunte en plena audiencia». Y añade: «Yo no sabía
que, como usted dice,
podría ser declarada inimputable».
Le preguntamos cómo
juzga ella misma su caso. «No soy como las demás mujeres,
sólo me perjudico a mí
misma. — ¿Podría usted no masturbarse? — Sí, pero me
falta fuerza de
voluntad. — ¿No le da vergüenza hacerlo? — No lo he pensado, porque
como nadie lo sabe... —
¿Le resulta a usted indiferente? — Me gustaría poder
librarme de eso; me
eché un amante para librarme de mis tocamientos. Además, le
quería de verdad...».
Un último detalle, muy
relacionado con lo que dijimos de sus características
sexuales: presenta
crisis clitoridianas, anunciadas por una sensación de quemazón y
que en varias ocasiones
ha intentado combatir mediante aplicaciones de agua fresca.
A través de una de las
hermanas de la enferma pudimos reseñar los siguientes datos:
familia
neuro-artrítica, degeneración marcada en todos sus integrantes. La abuela
paterna
murió loca. Una tía
paterna murió loca, la cual tenía exactamente el mismo carácter de
nuestra paciente, y
también se masturbaba. Padre muy nervioso, murió asmático (?)
hacia los sesenta años
de edad. Madre nerviosa, excéntrica, fantasiosa, orgullosa, derrochona,
parecida a la enferma
en muchos aspectos. — La paciente es la mayor de cuatro
hijos. Una de sus
hermanas ha tenido histeria traumática y neurastenia (choque emocional
y caída al suelo,
seguida de paraplejia transitoria). La siguiente5, que tiene numerosos
ataques, va a empezar
una cura de aislamiento; conoce por sí misma la psicología de las
crisis. «Mi otra
hermana no las tiene, está demasiado ocupada con sus hijos». Un hermano,
muerto en accidente,
era muy nervioso. — La segunda de las tres chicas, la que hizo
la histeria traumática,
tiene un hijo de dieciocho años, degenerado, anormal, masturbador;
como a nuestra
paciente, le gustaba clavarse alfileres en la piel; tenía crisis de cólera
con ataques a personas
y rotura de objetos; actualmente está internado.
Antecedentes personales
de nuestra enferma: convulsiones en su primera infancia.
A los ocho años de
edad, erupción generalizada de género eccematoso, que se atribuyó
————
5 Resulta confuso saber
si se transcriben aquí palabras de la paciente o de la hermana.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 147
a un susto. Primeras
reglas a los trece años. Vivió en un pensionado hasta los dieciséis.
Bien en los estudios.
Casada a los dieciséis años y medio, quizá por propia inclinación,
quizá porque deseaba
algo más de libertad, quizá porque sus padres se inquietaban por
su conducta. Matrimonio
infortunado; marido a la vez autoritario y desprovisto de
energía, que se ocupaba
irregularmente del comercio y se las daba de artista. Separación
amistosa. La paciente
ha tenido diecisiete embarazos, cuatro de ellos terminados
en abortos. Siempre muy
anémica, no pudo dar de mamar más que en una ocasión.
Ocho de sus hijos han
muerto, quedan cinco vivos. Durante mucho tiempo tuvo a los
cinco a su cargo; el
padre sólo quiso reconocer a los dos primeros; además, se ocupa de
ellos bastante poco y
entregó a los tres últimos a la Asistencia Pública durante uno de
los encarcelamientos de
su mujer. De los dos mayores, uno, de veintidós años, es eccematoso;
la otra, una chica, con
veintidós6 años, tiene crisis
histéricas.
La hermana que nos
informa ha oído antaño al marido de la paciente hacerle
reproches acerca de la
masturbación. Sabe que los ataques suelen seguirse de amnesia,
como ocurrió con uno de
los últimos, el único que le ha sorprendido en la vía
pública y que se debió
a un susto (ferrocarril Metropolitano). Los ataques le acaecían
sobre todo durante los
embarazos, y algunos durante el parto; por eso en los últimos
alumbramientos la
colocaron sobre un colchón tendido en el suelo.
La paciente ha sido
siempre excéntrica, impulsiva, derrochadora, amante de
aparentar y
excesivamente supersticiosa. Compraba sin cesar billetes de lotería, creía
en sus presentimientos
y en sus sueños. «Tal cosa realmente me ocurrirá. Siento que
pronto seré rica, y si
no lo soy me mataré».
¿Ha notado la testigo
que su hermana haya buscado el modo de producirse algún
dolor? «Sí, se pinchaba
con alfileres; mi sobrino, el de dieciocho años, el que está
internado, hacía lo
mismo».
¿Parecía obtener placer
en hacer sufrir a los demás? «Al contrario, es muy caritativa,
muy buena, le gusta
mucho hacer regalos; también regalaba telas. Compraba grandes
cantidades, con
frecuencia piezas pequeñas, sin luego utilizarlas; y se las daba
enseguida a cualquiera,
mire usted qué cosas; hubiera regalado todo lo que tenía».
¿Parecía tener gustos
particulares en cuanto a las telas? «Quizá prefería los tejidos
de colores claros y
chillones». Pero, ¿de qué clase? «De seda; porque es cara, sin
duda; en fin, no sé. La
idea de robar le surgía como un antojo; enseguida tenía remordimientos
».
Por el tono de las
respuestas se ve que la hermana no tenía la menor sospecha de
masoquismo ni sadismo,
y que ignoraba el carácter sensual de la atracción por los
tejidos que se daba en
la enferma. Está claro que ésta no ha hecho confidencias acerca
de sus sensaciones
íntimas. Encontramos igual ignorancia sobre esos asuntos al
tomar declaración al
marido.
————
6 Figura la misma edad en
el original, sin más detalles.
TEXTOS Y CONTEXTOS
148 FRENIA, Vol. VI-2006
Éste último nos pareció
desde los primeros meses un individuo desequilibrado,
equívoco, con una
confianza en sí mismo patológica. No sabe escuchar ni responder.
Su historia es la de un
sujeto inestable e intrigante. Se manifiesta en este matrimonio,
una vez más, la
atracción recíproca entre degenerados (Magnan, Blanche).
Nos confirma lo dicho
por la hermana en cuanto a los rasgos hereditarios de nuestra
enferma. Se separó de
ella tras dieciséis o diecisiete años de matrimonio, en fecha
que ya no recuerda; no
sabe decir el número de embarazos habidos por su esposa, que le
interesaron muy poco y
ahora encuentra absurdo volver a pensar en ellos; los niños
murieron todos
raquíticos, probablemente de «meningitis», dice sonriendo.
Los tres últimos niños
no deben de ser de él, dice. Los dio a la Asistencia Pública
cuando su mujer entró
en prisión; el más pequeño debe de tener ocho años. Los
dos mayores, que son de
él sin duda, asegura que le prefieren a la madre. Para él, su
mujer siempre ha sido
«neurasténica y anémica», debido a los numerosos embarazos
y a hemorragias
frecuentes; sólo pudo dar de mamar una vez. Era de humor alternante;
en un minuto pasaba de
acariciar a los niños a pegarles. Nunca le gustó el
alcohol. La primera
crisis histérica de la que él tuvo conocimiento ocurrió diez años
antes, hasta entonces
su mujer le había ocultado cualquier cosa de ese tipo; después
las crisis fueron muy
numerosas; con frecuencia tenía opistótonos [arqueada hacia
atrás] o actitudes
cataleptoides; después de las crisis los dedos se le quedaban en
hiperextensión,
casi vueltos hacia
atrás, y solía decir: «No me los toques, me los vas a
romper». El rechazo a
las relaciones conyugales sobrevino al cabo ade algunos años; él
pensó entonces que ella
tenía amantes, quizá cinco o seis; no se podía explicar de otro
modo la frialdad que
mostraba hacia él. Durante los últimos años se dio cuenta de que
ella acostumbraba
masturbarse, sobre todo por las mañanas; la sorprendió haciéndolo
en la cama, tanto a las
diez como al mediodía. Ante sus reproches, le respondía abiertamente:
«No tengo ningún placer
contigo, y así no hay motivo alguno para que te
pongas celoso». «Si el
contacto con alguna cosa le resultaba agradable, jamás me lo
dijo. Respecto a las
telas, le gustaba lo bueno. En cuanto a robos, me sisaba dinero con
toda facilidad; pero
robar un reloj, por ejemplo, no, no habría sido capaz; antes bien
robaría algún retal;
debían resultarle tentadores, por su oficio de costurera. Le gustaban
los buenos paños y las
sedas hermosas; sí, quizá el fru-frú de la seda; llevaba con frecuencia
enaguas de seda. Era
como una necesidad, no hay otro modo de entenderlo,
tenía debilidad por la
seda. ¿Su finalidad? Pues la de estar guapa para gustar más a
sus amantes. Ignoro si
ha sido condenada en otras ocasiones».
Resaltaremos en este
historial algunos rasgos especiales: la algofilia, los sueños y
los trastornos
clitoridianos. Sobre la afición a los tejidos y los impulsos al robo no
hablaremos hasta haber
expuesto los otros dos casos clínicos.
La algofilia está en
esta paciente reducida a su más mínima expresión; sólo busca
un dolor físico, y ese
dolor es muy leve; no pide a nadie que se lo produzca; el
dolor no se acompaña de
placer sexual ni de humillación moral. Por tanto, esta muTEXTOS
Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 149
jer nada tiene de
masoquista. Se inflinge a sí misma un pinchazo, el cual quizá esté
atenuado por la
anestesia histérica, quizá modificado por la propia histeria; quizá
busca una emoción al
contemplar algo que podría suponer dolor; se trataría entonces
de un complejo placer
imaginativo. Pero sean cuales sean las ideas que le induzca, la
algofilia es
esquemática inicialmente, muy distinta pues de las algofilias masoquistas,
que son complejas desde
su inicio.
La enferma experimenta
en sus sueños tendencias homosexuales y masoquistas,
que no siente —o al
menos no en tal grado— en estado vigil. Ese hecho ha sido ya
descrito como
homosexualidad limitada al terreno de los sueños, y también como
heterosexualidad que en
algunos invertidos sólo se manifiesta en sueños, lo que viene
a ser lo mismo (Moll).
— No sabemos si algo así ha sido también observado a propósito
de la tendencia
masoquista.
A nuestra enferma, las
crisis de excitación sexual le sobrevienen con predominio
netamente clitoridiano.
Fuera de ellas, acusa la misma preeminencia. La escasa intensidad
de las sensaciones
vaginales puede ser la causa o una de las causas de la
aversión a las
relaciones sexuales normales. La voluptuosidad e incluso el orgasmo
responden a
frotamientos exteriores, la introducción del pene ya no se desea, y eso
TEXTOS Y CONTEXTOS
150 FRENIA, Vol. VI-2006
podría haber sido una
condición favorable al desarrollo de un safismo que, sin duda
a falta de condiciones
psíquicas suficientes, no ha tenido lugar. Pero esa disposición
periférica podría haber
sido suficiente para determinar la búsqueda del placer mediante
el frotamiento, en la
automasturbación, el cunnilingus y
la masturbación con
ayuda del terciopelo o
la seda. De modo que, en esta paciente, la coexistencia de la
pasión erótica por las
telas y el notable clitoridismo no sería una coincidencia sino
una asociación lógica.
Volveremos más tarde sobre este punto.
Caso segundo. — Histeria. — Tendencia a
la depresión con ideas de suicidio. — Amoralidad,
delincuencia. — Delirio
de tocar (pasión erótica por la seda). — Impulsos cleptomaníacos
con participación
genésica.
En octubre de 1902
tuvimos ocasión de explorar en la Enfermería Especial del
Dépôt a la enferma F…,
degenerada histérica, de la cual transcribimos a continuación
un resumen biográfico:
Antecedentes
familiares. — Padre comicial. La
madre murió paralítica. Una
hermana afecta de
parálisis pasajera tras un susto y que murió tuberculosa. Otra
hermana, que tenía
fugas e impulsos suicidas probablemente conscientes, murió
ahogada. La paciente
tiene una hija muy nerviosa, hipomoral, ya condenada por
varios delitos.
Antecedentes
personales. — A los siete años,
trastornos cerebrales consecutivos
a un susto y que
duraron cuatro meses. A los once años, fiebre tifoidea con cefalea
intensa y posterior
dismnesia. Primeras reglas a los quince años. A los diesisiete,
temporada de depresión
con movimientos coreicos y crisis histéricas frecuentes; primer
internamiento (en
Bron). A los veintidós, segundo internamiento (Bron). A los
ventitrés, primer
parto. A los veintinueve (1885), primera condena. A los treinta y
dos (1888), segundo
parto; lactancia prolongada (nodriza). A los treinta y siete años
(1893), pirexia grave
que bien parece haber sido una segunda fiebre tifoidea; sus facultades
quedaron notoriamente
debilitadas y se manifestó la monomanía de robar.
En 1897 se vino a
París.
Entre 1885 y 19057 ha sido detenida
veintidós veces; quince condenas y siete
«no ha lugar»8. De las quince
condenas, siete fueron dictadas entre 1897 y 1901; sólo
una o dos son
anteriores a 1893 (fiebre tifoidea).
El grado de
imputabilidad parece haber ido variando a lo largo de sus delitos.
Fruto de la
degeneración banal con amoralidad han sido algunos robos intencionados,
bien al principio, bien
al final de su larga carrera; varios se llevaron a cabo bajo
————
7 Líneas arriba dijo
haberla explorado en 1902. Más adelante se aclara esta aparente contradicción.
8 Es decir, declarada
inimputable.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 151
nombres falsos y con
cómplices. Pero otros, los más numerosos, procedían de unos
impulsos especiales de
los cuales nos ocuparemos aquí. Así le ocurrió en uno de sus
robos de 1901, en dos
de 1902, en dos de 1903, etc.
En 1901 cae en un
delirio melancólico tras ser arrestada. «Degeneración, depresión,
conducta extraña, robo
de sedas, pasión por las sedas. Hay que estudiarla más
detenidamente en
Sainte-Anne» (Dr. Legras). «Degeneración, depresión, la seda la
electriza» (Dr.
Magnan). «Melancolía con tendencia al suicidio, un intento, etc.» (Dr.
Boudrie). Ingresada el
1 de septiembre, sale el 10 de diciembre.
Durante su estancia en
prisión, el Comisario de su distrito escribe: «Es una mujer
impresionable y
colérica. Se dice que se volvió loca en Saint-Lazare debido al
disgusto por la
detención. Tiene un hijo de ventitrés años, obrero impresor, que lleva
una vida regular. Según
la amante de éste último, la Sra. F… nunca había delirado
antes de entrar en
Saint-Lazare, quizá esté simulando. Es malvada, colérica, tiene
ataques de nervios. No
es capaz de hilar dos ideas seguidas, con ella no hay conversación
posible. Según el
portero, es una mujer nerviosa, malvada, monta escenas
violentas, quizá se da
a la bebida y no trabaja nunca, siempre se pasea en fiacre9, es
una criatura misteriosa
para mí».
En enero de 1902, robo
en unos grandes almacenes con la complicidad de su
hija Etiennette (dos
corsés de seda). Declarada inimputable. Internamiento en febrero
con certificado del Dr.
Legras: «Degeneración, histeria, cleptomanía, etc». Certificado
del Dr. Boudrie, médico
que la trató: «Depresión, tendencia al suicidio,
hemianestesia derecha,
etc». Nuevo informe del Comisario de Policía: «No vive sino
de robos cometidos en
grandes almacenes en complicidad con su hija; siempre consigue
hacerse pasar por loca»
(sic). Alta en septiembre
de 1902.
Quinto ingreso en
octubre de 1902, con certificado del Dr. Garnier, tras ser acusada
de robo. Inimputable.
Algunos días antes de la detención habría hecho un intento
suicida (locomotora).
Evasión en diciembre de 1902.
Sexto ingreso el 30 de
enero de 1903 (Dr. Garnier). Alta en septiembre de 1903.
Séptimo ingreso en
1903, con peritaje del Dr. Dubuisson, de cuyo informe destacamos
las siguientes líneas:
«Lagunas en la memoria, lenguaje infantil, incompleta
conciencia de su
situación. Facultades muy debilitadas a raíz de unas fiebres tifoideas
sufridas a los treinta
y siete años de edad. Desde hace al menos seis años no se
le puede confiar ningún
trabajo. Según sus hijos, fascinada por el dinero, la vigilan
(?). Ha escrito a sus
hijos desde la prisión encargándoles ir a ver a ciertas personas,
desconocidas para todos
ellos, para reclamarles el dinero que le debían».
Octavo internamiento en
diciembre de 1903 (Dr. Legras). Robo, inimputable,
evasión en julio de
1904.
————
9 Coche de caballos
antecesor de los actuales taxis.
TEXTOS Y CONTEXTOS
152 FRENIA, Vol. VI-2006
Noveno internamiento,
tras peritaje (Dr. Roubinovitch). Mismas características
que el anterior.
Una nueva detención en
diciembre de 1905, con prisión preventiva por golpes y
heridas a un agente de
la autoridad que arrestó a su hija cuando ésta acababa de cometer
un robo. Ella misma
parecía estar ojo avizor, de acuerdo con el amante de su
hija. En esta ocasión,
pudo actuar así por su degeneración, pero no estaba enferma
(Dr. Legras).
Tuvimos ocasión de
observarla en 1902, durante sus estancias en la Enfermería
Especial del Dépôt.
Mucho más hipomoral que la paciente V. B..., nos explicó su
caso sin dificultad
desde el principio y con prolijidad enseguida. La atracción por la
seda y por el robo la
describió con términos patognomónicos.
«Recuerdo muy bien que
a la edad de seis años no podía soportar sin gran disgusto
el contacto con el
terciopelo y la lana; me molestaba sobre todo el terciopelo.
Por el contrario, me
gustaba mucho la seda, la prefería para hacerles los vestidos a
mis muñecas, una
hermana que era costurera me daba todos sus retales de seda.
»De los quince a los
veintidós años, trabajar con seda me extenuaba, me ponía
nerviosa, casi enferma;
dejé de sentir ese nerviosismo a los veintidós años, cuando
tuve relaciones
sexuales. Pero aún hoy me sería imposible llevar puesto algo de seda.
El terciopelo también
me resulta agradable; pero mucho menos que la seda. El raso
no me atrae, la
muselina tampoco; prefiero con mucho la faya10, es más sedosa y
cruje. Tocar la seda me
excita mucho más que mirarla, pero estrujarla es aún superior;
me siento mojada,
ningún placer sexual es comparable para mí al que obtengo
con eso.
»Pero el placer es
especialmente intenso cuando la he robado. Robar seda es delicioso;
comprarla no me daría
nunca el mismo gusto. Mi voluntad nada puede contra
la tentación; cuando
robo, el impulso es más fuerte que yo; y además, en esos
momentos no pienso en
otra cosa, me siento vertiginosamente empujada a hacerlo.
La seda me atrae, las
de las cintas, las faldas, los corpiños. Al estrujarla, empiezo
notando pinchazos bajo
las uñas, y entonces es inútil resistirse, es imprescindible que
me la lleve. Cuando me
resisto a este empujón (sic)11, me echo a llorar, me
pongo
nerviosa, salgo de la
tienda y vuelvo a entrar, y si no puedo llevarme la tela, tengo
una crisis.
»Noto una hinchazón en
la garganta, y en el estómago, y después pierdo el conocimiento.
Pero cuando puedo
llevarme la tela y la estrujo, eso me produce una
sensación especial en
el estómago, y enseguida experimento tal clase de placer que se
————
10 Tejido grueso de seda.
11 Clérambault parece
querer llamar la atención sobre que la paciente emplea el término poussée en
su sentido vulgar,
‘empujón’, que aquí coincide con su acepción culta y más compleja: ‘impulso’,
‘impulsión’.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 153
me para la respiración;
estoy como borracha, no puedo tenerme en pie; tiemblo, no
de miedo, entiéndame,
sino más bien de excitación, no sé. No pienso en la mala
acción que acabo de
hacer. En cuanto que he robado la pieza, voy a sentarme en
algún sitio para
manosearla y estrujarla, y es cuando suelen pillarme. Si no, terminado
el placer, me quedo muy
apagada, a veces se me acelera la respiración, se me
incurvan los miembros.
»Después, a veces tiro
las telas nada más salir, o las devuelven mis hijos (?), porque
entonces ya no me
interesan para nada. Cuando la cosa12 ha pasado, bien pasada está.
»A menudo paso épocas
de abatimiento y con pensamientos de suicidio; una
vez, durante uno de mis
internamientos, y otra vez hace diez días; me he puesto ante
las ruedas de una locomotora
en en una estación del tren de cercanías; me lo impidieron
(?).
»Robar seda es mi mayor
placer. Mis hijos han tratado inútilmente de curarme
comprándome cantidad de
piezas de seda. Si me diesen el retal de seda en el mismo
momento en que voy a
robarla, eso no me procuraría sacarle ningún placer; al contrario,
me impediría sentirlo.
Estas últimas frases
ponen bien en relieve un elemento especial, el gusto por el
robo en sí mismo.
En el complejo de
sensaciones y deseos del que procede la propensión cleptomaníaca,
constituye un factor
importante que merece ser identificado.
Recordemos que muchos
delitos cometidos por esta enferma no tenían características
cleptomaníacas. De
escasa moralidad, ha cometido algunos robos sin importancia,
al menos uno de ellos
con premeditación. Sin duda en 1902, cuando fue
sorprendida robando con
la complicidad de su hija, que entonces tenía diecisiete
años y que la ayudaba
tapando sus movimientos. En 1905, su hija fue sorprendida a
su vez robando en unos
grandes almacenes y en el momento de su captura su amante
y su madre se
encontraban a poca distancia de ella. Incluso intervinieron con violencia
para intentar
arrancarla de manos del agente de policía. La existencia de un
acuerdo entre estos
tres personajes, vista su práctica sistemática de robos, parece
innegable. Pero la
responsabilidad de F... en los casos de delito banal era evidentemente
distinta que cuando se
trataba de un acto cleptomaníaco. Más tarde volveremos
sobre este punto.
————
12 Esto es, cuando ha
tenido el orgasmo.
TEXTOS Y CONTEXTOS
154 FRENIA, Vol. VI-2006
Caso tercero. — Histeria. — Delirio de
tocar. — Impulsos cleptomaníacos con participación
genésica. — Toxicomanía
de tipo dipsomaníaco.— Obsesión de género erotomaníaco con
heterosexualidad
psíquica. — Frigidez declarada. — Amoralidad; delincuencia banal. —
Propensión al suicidio.
De nombre B..., viuda
de D..., de cuarenta y cinco años, llevada a la Enfermería
Especial en diciembre
de 1902, tras un robo de seda, histérica, con un expediente de
antecedentes penales
bastante voluminoso, hipomoral como la enferma anterior y
que, al igual que ella,
comunica con facilidad sus vicios.
»Tengo, dice, un marido
excelente en todos los sentidos; sin embargo, siempre
he sentido aversión por
el acto sexual. Por el contrario, a menudo tengo la mente
ocupada por imágenes,
sobre todo femeninas, que me causan arrebatos de un amor
casi ideal. De ese
modo, durante mucho tiempo tuve verdadera adoración por una
monja del Asilo de
Sainte-Anne; la laicización me trastornó13, hice un largo viaje
para volver a verla;
hubiese hecho cualquier cosa que me hubiese pedido, creo que
hubiese robado y matado
por ella. Muy pronto sentí un culto semejante por otra
mujer ideal. Más tarde
amé a un hombre, un suboficial de artillería, muy guapo; le
hubiera dado todo.
»Mi primer delito fue
una especie de intento de estafa. Encargué unos juguetes
por un importe de
trescientos francos en una tienda donde me conocían; tenía la
intención de regalar
esos juguetes. Hubiese terminado pagándolos. Mi madrina, que
es rica y tiene un
título nobiliario, intervino en mi favor. Yo tenía entonces muy mala
salud y sufría ataques
histéricos. Mi madrina es tan desequilibrada como yo, si no
más; pero hubiera hecho
mejor en seguir sus pasos y encaminarme hacia una vida
más piadosa; estaría
ahora mucho más tranquila. Pero en 1881, con venticuatro
años, el primer robo;
en 1888, condena por intento de falsificación de documentos;
otra condena el año
siguiente; después, ya ni sé cuántas más.
»Los robos de seda no
ocurrieron hasta después de tomar éter; a los treinta y
ocho años se me
interrumpieron las reglas y a partir de entonces tenía muchos dolores,
y me puse a consumir
éter; a temporadas probé también con la cocaína y la morfina,
por vía oral, pero
nunca durante mucho tiempo. Bebía éter a rachas, por
ejemplo, durante ocho
días, a razón de 100 o 125 gramos diarios; con frecuencia un
vaso grande a lo largo
del día. El éter me ponía febril y violenta; por ejemplo, en los
almacenes hubiese
golpeado a los empleados que me dirigían la vista. Al tiempo que
el éter, bebía ron, más
que nada para disimular el aliento; y para disimular el del ron,
bebía vino blanco, que
no huele tanto como el tinto. Con el mismo fin probé con
————
13 Desde 1881, con la
laicización y apertura pública de los cementerios, se sucedieron en Francia
una serie de
disposiciones judiciales que abolieron privilegios de la Iglesia sobre personas
y bienes.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 155
«Agua de Botot»14 y con «Agua de Colonia»15, finalmente; pero el
Agua de Colonia
es floja, y yo quería
algo fuerte; en aquél momento, aquellas sustancias también me
gustaban por sí mismas;
y sin embargo, lo normal en mí es que no me guste el alcohol;
ahora mismo no lo
probaría. Habitualmente, es en noviembre cuando me sobreviene
esa pasión. Por esas
fechas me siento muy deprimida; enseguida me vuelvo
otra persona, excitada
e insoportable, gasto bromas pesadas, digo insolencias; muchas
veces he sido expulsada
de restaurantes, tiendas y tranvías». (Esbozo de psicosis
de doble forma. Ver: RITTI, La folie à double forme, pp. 292 y ss.).
»Desde que cumplí los
treintainueve, mis robos han sido siempre lo mismo, sedas.
La seda me produce un
espasmo asombroso y voluptuoso. ¡Soy incapaz de desgarrar la
seda, eso sería demasiado...
oh! (compone la mímica de un estremecimiento).
»El tafetán algo menos;
es con la seda más fina, el color me resulta indiferente.
El terciopelo también
tiene un tacto muy agradable. ¿La muselina? Es mitad de algodón.
El sedal de pesca no
tiene algodón. Me gusta lo que es suave. Más aún me gustan
las gruesas telas de
seda que «crujen» al tocarlas. Pero no podría llevarlas puestas,
me excitaría demasiado.
Me gustaría acostarme con camisones de seda, pero no tengo;
ese no es mi estilo,
eso es para las mujeres que se exhiben en la cama. Además,
yo no podría dormir, me
abrasaría; si ya un trocito me enerva y me tengo que levantar
y refrescarme con
lociones de agua para recobrar la calma. El calicó, los tejidos
pasados, la cretona,
esos no suenan al rasgarlos, hacen un ruidito de nada, podría
desgarrar seiscientos
metros si usted quiere. Las telas nuevas no se pueden rasgar,
rasgando un sólo metro
se desollaría usted los dedos. En el momento de robar un
trocito de seda siento
como angustia; me oculto con él y enseguida siento un gran
placer. Ya está.
Siempre ocurre así.
»¿Me pide usted
conclusiones? Ni yo misma lo sé. Desde mi punto de vista, soy
responsable, no quiero
ir a Sainte-Anne. Quisiera un veneno sedante que me mandase
al otro mundo. A las
demás mujeres se las castiga y eso les sirve de lección. Conmigo
no quieren hacerlo. El
Dr. Legras habría hecho mejor dejando que me
condenasen, como yo le
rogaba; me serviría de escarmiento, así se lo pedí por escrito
al Juez de
Instrucción».
————
14 Colutorio creado en
1755 por Jean-Marie Botot, médico, para aliviar los dolores dentarios de Luis
XIV. Ver: Le Monde Des Parfums, http://dgaudit.free.fr/histoire2.htm
15 Desde 1709, los Farina,
comerciantes italianos establecidos en Colonia, explotaron la receta de un
solución alcohólica a
base de agrios, esencias de vino, romero, bergamota, azahar, cidro y limón.
Llamada
comercialmente «Agua
Admirable», sus clientes franceses la rebautizaron como «Agua de Colonia».
Posteriormente,
Wilhelm Mülhens, de
familia de banqueros afincada en el nº 4711 de la Rue des Cloches de
dicha ciudad,
comercializó la «4711, la verdadera Agua de Colonia», a partir de la receta que
le entregó un
cartujo (esencias de
sándalo, de rosa, ylang-ylang de Filipinas, vetiver de Haití, flor de naranjo y
lavanda),
con presuntas virtudes
medicinales. Ver: Le Monde Des Parfums, ídem.
TEXTOS Y CONTEXTOS
156 FRENIA, Vol. VI-2006
Podemos destacar en
este relato el comienzo tardío de la pasión erótica por la
seda. Es el único
elemento de este ejemplo que se aparta del caso típico. Quizá no
sea cierto. Ya lo
comentaremos después.
II
Nuestras tres enfermas,
en resumen, presentan una hiperestesia al contacto con
la seda, con
repercusión sexual. El gusto por su contacto en sí mismo y la conciencia
de su repercusión
voluptuosa datan de la infancia o de la juventud, en dos de ellas.
La búsqueda del placer
sexual mediante este contacto especial ha desplazado a las
relaciones sexuales
normales, ante las que se mostraron frígidas; esa búsqueda fue
contemporánea a las
primeras excitaciones sexuales, si bien no fue la primera de
ellas. Las tres se
entregaron poco después a la masturbación, casi sin concomitancia
de representaciones
hetero u homosexuales, al menos en los episodios de masturbación
mediante telas. El orgasmo
así obtenido les ha dejado intensos recuerdos, se
reproduce con facilidad
y constituye su modo preferido de disfrutar. No parece que
hayan intentado
asociarlo al coito normal. La palpación de las telas es necesaria para
su placer, su
representación mental; ni siquiera el ruido de la seda puede ser omitido;
la idea de ser
propietarias del retal sí es habitualmente prescindible; las sensaciones
epidérmicas son
necesarias y decisivas. Los diversos tipos de seda actúan de igual
manera; no mencionan
las pieles; también aprecian el terciopelo pero le consideran
muy inferior a la seda.
Las tres pacientes pertenecen al sexo femenino.
El síndrome está
constituido por dos elementos. Uno es la hiperestesia periférica, al
menos parcial. El otro,
la sinestesia genital. La hiperestesia selectiva se manifestó muy al
principio mediante
aversión al terciopelo en una de nuestras enfermas (caso II), pero era
una aversión sin
angustia, a nuestro parecer, y muy distinta de las verdaderas fobias.
Más tarde, a la
aversión le siguió la atracción. La hiperestesia tactil electiva no
es aquí patológica sino
por su intensidad, pues es normal encontrarla en grado leve
en casi todo individuo
refinado, incluso podría decirse que forma parte del sentido
artístico. Igualmente,
la sinestesia genital morbosa no es aquí sino la exageración de
un hecho susceptible de
producirse en un sujeto sano, pero lo enfermizo consiste en
que esa sensación
agradable, en vez de no ser más que un coadyuvante de una excitación
previa entre muchos
otros, provoque tal excitación por sí misma. La intensidad
de la excitación así
obtenida y la búsqueda sistemática mediante tales medios
son otros dos rasgos
patológicos distintos.
Si duda el lector no
habrá dejado de establecer mentalmente un paralelismo entre
ciertos rasgos de esta
perversión y los de la perversión fetichista. El fetichismo
también comienza en
edades tempranas, y se especializa desde el principio en cualquier
objeto, generalmente
único.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 157
Pero la frigidez en
ausencia del fetiche es más absoluta en los tres casos reseñados,
y la representación del
fetiche, ayudada por la masturbación, equivale al propio
fetiche. El fetiche, al
contrario, se asocia a coitos normales, y además representa él
mismo a una persona
sexuada.
Quizá por esta razón su
manipulación reviste un carácter más posesivo, conserva
generalmente su valor
después de usarse, y a menudo se convierte en objeto de
una manifestación de
sadismo. Finalmente, hasta ahora el fetichismo sólo ha sido
constatado en varones,
y quizá, en efecto, por diversos rasgos, se origine exclusivamente
en la psicología
masculina.
Está claro en nuestros
tres casos que la tela no interviene como sustituto del
cuerpo masculino, que
no tiene ninguna cualidad del mismo y que su misión no es
evocarlo.
La anestesia sexual no
es absoluta; la perversión es mucho menos dominante; su
comienzo, quizá menos
claro; todos sus rasgos están menos definidos.
La perversión del
fetichista que ve o que imagina su fetiche, o que se acaricia
con él, es un homenaje
al sexo opuesto; el mismo frotamiento del fetiche contra el
órgano masculino
representa menos una masturbación que un coito, pone en juego
todos los factores
físicos y morales16
del amor masculino,
mientras que el roce del
clítoris contra la seda
dista en nuestros casos17 de poner en juego todos
los componentes
de la sensibilidad
femenina.
Un rasgo notable en los
fetichistas, los sádicos, los invertidos y los masoquistas
es la extremada
abundancia de fantasías relativas al objeto de su pasión. Incluso
aparte del onanismo, se
entregan a verdaderos desenfrenos imaginarios con el tema
de su acto favorito; lo
celebran mediante escritos y dibujos; durante la masturbación
con el fetiche se
imaginan espléndidas escenas; durante el coito masoquista o sádico
transforman la realidad
en su imaginación, para enriquecerla o ennoblecerla.
En nuestras tres
pacientes no encontramos nada de eso; se masturban con la seda
sin más fantasías que
un gourmet solitario paladeando un
vino delicado; a falta de
un trozo de seda no
sueñan con fabulosas sederías para ayudar a la masturbación, y
el contacto con la seda
no se completa en ellas con la visión de personas vestidas de
seda, ni de sedas
variadas y abundantes sobre las que se lanzarían a placer. Esta ausencia
de ayuda imaginativa es
mucho más notable por el hecho de que nuestras tres
enfermas no están
desprovistas de imaginación, y una incluso se entrega frecuentemente
a fantasías pobladas de
perversiones diversas y probablemente colaboradoras
de la masturbación
digital. Aunque la masturbación con la tela se ha acompañado a
veces de fantasías de
diverso tipo, al menos nos parece probado que [a estas enfermas]
no les son en absoluto
necesarias, que no han jugado ningún papel en la génesis
————
16 Morales = afectivos.
17 En el original, «notre cas», ‘nuestro caso’, en
singular. ¿Lapsus del autor o del cajista de imprenta?
TEXTOS Y CONTEXTOS
158 FRENIA, Vol. VI-2006
de la perversión; en
pocas palabras: que si la fantasía es libre para asociarse a esa
perversión, al menos no
pertenece a su esencia. El tejido, en efecto, parece actuar por
sus cualidades
intrínsecas (consistencia, brillo, olor, ruido), cuya mayor parte incluso
son secundarias
comparadas con sus cualidades tactiles. Estas cualidades tactiles son
en verdad variadas,
sutiles, complejas, innumerables para una epidermis refinada; se
multiplican realmente
en cualidades estéticas de orden más amplio; su conjunto, sin
embargo, parece mínimo
y esquemático al lado del complejo de evocaciones sensoriales,
estéticas y morales que
el fetiche propiamente dicho ocasiona en el varón.
A causa, sin duda, de
dicha dominante tactil, ciertas cualidades que generalmente
se le piden al fetiche
no son exigidas a las telas; por ejemplo, haber sido usadas
por el otro, ser una
prenda o haberse impregnado de un olor fisiológico; esas
marcas de uso les
quitarían pronto su valor, pues entre sus cualidades intrínsecas
parece ser
especialmente apreciada (al menos en las sedas) la uniforme lozanía de lo
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 159
no estrenado, y las
arrugas y rozaduras las depreciarían. No creemos que tal integridad
represente un símbolo
de virginidad; tampoco creemos que un placer de violencia
análoga al
sado-fetichismo forme parte del placer de frotarse con telas, siendo la
frotación un medio para
percibir mejor todas las cualidades intrínsecas del tejido; si
se lleva a cabo con
frenesí, es debido a una emoción esténica de orden banal, y no
por una búsqueda sádica
de placer. Hagamos notar además que el contacto de la tela
en cuestión con una
superficie cutánea cualquiera, con roce pero sin frotamiento,
basta para producir un
orgasmo.
No parece que ese hecho
se dé habitualmente en los casos de posesión de un fetiche;
si se produce, se debe
a un mecanismo completamente distinto (se reaviva la
imagen mental tras el
contacto), mientras que en la pasión por las telas constituye el
hecho esencial y
primario; la masturbación indirecta así obtenida puede fácilmente
suplir a la otra18, incluso parece
haberla precedido.
En esta afición al
contacto con repercusión especial, la repercusión genital es automática,
aproximadamente como el
fenómeno de la risa provocada por las cosquillas
(reflejo muy
probablemente protuberancial). La representación del sexo opuesto
tiene aquí tan poco
lugar como en la masturbación del idiota, que ignora la diferencia
entre los sexos; y si
la cadena refleja no tiene, como en el idiota, un asiento estrictamente
infra-cerebral, al
menos no asciende muy arriba en la escala de los hechos
cerebrales, no pasa
casi el nivel psíquico de los recuerdos sensoriales ni de los centros
poligonales.
Como se ve, existen muy
grandes diferencias entre la textura del fetichismo y la
de la perversión de
nuestras enfermas. Aplicarle el término fetichismo sería atribuirle
implícitamente
características clínicas que no tiene, tales como la potencia exclusiva,
ciertas complicaciones
mentales, cierta conducta hacia el objeto; sería suponer que
esta perversión ha
nacido exactamente por el mismo mecanismo que el verdadero
fetichismo, mientras
que un análisis más preciso demuestra que ambas patologías
sólo se superponen
parcialmente.
El término
pseudo-fetichismo, o incluso el de fetichismo menor19, evocaría
igualmente la idea de
una analogía demasiado completa. Podríamos preguntarnos si
esta perversión no
pertenece al muy amplio campo de los fetichismos asexualizados.
Parece pertenecer a
dicho campo porque reposa sobre una asociación preestablecida
(sinestesia), porque la
ideación20 no juega ningún papel y
por otras razones más.
De todos modos, creemos
que debía figurar algo aparte y ser gratificada con un
nombre. Para designar
esta especial búsqueda de un contacto dotado de virtudes
afrodisíacas, nos
parecen necesarias dos palabras; el término hifefilia designaría la
————
18 Es decir, a la directa
o digital, como la viene llamando.
19 Traducimos así «petit fétichisme»; para la tradición
médica también valdría ‘fetichismo minor’.
20 ¿O ‘imaginación’?
TEXTOS Y CONTEXTOS
160 FRENIA, Vol. VI-2006
búsqueda del tejido, y
la expresión hifefilia erótica daría cuenta del proceso sinestésico
(Ln0, tejido). Además, el
término hifefilia, o incluso el más general de aptofilia
("BJT, yo toco), pueden
llenar, a nuestro parecer, una laguna del vocabulario usual,
ya que el término «delirio
de tocar», que a
priori le hubiese convenido,
posee hoy el
sentido exclusivo de
delirio fóbico de tocar.
Si queremos analizar
más en detalle el proceso sinestésico, encontraremos en
primer término una
hiperestesia cutánea, si no permanente sí al menos contemporánea
del primer contacto
registrado, y sustentada en las especiales modalidades de
percepción que pone en
juego el contacto con la tela. No hemos podido constatar tal
hiperestesia en
nuestras pacientes; su investigación hubiese exigido una experimentación
muy minuciosa, y sus
resultados habrían sido casi inútiles ante el conocimiento
de la excesiva
variabilidad de la sensibilidad en la histeria, en particular bajo la
influencia
de apetencias
momentáneas, de alteraciones sexuales, etc.
El recuerdo de un
primer contacto genitalmente voluptuoso, ciertamente constituye
para una histérica un
elemento de autosugestión capaz de avivar la sensibilidad
periférica ante
experiencias posteriores. Subrayemos que en la evidente adaptación
recíproca de la epidermis
y una tela suave hay algo completamente distinto que la
esquemática
asociaciación por contigüidad invocada antaño como suficiente explicación
del fetichismo.
La hipoestesia sexual
de la cual nuestras pacientes se pretenden afectas no nos
parece tan grave como
ellas dicen. Contrasta con la precocidad de su despertar
sexual, y con los
momentos de excitación auténtica que confiesan haber obtenido
varias veces con el
coito.
Pero al menos algo es
cierto, a saber: la irregularidad en ellas del desencadenamiento
del orgasmo; ¿proviene
tal irregularidad de un estado constante de «debilidad
irritable» (Feré)21 o de una «debilidad
alternante» con irritabilidad? Ahí tendríamos
una pregunta de orden
general, común a todos los grupos de las perversiones sexuales
(sadismo, masoquismo,
fetichismo).
Nos bastará hacer aquí
constar, una vez más, la presencia del desequilibrio sexual
en el origen de una
perversión propiamente dicha, y la coexistencia de ese desequilibrio
sexual con la tendencia
a emparejamientos ilógicos y tiránicos, que es por sí misma
fuente de tantos
síndromes (obsesiones, fobias, impulsiones, sinestesia, etc.).
Clínicamente, conviene
reparar en que la hipoestesia sexual es aquí realmente
menos rigurosa, menos
constante, que en los fetichistas clásicos: nuestras enfermas,
en efecto, tienen
temporadas de una sexualidad casi normal.
————
21 Charles Féré
(1852-1911), médico, describió la «faiblesse irritable». Designaba con el término genérico
de «irritabilidad» la
capacidad de muchos individuos físicamente débiles, «degenerados», para
emocionarse
y sentir en mayor o
menor grado, de base más bien fisiológica y que se traducía también por una
intensidad anormal de
las representaciones mentales. Ver: FERÉ, Ch. (1888), Dégénérescence et criminalité,
Paris, Alcan, pp. 40 y
ss.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 161
La sinestesia, que aquí
consiste en la repercusión genital de impresiones cutáneas
banales en sí, se
ejerce con la intermediación del Sistema Simpático, por un mecanismo
semejante a la excitación
que producen ciertos olores. Si, normalmente, los contactos
suaves y desprovistos
de sentido, o los olores tenues, no son erógenos sólo por sí
mismos, al menos sirven
de coadyuvantes a las excitaciones eróticas, sobre todo a
aquellas cuyo punto de
partida está en la ideación; pero esos dos factores juntos no
podrían en el sujeto
normal avivar las sensaciones voluptuosas hasta llegar al orgasmo.
El refinamiento de la
percepción tactil y la repercusión de contactos de localización no
genital sobre el
Sistema Simpático son hechos banales; se dan en grado diverso, viéndose
incluso en el varón;
son frecuentes en la mujer y están especialmente desarrollados
en las mujeres
histéricas, encontrándose a cada instante fenómenos sinestésicos al
explorarlas (asfixias,
lágrimas, vómitos, éxtasis, etc.). En cuanto a la participación genital,
aparte de que en grado
leve se produce, inconsciente o subconscientemente, en
todas las emociones
profundas de la mujer (perfumes, música, literatura, religión, etc.),
hagamos notar que, en
la normalidad, en diversos puntos de la superficie cutánea (por
ejemplo, en la nuca)
existen zonas especialmente erógenas, mediante conexiones inexplicables,
y que en los sujetos
degenerados surgen otras zonas en regiones anatómicas
muy variables. Tanto en
normales comoen degenerados, la estimulación de la zona
erógena actúa de un
modo estrictamente reflejo; pero en los degenerados tiene la notable
propiedad de ser
condición suficiente para provocar el orgasmo, mientras que en
los sujetos normales es
de entrada insuficiente para esto, e incluso la estimulación de la
zona es incapaz de
aparecer si no hay una intención erótica previa. El contacto erógeno
de la seda en nuestras
pacientes es comparable, en cierta medida, a la excitación de
las zonas erógenas; en
uno y otro caso se trata de una cualidad muy periférica del contacto
cuyas condiciones se
nos escapan.
Los rasgos patológicos
de la sinestesia considerada como un reflejo residen en
su intensidad, su
espontaneidad y su independencia; considerada como un hábito22,
también es patológica,
por la unión definitiva de sus dos términos y por las diferentes
prevalencias que
adquiere en la vida sexual.
Las relaciones del
exclusivismo con el desequilibrio sexual, de las que hemos
hablado líneas arriba,
constituyen una cuestión teórica imposible de tratar ahora.
Clínicamente, debemos
subrayar que aquí el exclusivismo no es total y que aunque el
contacto con la seda es
para nuestras pacientes el mejor modo para activar la sensibilidad
genital, no es el
único.
Como en el fetichismo
masculino, estamos ante una ligazón entre la vida sexual
y un objeto. Pero aquí,
1º: la ligazón está orgánicamente motivada; 2º, es sensoriosensorial;
3º, la participación
intelectual es nula. La ligazón es de un orden menos
————
22 En el sentido de
‘tendencia constitucional’.
TEXTOS Y CONTEXTOS
162 FRENIA, Vol. VI-2006
elevado23, pero es menos
artificial. En otros términos, la asociación que se lleva a
cabo presenta un
fundamento relativo, ocupa un nivel bajo en el eje nervioso, no
comporta por sí misma
una tendencia a la ideación concomitante; finalmente, permite
la existencia de
excitaciones sexuales de tipo normal, pero de intensidad por lo
general mediocre.
Reunidas todas estas
características, permiten quizá comprender la cristalización
menos clara del caso
tipo, es decir, por una parte, la ausencia de completa
igualdad entre las
enfermas; y, por otra, la relativa variabilidad de la perversión en
una misma paciente. En
diversas épocas de su vida, la enferma puede verse libre de
su perversión. Los
períodos de depresión parecen despertarla; es esta una característica
general en la historia
de los síndromes degenerativos.
Sin embargo, conviene
subrayar que, entre los fenómenos de desagregación causados
por las debilidades24 de todas clases, las
sinestesias figuran siempre en primer
rango; la
susceptibilidad sensitiva de la convalecencia y de los estados de ayuno son
una prueba de ello. La
disarmonía no afecta por igual a todos los peldaños de la escala
mental; se constituyen
automatismos que son cada vez más inferiores. La sinestesia
aquí estudiada debe
pues verse facilitada por ser de naturaleza inferior. Este dato
explica, por ejemplo,
la constitución tardía del síndrome en nuestro tercer caso; quizá
existiese la sensibilidad
tactil antes de la desagregación mental producida por el
alcohol y el éter, pero
la sinestesia genital no existía con anterioridad.
Como dijimos, una
sistematización25 de semejante naturaleza
se puede constituir
debido al carácter
inferior de la sinestesia; si la perversión fetichista masculina,
que es también una
sistematización, nunca se encuentra compuesta por todos sus
elementos en casos
idénticos, quizá sea debido a su caráter más alto en la escala.
Hemos insistido muy
poco sobre la presencia de la histeria en nuestras pacientes
porque tal
característica no parece imprescindible para que surja el síndrome. Si bien
por sus rasgos
psicológicos (sobre todo la autosugestión) facilita la eclosión, sería por
el contrario quizá
susceptible de imprimirle un factor de superficialidad e inconstancia,
como hace con las
obsesiones y las impulsiones. Empero, el grado de variabilidad
que hemos observado en
nuestros casos parece inherente al propio síndrome.
Es más interesante
investigar si existe una correlación entre esta clase de síndrome
y la fisiología
femenina. La repercusión del contacto sobre la sensibilidad
general y la
sensibilidad genital es en la mujer, como antes dijimos, más frecuente y
más amplia que en los
varones.
Por otra parte, la
excitación clitoridiana, por extensas que sean sus repercusiones
sobre la totalidad del
organismo de la mujer, bien parece tener en sí misma una
————
23 En sentido figurado,
esto es, tiene menos que ver con la ideación, con las facultades superiores.
Enseguida volverá sobre
esta idea.
24 Estas ‘debilidades’, en
el sentido de Feré, suponemos.
25 En el sentido de
‘estructuración’, ‘ordenación’ clínica.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 163
naturaleza
particularmente tactil, con ausencia de necesidad imperiosa de orgasmo,
al menos al principio;
nos parece bastante verosímil que esta especie de eretismo de
orden tactil se
despierte con mucha facilidad mediante excitaciones cutáneas tactiles
debido a su analogía.
De ahí ese aire
diletante en el eretismo provocado por la seda, bien que ésta solamente
roce la piel, bien que
se aplique contra el clítoris. Por el contrario, la excitación
vaginal tiene un
carácter agudo y se acompaña de una apetencia imperiosa
(aunque menos penosa,
al parecer, que el deseo similar en el hombre). Es el eretismo
vaginal el que parece
proporcionar el elemento doloroso e impulsivo de la ninfomanía.
Parece, por otra parte,
que la sensibilidad clitoridiana es la que menos disminuye
en los casos de
frigidez femenina, y, en efecto, encontramos en nuestras pacientes
una acusada primacía
clitorídea (preferencia por el cunnilingus,
crisis clitoridianas
espontáneas) y al mismo
tiempo una indiferencia, al menos relativa, hacia la penetración
peneana. Estas
condiciones son favorables a la búsqueda de la excitación
mediante contactos
clitorídeos o cutáneos.
La seda se emplea en
estos casos para frotarse con ella; no hay conductas de amasamiento,
que podrían expresar un
placer por prehensión o posesión; estas sensaciones
son más específicamente
masculinas y, sobre todo, se ejercerían sobre un objeto dotado
de individualidad, y la
tela aquí no la tiene. Si el fetiche del hombre, al contrario, es
manipulado, mancillado
[polucionado], violentado a veces, y posteriormente conservado,
lo es, por una parte,
para mejor saciar ciertas sensaciones de naturaleza masculina;
y por otra, porque el
fetiche es, por sí mismo, como una persona.
Cuando nuestras
pacientes desgarran la seda no es por violencia sádica sino para
sentirla mejor, para
mejor comprenderla. En su contacto con la seda son pasivas;
su personalidad está
cerrada en relación al mundo exterior; desprovista de visión,
desprovista de deseo,
el sexo opuesto no existe; su goce es muy genital, pero se basta
a sí mismo de tal modo
que se le podría denominar asexuado.
En resumen, creemos ver
en la afición erótica por la seda una perversión muy
adaptada al
temperamento femenino y, por eso, mucho más frecuente en las mujeres
que en los hombres.
Las inducciones de este
género siempre son azarosas en terrenos donde no impera la
lógica; sin embargo, se
han demostrado correctas, por ejemplo, las que permiten prever la
mayor frecuencia del
sadismo en el varón y del masoquismo en la mujer.
III
Además de la muy
especial perversión que acabamos de describir, nuestras tres
enfermas han presentado
diversos síndromes más o menos perfilados.
La enferma B...
experimentó en la infancia una especie de delirio de tocar. Decimos
sólo una especie de
delirio de tocar porque el síndrome de tal nombre no apaTEXTOS
Y CONTEXTOS
164 FRENIA, Vol. VI-2006
reció completo en su
caso. La perversión tactil está clara, los rasgos fóbicos son poco
acusados (ni obsesión,
ni angustia); el trastorno es más periférico que psíquico. El
propio trastorno tactil
es quien más tarde, modificado en sentido inverso, dará lugar
a la sinestesia
genital.
La enferma V. B... ha
presentado una algofilia no sexual (se inflingía pinchazos
a sí misma), otro modo
de buscar sensaciones cutáneas al cual quizá se añaden factores
psíquicos más importantes
que en el caso precedente.
El análisis psicológico
de esta nada infrecuente perversión merece especialmente
hacerse. Habría
entonces ocasión de precisar su relación con las parestesias y con la
mentalidad histérica.
Clínicamente se nos aparece aquí como en solitario, desprovisto
de fantasías,
desprovisto de todo eco sexual; en una palabra, en ningún modo es
masoquista.
No nos parece que esos
dos trastornos de inicio periférico se topen por azar con
la pasión tactil por la
seda; son del mismo orden que ésta, de la cual constituyen un
preludio.
Nuestras enfermas
presentan una propensión muy especial a las ensoñaciones
diurnas más
fantasiosas. Este rasgo, frecuente en los degenerados, llega al más alto
grado en los
pervertidos sexuales. No parece haber jugado ningún papel en la génesis
de la perversión
actual; simplemente hay que señalarlo como un síndrome concomitante.
Hay que subrayar aquí
que en el caso V. B... la fantasía evocadora toma como
tema diversas
perversiones sexuales apenas esbozadas en la paciente, pero no la pasión
por las telas que,
quizá, se preste menos a ser fantaseada.
En tales fantasías ha
aparecido como tema morboso la inversión psíquica y física.
Quizá no sea muy
completa. En los episodios imaginarios de inversión, se puede
reconocer la
intervención de otras dos inclinaciones emparentadas entre sí. Una es la
gamomanía26 (Legrand du Saulle); la
otra es la necesidad de protegerse activamente
contra el embarazo, muy
análoga en su origen a la doromanía27 y a menudo, además,
ligada a ella. (Un
bonito ejemplo de la unión de estas tres pasiones en un mismo
sujeto puede
encontrarse en La
Folie à Paris, del Dr. P. Garnier,
p. 39128). La
inversión no figura
sólo en las fantasías sino también en los sueños. En los sueños se
muestra también una
pasividad, una algofilia sexual muy próxima al verdadero masoquismo;
únicamente se
diferencian en la ausencia de representación masculina, de
las apetencias
psíquicas con ella relacionadas, y de la idea de humillación. Para nada
hablaremos de bestialismo
a propósito de la representación de animales porque estos
aparecen solamente como
factores de producción de dolor y exclusivamente con
ocasión del orgasmo;
los deseos no se dirigen a ellos ni siquiera en los sueños.
————
26 Impulsión morbosa que empujaba
a contraer sucesivos compromisos de matrimonio.
27 Doromanía: impulsión a
hacer regalos, a recibirlos, y también afición morbosa por las pieles.
28 GARNIER, Paul (1890), La folie à Paris : étude statistique, clinique
et médico-légale, ; prefacio de J. C.
Barbier. París, J.B.
Baillière et fils.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 165
Asímismo, observamos en
nuestras pacientes una tendencia marcada a la depresión
con ideas de suicidio,
la amoralidad en dos de ellas, la histeria, y finalmente los
impulsos
cleptomaníacos. Todos estos trastornos son las marcas de una degeneración
cuya existencia era
indudable a priori29.
Los robos
cleptomaníacos tiene lugar aquí a consecuencia de la atracción de un
objeto especial y
también por disminución de la resistencia (casos mixtos de Dubuisson).
Esta disminución es la
consecuencia de un debilitamiento orgánico y nervioso
(tifoideas, anemia,
éter). Este dato es, resumiendo, clásico (Magnan, Dubuisson, etc.).
El debilitamiento no
sólo tiene como efecto disminuir la resistencia, también aviva el
deseo facilitando los
automatismos psíquicos inferiores y las sinestesias morbosas.
La enferma B... debutó
tardíamente en la cleptomanía. No es tan seguro que la
perversión sexual
(excitación mediante la seda) haya tenido en su caso un comienzo
tardío; quizá ya
existiese el placer tactil, pero la sinestesia genital no se hubiese producido
de no precederla el
debilitamiento; también podría ser que la propia perversión tactil
haya sido originada ex novo. Se trataría entonces
de uno de esos desequilibrios adquiridos
de los que Lasègue
solía decir que «a veces heredamos de nosotros mismos».
La menopausia parece
haber jugado el rol principal en la génesis de esta perversión
del tacto, igual que,
más o menos por sí misma, ha dado lugar a la toxicomanía
con tendencia
dipsomaníaca y a un esbozo de locura de doble forma. Sin embargo, el
estado febril que se da
en la toxicomanía por éter no puede haber dejado de colaborar
en la producción de la
hiperestesia tactil; con toda seguridad, el éter ha sido uno
de los factores más
importantes en la génesis del impulso cleptomaníaco, no sólo
llevando a cabo como
todo tóxico esa desorganización mental (liberaciones de los
automatismos
inferiores, disminución de la resistencia voluntaria) de donde nacen
obsesiones e
impulsiones, sino además porque forma parte de la naturaleza del eterismo
inducir una conducta
impulsiva a todo sujeto que cae en él.
Parece que en la mujer
llamada F... se produce un placer especial en el momento del
acto delictivo debido per se a la sensación de
robar; este elemento cleptofílico resulta evidente
en los casos I, V y XIX
del libro de nuestro maestro el Sr. Dubuisson (p. 64, 81 y
152, respectivamente)30; más tarde da lugar a
esa —en expresión de este autor— «lucha
cortés» que se
establece entre la cleptómana, dispuesta a reincidir, y el personal de los
grandes almacenes.
(Sobre el tema de la sensación cleptofílica, ver también el tercer caso
de Boissier y Lachaux en Annales Médico-Psichologiques, 1894, I, p. 54)31.
Una vez fuera de la
tienda, ¿existe en el caso F... el placer por la prehensión? Esta
pregunta puede
plantearse a propósito de todas las cleptómanas (y en el momento
————
29 Desde antes de
manifestarse la pasión por las telas.
30 Probablemente: DUBUISSON, Paul (1904), Psychiatrie Médico-Légale. Essai sur la folie au point de
vue
médico-légal, Paris, Masson.
31 BOISSIER François y LACHAUX, Georges (1894), «Contribution à l’étude clinique de la
kleptomanie,
Annales
Médico-Psychologiques»,
I, pp. 42-54.
TEXTOS Y CONTEXTOS
166 FRENIA, Vol. VI-2006
actual parece llamar
menos la atención que en los primeros tiempos del estudio de la
cleptomanía).
Dos de nuestros casos
robaban o, si se nos permite la expresión, birlaban cosas
de poco valor, sobre
todo monedas de pocos céntimos. Este tipo de robo pone de
manifiesto más bien la
merma de la resistencia, antes que la potencia de la atracción.
Un último detalle
clínico sería el siguiente. Con frecuencia, después del robo las
enfermas se aíslan en
un rincón, en el portal de alguna casa o en un retrete, para consumar
allí, mediante la
aplicación directa de la seda a sus partes genitales, un orgasmo
que el momento del robo
por sí solo no ha podido hacer llegar al paroxismo.
Después de lo cual, con
frecuencia abandonan la tela, bien por súbita indiferencia,
bien calculadamente.
Lógicamente, el lugar donde se esconden no podría estar muy
alejado del sitio en
que han cometido el robo.
Dos de nuestros casos
sobre tres eran hipomorales o amorales; lo habían demostrado
cometiendo robos de
características no impulsivas y también otros delitos. Estas
pacientes procedían de
Saint-Lazare. Probablemente, entre las enfermas puestas
en libertad durante la
instrucción judicial la proporción de amorales no sería tan alta
como en nuestra corta
serie. La amoralidad, por su parte, no puede impedir reconocer
el carácter impulsivo
de algunos de sus robos; incluso debe, contemplada en conjunto,
ser incluida en el
balance de su degeneración. La existencia de una cierta
premeditación, e
incluso el beneficio posteriormente obtenido de los objetos robados,
no obligan en absoluto
a deducir que el robo no haya sido morboso.
De igual manera,
algunos verdaderos invertidos pueden intentar chantajear a
sus compañeros en el
placer, sin que por eso deba contárseles entre los pederastas
profesionales
(Krafft-Ebing, Moll). Todas las combinaciones son posibles entre los
trastornos
degenerativos, y la amoralidad es uno de ellos.
En una mujer acusada de
robo es poco probable la simulación de la pasión erótica
por la seda. La
veracidad de las declaraciones de una enferma se hace verosímil
ante lo estereotipado
de sus robos, o ante el modus faciendi si se trata de un único delito.
Lo pintoresco de su
relato posee también un valor probatorio; hay que valorar su
intensidad y sus
estereotipias. El médico reconocerá de paso ciertos brillos en la mirada,
ciertos mohines,
ciertas expresiones verbales, ciertas respuestas, percibirá ciertas
palabras muy
expresivas, ciertas maneras de bromear, ciertas adaptaciones a los
tiempos, personas y
lugares como sólo la práctica de una antigua pasión sugeriría.
Sin embargo, sería
posible que tales enfermas (por lo general observadoras y
además muy
sugestionables) se hiciesen una idea suficiente de la perversión que en
ellas indagamos y fuesen
llevadas, voluntaria y sinceramente, por nuestras preguntas
a ofrecernos al cabo de
poco tiempo el relato que de ellas esperamos.
Un número demasiado
grande de preguntas tendría además como consecuencia
el privarnos de unos
monólogos tan expresivos, tan convincentes, como aquellos a
los que hicimos
alusión; dejaría caer una duda sobre la sinceridad de alguna alegaTEXTOS
Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 167
ción posterior, y esa
duda sería irreparable. Por lo tanto, es muy importante permitir
a la enferma la máxima
espontaneidad. Conviene hablarles mediante frases cortas y
no pedirles nunca una
respuesta determinada, sino sólo una especie de narración. Un
procedimiento útil para
provocar ciertas palabras significativas o para suscitar algo
no dicho, consiste en
aparentar haber encontrado una contradicción entre dos cosas
que haya dicho el
paciente, pidiéndole que la deshaga; la rapidez, la improvisación,
el ingenio de las
respuestas así provocadas son información de un alto valor; a veces
se consigue de ese modo
que en verdad nos abran su corazón.
Si por alguna condición
particular una simuladora poseyera algunos conocimientos
psiquiátricos, su
insinceridad se manifestaría por la falta de cohesión y de
relieve, el exceso de
lógica y la ausencia de la lógica morbosa. Inversamente, podría
ocurrir que una
auténtica enferma, declarada por ello irresponsable pretendiese después
haber engañado al
perito médico mediante una hábil simulación; la finalidad de
tal alegato podría ser,
por ejemplo, conseguir salir del asilo. Sus palabras podrían
encontrar una especie
de confirmación en los robos de naturaleza banal que también
hubiese podido haber
llevado a cabo. Por tanto, todo médico llamado para pronunciarse
sobre enfermos de este
tipo deberá informarse con cuidado sobre una posible
amoralidad, para
mencionarla si procede y añadir que no todo robo cometido por la
paciente será
forzosamente impulsivo.
Clínicamente, el
interrogatorio de estos pacientes nunca llega a estar completamente
terminado. La
obligación de esperar la comunicación espontánea de ciertos
datos tiene como efecto
la prolongación del interrogatorio, sin que formulemos alguna
de las preguntas en que
no hemos dejado de pensar. Así, en el caso de la enferma
V. B..., nos hubiese
gustado saber con claridad si la seda arrugada, usada, estaba
para ella desprovista
de todo encanto, si un hombre vestido de ricas sedas le gustaría
más que la seda sola,
si la muchachita fantaseada por ella se vestía de seda o le recordaba
a la seda por la
suavidad de su piel, si le resultaba agradable la piel de los
animales que salían en
sus sueños, si a veces añade a la seda sin estrenar una cierta
idea abstracta de
virginidad, etc.
IV
Para no complicar la
descripción clínica, hemos presentado a nuestras pacientes
comparándolas sólo con
los fetichistas más clásicos. Pero existen perversiones intermedias
entre el fetichismo
típico y la pasión por las telas tal y como la hemos descrito. Esos
casos tienen para
nosotros un interés muy especial por haber sido observados en varones.
Tienen en común con los
nuestros la búsqueda de una materia concreta por razones
tactiles y sexuales; se
diferencian por la complejidad psicológica, el aspecto clínico y
la historia
médico-legal. Los exponemos sucintamente a continuación:
TEXTOS Y CONTEXTOS
168 FRENIA, Vol. VI-2006
Krafft-Ebing, IIª
edición alemana32. Caso 113: A un hombre instruido y
distinguido
le gustan desde la
infancia ciertas pieles y también el terciopelo. El peluche33 también
le agrada, pero
infinitamente menos. Aversión pronunciada por el paño, la franela y
cualquier tejido
áspero. El terciopelo y el peluche que
tapizan algunos muebles también
conservan para él sus
propiedades excitantes. Pero le gusta sobremanera ver y
tocar las pieles y el
terciopelo sobre el cuerpo de una mujer, hundir entonces su cara
en ellos; el coito con
una mujer ataviada de pieles es el mayor placer posible. Siente
adoración por la propia
palabra ‘piel’, los hombres no tienen derecho a vestir con
pieles (la piel tiene
en sí misma un carácter muy femenino)34. El paciente asegura que
el contacto actúa sobre
él espontáneamente, sin intermediación de ninguna asociación
de ideas. El olor
normal de la piel no le gusta. La excitación sexual es posible con normalidad
en las condiciones
normales, la mujer es buscada por sí misma. El contacto
con las pieles hace
desear el de la mujer, hay placer para el enfermo al palpar las formas
de la mujer bajo la
consistencia de la piel; ésta es pues un intermediario físico entre
él y la mujer o la
imagen de la mujer. Así pues, si bien se trata de un fetiche, este fetiche
no es exclusivo,
dominante; sólo es suficiente en el peor de los casos35. El fetiche
no es una persona, pero
debe añadirse a una persona para ser perfecto.
Una analogía con el
fetichismo típico se encuentra en el considerable empleo
que en algunos momentos
hace de la imaginación. No sabemos si las pieles ya usadas
por una mujer le
producen un efecto más activo.
Las demás analogías
saltan a la vista. En cuanto a las diferencias, consisten en
la independencia del
enfermo respecto al fetiche, en la necesidad de completarle (sobre
todo proporcionándole
un modelado femenino), en la naturaleza amorfa del fetiche,
en su intrínseco valor
tactil, en la apropiada base de la sinestesia36, en el hecho
de que no le agradan
todas las propiedades del fetiche ( especialmente el olor). La
piel tiene aquí dos
valores: uno más o menos como fetiche, el otro como contacto
agradable. Éste último
es primario, constituye una haptofilia y quizá explique, por
una parte, las imperfecciones
del fetichismo a ella secundario. (Así, la ausencia de
búsqueda de un olor
agradable añadido a las pieles, la aversión por el olor normal,
etc.). Constatemos
finalmente que este sujeto no se masturba con las pieles ni ha
hecho ningún intento de
robo.
————
32 KRAFFT-EBING, Richard von (1894), Psychopathia sexualis. Eine
klinisch-forensische Studie. Ferdinand
Enke, Stuttgart, 2ª ed. (1ª ed.: 1886).
33 No hay traducción
equivalente. En francés, el peluche es un tejido semejante
al terciopelo pero con
fibras más largas y
menos densas, hecho de seda, lana o algodón. El de éste último material se
corresponde
con la ‘felpa’
española. Peluche también significa
‘pelusa’.
34 El paréntesis parece
una opinión de Clérambault, no del paciente.
35 En ausencia de mujer.
36 Clérambault utiliza una
expresión, le bien-fondé de la
synesthésie, exclusiva del mundo
del Derecho.
Bien-fondé equivale a ‘legítimo’,
‘basado en Derecho’, ‘jurídicamente fundamentado’.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 169
Las diferencias con
nuestros casos consisten en lo siguiente: el contacto meramente
cutáneo no basta para
llegar al orgasmo completo, la piel no tiene el monopolio
de la producción de la
excitación sexual, por el contrario, lleva al sujeto hacia el
sexo opuesto, la mujer
es deseada por sí misma incluso fuera de los momentos de
excitación suscitada y
sin la necesidad imperiosa de completarla mediante pieles.
Nuestros casos
presentan una haptofilia sin la más mínima asociación al fetichismo
ni siquiera incompleto.
El parecido radica en
la haptofilia erótica, originada a partir de una haptofilia
que surgió como tal
cuando el sujeto aún era sexualmente neutro.
Krafft-Ebing. Caso 114:
Muchacho de doce años;
placer tactil con la piel de zorro;
masturbación en la cama
con dicha piel, y también mediante el contacto con un perrito
de pelo espeso. Los
contactos no bastan para producir la eyaculación sin masturbación
manual. Las poluciones
nocturnas no son una prueba de que la representación
mental de la piel sea
una causa suficiente para la eyaculación; la representación puede
ser subsecuente a la
excitación medular.
Caso 116. Este caso, clasificado
como fetichismo exclusivo por las telas, creemos
que debería ser
enfocado como un caso de fetichismo verdadero con sado-fetichismo.
Pero su punto de
partida es haptofílico.
Lo mismo pensamos
acerca del caso 117, tomado del Dr. P.
Garnier (Annales
d’Hygiène publique et de
Médecine légale, 3ª serie, XXIX, 5, y en Les Fétichistes, p. 4637):
Hombre de veintinueve
años. Le atrae la seda desde la infancia; fetichismo por las
prendas de seda una vez
que hayan sido usadas por alguien. Masturbación con retales.
A veces, orgasmo
mediante simple contacto cutáneo.
Les Fétichistes, p. 50: Panadero que
desde hace diez años presenta adoración por
los tejidos lanosos y
peludos (excitación genital por contacto). Búsqueda posterior de
pieles y cualquier
tejido femenino, siempre que ya hayan sido usados por una mujer.
(Fetichismo verdadero).
(El mismo paciente en: Dr. Vallon, «Un fetichismo vergonzoso
», Annales d’Hygiène publique et de Médecine
légale, diciembre de 1895).
El Dr. Garnier estima
también que en el hombre el amor a los tejidos está siempre
condicionado a lo
femenino de la tela. Distingue cuidadosamente, además, el
fetichismo por las
telas (servidumbre sexual), de la simple hiperestesia tactil (afición38).
Les Fétichistes, p. 51, 52, 53.
————
37 GARNIER, Paul (1896), Les Fétichistes. Pervertis et invertis sexuels.
Observations médico-légales, París, J.-
B. Baillière et Fils.
38 Dilettantisme: ‘afición’.
TEXTOS Y CONTEXTOS
170 FRENIA, Vol. VI-2006
Krafft-Ebing. Caso 118:
Hombre de treinta y
tres años. Amor hacia los guantes de
piel, tanto curtida
como sin curtir; prefiere los que tienen señales de haber sido usados,
y sobre todo... cuando
contienen una mano de mujer. Adora la palabra ‘guante’.
Pone los guantes en
contacto con los órganos genitales. Caso de fetichismo verdadero
con inicio haptofílico.
Otros ejemplos de
materias excitantes al tacto, las rosas, la leche.
Krafft-Ebing. Caso 119 (tomado de Moll): Las
rosas. En este caso se trata de asociaciones
de ideas simultáneas
con origen sentimental; las cualidades del objeto favorito
sólo son tenidas en
cuenta en el seno de otras cualidades intrínsecas; cesan de ser
apreciadas en cuanto se
debilita el sentimiento romántico, origen de la dilección.
La leche (Charcot y
Magnan, Archives de Neurologie, 1882, II, p. 321) : Hombre
de cuarenta y cuatro
años, afectado de impotencia y frigidez39 desde hace algún
tiempo; detenido por
froteurismo. Casado, vida sexual normal hasta los cuarenta y
dos años
aproximadamente. Desde que es impotente se entrega a menudo al placer
de remojar su verga en
leche, que le da la sensación del terciopelo. Erección nula. Se
bebe la leche a
continuación sin sentir con eso nada especial. Su continua manipulación
con la leche no parece
obedecer a una atracción fascinante sino a una muy simple
tentación
(¿Debilitamiento intelectual?).
El único caso de
haptofilia pura que se basta a sí misma, y por lo tanto idéntico
a los casos estudiados
por nosotros, es el de un hombre de veintiún años:
Krafft-Ebing. Caso 120:
El pelaje de perros y
gatos le produce una excitación
sexual absolutamente
espontánea, incluso en contra de su voluntad y que procura
evitar si es posible.
Onanismo físico y psíquico pensando en pieles de perros y gatos.
Ninguna asociación con
bestialismo. Si forma parte de un ser vivo, la piel parece
adquirir únicamente
cualidades más complejas de orden tactil. Se trata pues aquí de
una hiperestesia tactil
especializada con sinestesia genital. Los recuerdos tactiles no
tienen carácter
dominante en su vida sexual. Numerosos sueños relacionados con
pieles. No hay aversión
a la mujer.
Debemos reconocer que
los enfermos del Dr. Garnier arriba citados, antes de
convertirse en
fetichistas pasaron por una fase de haptofilia sexual propiamente dicha,
esto es, sin evocación
de la mujer: fue durante la época infantil. Eran entonces
comparables a nuestras
mujeres enfermas. Pero la adolescencia pronto modificó su
perversión.
Todos estos casos
muestran sobradamente que tanto en el hombre como en la
mujer los contactos
periféricos pueden adquirir una sensibilidad exquisita, y ejercer
————
39 Sic. Entendamos por
‘frigidez’ la indiferencia hacia el coito.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 171
como tal una
repercusión considerable, no sólo sobre la sensibilidad general sino
también sobre la
sensibilidad genital. Sobre una base así, sólo la constitución de una
perversión duradera,
dominadora, cristalizada, parece que debería ser más rara en el
varón. La perversión
típica que hemos encontrado en tres mujeres parece especialmente
acorde con el
temperamento femenino. El simple hecho del terreno masculino
parece dar a la
haptofilia erótica, cuando germina, una fisonomía más atípica, quizá
más superficial, o, por
el contrario, una tendencia clara a acercarse al fetichismo, el
cual, bueno es
recordarlo, sólo ha sido descrito en los varones.
Es notable que los
hombres tienen como objeto de predilección las pieles en casi
todos los casos; sólo
en uno era la seda. En varios de ellos aparece el terciopelo como
modesto sucedáneo de la
piel; en un caso es el peluche, y en otro cualquier
tejido velloso
y lanudo. Parece pues
(y los detalles de las observaciones de Krafft-Ebing lo
demostrarían) que lo
que más atrae al hombre del objeto de su deseo es en principio
una cierta sensación de
resistencia blanda, con, secundariamente, algo de tibieza,
mientras que las
mujeres apreciarían en la seda la impresión de refinamiento40 y de
frescor. Nos gusta
deslizar la mano sobre las pieles; quisiéramos que la seda resbalase
por sí misma a lo largo
del dorso de la mano. La piel evoca una caricia activa sobre
alguien que la moldea;
la seda acaricia con suavidad uniforme una epidermis que
sobre todo se siente
participante pasivo; después, por así decirlo, despierta emociones
con sus pliegues y sus
«gritos». Quizá por eso se preste mejor a la voluptuosidad femenina.
Estos subrayados no nos
parecen banales, pero pierden algo de su importancia
ante el hecho de que a
los hombres también les gusta la seda; podría también
deberse a que las
ocupaciones de la mujer la ponen más a menudo en contacto con la
seda que con las
pieles. Con frecuencia, la piel no le basta al hombre, que al manipularla
se imagina a una mujer;
palpando la seda, la mujer permanece mentalmente a
solas. Habitualmente,
los varones parecen no presentar impulsión al robo excepto
cuando la pasión toma
la forma del fetichismo o del sado-fetichismo verdadero.
Si comparamos nuestros
casos de haptofilia femenina con los casos de fetichismo
asexualizado
actualmente conocidos, en los cuales aparecen como excitantes una
ceremonia funeraria, la
contemplación del esfuerzo físico de un hombre (Féré), la
contemplación del
esfuerzo físico de los animales (Féré), las rosas (Moll), etc., reconoceremos
que en estos últimos el
objeto excitante responde menos a la noción de
«Fetiche», que hace de
un objeto una persona y comporta una adoración, que a la de
simple talismán, si por
talismán entendemos, a nuestro parecer, un objeto que obtiene
su poder de un encanto
extraño y contingente, guarda una fuerza que le ha sido
conferida, y, lejos de
gustar por sí mismo, remite a un segundo objeto. Las diferencias
en la conducta de esos
dos tipos de enfermos creemos que se derivan de esa dife-
————
40 En el original, finesse. Tiene un amplio
abanico de significados, relacionados en la época con «lo
femenino»: fineza,
finura, delgadez, esbeltez, pureza, delicadeza, agudeza, astucia, sutileza.
TEXTOS Y CONTEXTOS
172 FRENIA, Vol. VI-2006
rencia primordial. El
fetichismo asexualizado, nos parece, es además más frecuentemente
de aparición tardía y
deuteropático41 en su génesis
(debilitamiento, asociación
de ideas, etc.).
Nuestros casos parecen
estar entremedias de una y otra categoría. Difieren del
fetichismo asexualizado
por la ausencia de orientación hacia el sexo opuesto, por la
necesidad de un
contacto directo, por la ausencia de complejidad psíquica. Se diferencian
del fetichismo
masculino completo por numerosas características, de las cuales
la más general es la
falta absoluta de personalización en el fetiche. Se diferencian
del masoquismo
masculino truncado (Stoff-fetichismus
de Krafft-Ebing) por
los rasgos
indicados en su
momento.
Admitimos, por otra
parte, que los casos de transición deben ser numerosos, que
quizá lo sean en el
terreno de las perversiones sexuales más que en cualquier otro
ámbito, pero aunque
fuesen la mayoría, ciertas combinaciones llamativas no por eso
dejan de merecer ser
puestas especialmente en relieve, primero a título de hallazgo, y
segundo porque el
mecanismo que los produce parece ser susceptible de repetirse con
más frecuencia,
formando de ese modo cortas series entre multitud de casos dispares,
contingentes e
individuales.
V
Nuestros casos, en
resumen, se caracterizan por: la búsqueda del contacto con determinados
tejidos, el orgasmo
venéreo ante el contacto cutáneo por sí solo, la preferencia
de esta clase de
afrodisíaco a cualquier otro pero sin exclusividad absoluta; la
indiferencia a la forma,
al pasado y al poder evocador del fragmento de tela empleado;
el escaso papel de la
imaginación, la falta de apego al objeto después de usarlo, la habitual
falta de evocación del
sexo opuesto, la preferencia por la seda, la asociación con la
cleptomanía, y,
finalmente, en lo que hemos podido conocer, el que sólo se encuentra
este cuadro clínico
completo en mujeres (y en el grupo de las histéricas).
La perversión así
definida seguramente pueda darse en el varón; pero parece entonces
más fuera de lugar, así
como parece que debería tener en él rasgos menos puros.
En esta forma
restringida, la búsqueda de las telas no creemos que haya sido
descrita por los
autores clásicos, aunque no deben ser raros estos casos en la práctica
médico-legal.
Krafft-Ebing definió el
Stoff-fetichismus: «La búsqueda de un
material determinado,
no en tanto que
relacionado con el vestido femenino sino como simple material,
capaz por sí mismo de
despertar o acrecentar las sensaciones sexuales». Y añade:
«los casos en cuestión
no proceden de una asociación fortuita; debemos suponer que
————
41 Deutéropathique: secundario.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 173
ciertas sensaciones
tactiles (una especie de cosquilleo) emparentadas en mayor o
menor grado con las
sensaciones voluptuosas son aquí, en los individuos hiperestésicos,
la causa primordial de
la génesis del fetichismo». (IIª edición alemana, p. 198).
Pero vimos que los
casos citados por Krafft-Ebing no se corresponden del todo
con una definición tan
restringida, y que, por otra parte, nuestros casos, que se ajustan
muy bien a ella, no
tienen analogías en su casuística (que, además, no incluye a
ninguna mujer).
Es probable que en los
informes periciales tales casos sean considerados como
fetichismos verdaderos
o como una especie de fetichismo, o incluso como una variedad
poco importante de la
impulsión cleptomaníaca. Los autores clásicos dicen unánimemente
que «el fetichismo no
ha sido aún constatado en la mujer»; esta aserción
sería falsa si hubiese
que incluir nuestros casos en el fetichismo; y si no se les incluye
allí, su lugar no está
demarcado en parte alguna.
A nuestro parecer, no
pertenecen al fetichismo verdadero, pero merecen ser colocados
a su lado y bajo su
sombra; constituyen en cierta medida su sucedáneo femenino.
Ciertamente, son menos
originales, menos paradójicos, menos complejos.
Pero quizá tengan una
cierta importancia numérica; en todo caso, su asociación con
la cleptomanía les
asegura un interés médico-legal.
[Fin del primer
artículo]
PASIÓN ERÓTICA POR LAS
TELAS EN LA MUJER (continuación)42
1910
Bajo el título
anterior, comunicamos en el nº 174 de Archives d’Antropologie Criminelle
(15 de junio de 1908)
tres casos de una especie de fetichismo incompleto,
observados por nosotros
en mujeres (1902-1906). Un cuarto caso encontrado entre
nuestros informes
periciales justifica, a nuestro entender, las reflexiones que hicimos
en su día a propósito
de los tres primeros casos:
Caso cuarto. — Histeria. — Precocidad
sexual. — Frigidez declarada. — Delirio de tocar.
— Pasión por la seda.—
Impulsos cleptomaníacos con participación genésica. —Esbozo
de masoquismo. —
Amoralidad, delincuencia banal. — Toxicomanía.
————
42 Primera publicación: Gaëtan GATIAN DE
CLÉRAMBAULT, «Passion érotique des étoffes chez
la femme (suite)», Archives d’Anthropologie Criminelle , agosto de 1910, p. 583.
TEXTOS Y CONTEXTOS
174 FRENIA, Vol. VI-2006
María D..., viuda de
A..., ama de casa, cuarenta y nueve años (Enfermería Especial,
enero 1905).
Padre alcohólico, se
suicidó a los sesenta años. La madre también se suicidó.
Un hermano, muy
exaltado, está internado.
Nacida y criada en
provincias43. Desde la edad de
siete u ocho años se entregaba
a la masturbación,
tanto solitaria como recíproca. «Jugaba al papá y la mamá con
otra niña, encima de
las sillas». Primeras reglas a los doce años. Casada a los veintiséis.
Su pasión por la seda
se manifestó muy pronto. «Me casé para tener un buen
vestido de seda negra,
[tan gruesa] que se mantuviese él solo de pie. Después de casarme
aún jugaba a vestir a
las muñecas; aún me gusta hacerlo. La seda tiene un
frufrú, un cricrí que
me hace disfrutar». Con oír pronunciar la palabra seda, o también
con representarse la
seda en su pensamiento, es bastante para provocar en ella
una erección de sus
partes sexuales. El orgasmo total se produce ante el contacto y a
fortiori mediante la fricción de
la seda contra esa región anatómica.
De su matrimonio nació
un hijo que ahora tiene treinta y dos años. Su marido la
pegaba, según dice. A
los dieciocho años, aún viviendo en provincias, tiene un
amante que bebe y roba;
por instigación de éste, dice, cometió un robo de ropa de
cama por el que la
condenaron a cuatro meses. Después de eso se juntó con una mujer
también alcohólica y
ladrona; las dos se emborrachan y roban; segunda condena.
Pronto añadió el éter
al vino y al coñac. La idea de beber éter se le ocurrió cuando
era sirvienta en casa
de un farmacéutico, al verle administrárselo a individuos en
estado de embriaguez
(?). Asegura que cuando dejaba de beber su conducta era buena
de nuevo, es decir,
dejaba de robar.
Se entregaba a diario a
la masturbación. Afirma que las relaciones sexuales
normales no le
procuraban ningún placer. Sin embargo, ha hecho vida marital con
varios hombres, sin
contar, de cuando en cuando, a su marido; esto, tanto en París
como antes de venir.
Recuerda haber vivido en París hacia 1888 con un marinero, y
después con otro del
que dice: «Me pegaba; todavía le quiero mucho, pero él ya no
me habla. Cuando me
pegaba, a veces sentía yo un verdadero placer».
Añade: «No aguanto a
los hombres; primero porque todos son iguales, y además,
ahora tengo mucha
barriga». En efecto, actualmente es obesa y además sufre una eventración,
secuela de una
laparotomía practicada en 1901 por un fibroma uterino durante
una de sus estancias en
la prisión de Saint-Lazare. Después de esa operación las relaciones
sexuales le resultaron
imposibles, si hay que prestar crédito a sus palabras.
Ha robado en los
grandes almacenes muchas veces. Su ficha reseña veintiséis
condenas, de las que
destacamos una por injurias, probablemente ocasionadas por
ebriedad alcohólica o
etérica; el resto por robo en comercios. Subrayemos tres en
1904, una por robar
seda por un valor de ciento sesenta francos, pieza que después
————
43 En province, es decir, fuera de
París.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 175
del robo enrolló y
ocultó bajo las faldas poniéndola entre sus piernas. Varias veces se
ha negado a responder
al comparecer ante el Tribunal.
En 1901 vivía en las
afueras de París con un obrero mucho más joven que ella,
trabajando como
pescadera, emborrachándose a menudo y teniendo a su cargo a su
hijito, de cuatro años
de edad.
A finales de 1904 entró
en unos grandes almacenes empujada, dice, por una auténtica
impulsión. «Acababa de
beber éter cuando crucé la puerta; además, desde
ocho días antes no
hacía más que beber y no comía lo que se dice nada. En la sección
Sedería me fascinó un
vestido de seda azul claro; se sostenía de pie. La seda que
no se queda tiesa no me
dice nada. Tenía puntillas por el derecho. Cogí ese vestido
de niño, lo deslicé
bajo mis faldas dentro de un gran bolsillo y, sujetándolo por un
extremo, me masturbé en
medio del establecimiento, cerca del ascensor, y después
en el ascensor, donde
tuve el máximo placer. En esos momentos se me hincha la
cabeza, la cara se me
pone roja, me laten las sienes, sólo puedo gozar de esta manera.
Después, lo mismo
conservo el objeto o lo mismo lo abandono. Cuando me sorprendieron,
ya lo he confesado,
solté una patada [a alguien] allí dentro». Añade: «La
masturbación por sí
sola no me da mucho placer, pero la completo pensando en el
tornasol y en el ruido
de la seda. A veces, al masturbarme con seda he tenido incluso
pensamientos con los
hombres, pese a que los hombres no me hacen sentir nada».
Esta enferma se muestra
hipomoral en el terreno afectivo: pensar en su hijo y en su
nieto no suscita en
ella ninguna reflexión que pruebe la existencia de un vínculo normal.
En el terreno ético es
completamente amoral, no manifiesta ningún arrepentimiento por
los robos, impulsivos o
de los otros. «Todo lo que tienen que hacer es no exhibir sus
sedas al alcance de
cualquiera, así no robaría nada». Su memoria es buena. Habla de sus
taras con precisión,
casi con una seguridad enfermiza que, posteriormente resultó tan
llamativa para los
médicos del asilo como lo fue para nosotros. Sus grandes crisis de
histeria y su aptitud
para ser hipnotizada han sido médicamente constatadas.
Nuestro llorado
maestro, el Dr. P. Garnier, la ingresó el 30 de enero de 1905
mediante un certificado
del que extraeremos algunas líneas: «Degeneración mental.
Alteración profunda de
las facultades morales y perversión sexual impulsiva (fetichismo
de la seda). Aparición
de esta obsesión en la adolescencia... Excesos etílicos y
eteromanía. Accidentes
[accesos] histéricos».
En Sainte-Anne, el Dr.
Magnan añade a las características reseñadas la mención
«dipsomanía».
El Dr. Colin
(Villejuif), puso a la enferma en libertad al cabo de tres meses y
medio de internamiento.
Debemos añadir que esta
enferma había sido explorada, a comienzos de enero
de 1905, por nuestro
maestro el Prof. Raymond, a título de perito del Tribunal. Puso
de manifiesto sus
numerosas taras y también diagnosticó fetichismo.
TEXTOS Y CONTEXTOS
176 FRENIA, Vol. VI-2006
El fetichismo, en ésta
como en las otras enfermas, se ha desarrollado sobre un
fondo de frigidez
sexual. Por un contraste que merecería ser analizado, en esta frígida
el instinto sexual se
desarrolló precozmente y la masturbación se convirtió en un
hábito: precocidad,
frigidez y masturbación son una tríada paradójica que presentan
al menos dos de
nuestras otras enfermas y que pueden encontrarse también, con bastante
frecuencia, al margen
de todo fetichismo. El fetichismo, por su parte, había
aparecido muy temprano:
la enferma, casi siendo una niña aún, ya tenía conciencia
de su atracción por la
seda.
Principalmente por
indiferencia, la enferma ha abandonado toda relación sexual
con el varón, pero
continúa siendo una gran masturbadora. En el onanismo, la imagen
de la seda aparece en
su mente, y no la imagen del hombre; sólo la seda es una
ayuda para el placer,
incluso es su condición; supera y sustituye al hombre: en ese aspecto,
es aproximadamente un
fetiche. Una excepción mucho más aparente que real a
este dominancia de la
seda es la siguiente. Cuando la seda, presente y real, procura el
orgasmo, entonces puede
desaparecer del pensamiento (al menos, del pensamiento
visual) y aparece la
imagen de un varón. Evidentemente, ésta es sólo supererogatoria44;
viene a complicar
mediante la fantasía un estado anímico previamente completo. Mucho
más frecuente, mucho
más intensa y también mucho más eficaz es, ya lo habíamos
señalado, la evocación
del sexo opuesto en el fetichismo masculino.
No sabríamos decir si en
esta enferma la emoción del robo es una condición necesaria,
incluso ni si es
coadyuvante, del placer (la paciente ha cometido con frecuencia
robos banales). Tras
sus robos impulsivos, en su apresuramiento por gozar se
retira a poca
distancia, en un escondrijo muy precario; una vez alcanzado el placer se
deshace del objeto con
muy pocas precauciones, imprudencia que es sin duda el efecto
de la relajación de
todo su organismo (deshacerse acto seguido del objeto es una
cosa en sí absurda).
Tras ser usado, el
fetiche pierde todo interés; lo abandona sin lamentarlo, o si lo
conserva no es porque
entonces tenga un valor especial. Durante el acto, no lo ha
manoseado con furia
posesiva, ni —ya lo dijimos— lo ha enriquecido con visiones
intensas, al contrario
de lo que ocurre con los objetos que usan los varones fetichistas.
Estos tres datos se
convierten en uno: para la mujer, el fetiche sólo es un trozo de
materia, no es una
personalidad.
Habrá llamado la
atención que, al menos dos veces, nuestra enferma no haya
robado retales sino
vestidos completamente confeccionados. No es porque la hechura
confiriese al tejido
personalidad alguna ni la facultad de evocarla (por otra parte,
los vestidos no podían
sugerir más que formas de mujer o de niño); no, pero la seda
ensamblada en un
vestido posee en mayor grado la cualidad principal que busca esta
mujer en los retales:
la mayor firmeza posible. «Me gusta la seda que se sostiene en
————
44 Es decir, añadida a
algo previamente imprescindible u obligado.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 177
pie por sí sola».
Incluso su preferencia por la seda negra parece deberse a que da una
mayor impresión de
solidez.
Haremos dos
observaciones respecto a todo esto:
Primero, la mujer
homosexual no tiene forzosamente fetichismo homosexual;
quizá incluso no lo
tenga nunca; al menos una de nuestras mujeres fetichistas era
homosexual y, sin
embargo, al masturbarse con la seda no tenía evocación de formas
femeninas, el goce le
traía hombres a la mente, si es que imaginaba algo en esos
momentos; el hecho es
tanto más notable por tratarse de un placer clitoridiano, es
decir, el más neutro
posible. Eso es un hecho. La explicación quizá consista en un
carácter menos
imaginativo, menos apasionado, del amor de tipo femenino. El safismo,
cuyo ardor es igual al
de la hosmoexualidad masculina, comporta menos fantasías
ideales que ésta
última.
En segundo lugar, la
firmeza de la seda, característica no tan buscada o no tan
precisada hasta este
caso como las cualidades del frescor y la finura. En esta enferma
la seda no sólo debe
rozar con delicadeza la epidermis; es además necesario que tenga
cuerpo. Este dato,
aunque inesperado, no es en suma muy sorprendente. Ya dijimos
que el varón fetichista
buscaba en los materiales de confección principalmente
una blanda suavidad,
que sobre todo le proporcionan el terciopelo, el peluche y las
pieles. Por el
contrario, nuestros ejemplos de mujeres fetichistas siempre han buscado
casi exclusivamente la
seda; todas ellas decían amar su «grito» y su fragilidad45; en
ese «grito» y esa
fragilidad, ¿podría ser que percibiesen no sólo una sensación delicada
sino uno de los signos
de la firmeza, elemento hasta ahora mal identificado por
nosotros? Así, mientras
el hombre demanda al tejido, en la blandura46, un conjunto
de características muy
femeninas, la mujer pediría, además de la suavidad superficial,
una especie de energía
interna evocadora del músculo o de cualquier otra tensión,
como se quiera.
La pasión erótica por
la seda se asocia en nuestra cuarta enferma a otras anomalías
sexuales: frigidez,
precocidad y masoquismo.
Se encuentra también
asociada a histeria, como en cada uno de nuestros otros
tres casos. Una
coincidencia tan constante es digna de atención. La histeria predispone
muy particularmente a
fenómenos sinestésicos.
Encontramos amoralidad
al menos en dos de nuestras otras pacientes (delincuencia
banal).
La toxicomanía,
búsqueda de un placer, como la haptofilia, y señal de una imperfección
de la voluntad, como el
robo impulsivo, ya había aparecido asociada a la
haptofilia en uno de
nuestros casos anteriores.
————
45 En el original, cassant, que curiosamente vale
por ‘fragilidad’ y ‘delicadeza’, pero también en sentido
figurado como ‘duro’
(tono), ‘inflexible’, ‘autoritario’, ‘insolente’.
46 No es menos curioso que
mollesse sea tanto ‘blandura’ y
‘suavidad’ como ‘molicie’.
TEXTOS Y CONTEXTOS
178 FRENIA, Vol. VI-2006
Que los períodos de
toxicomanía, en nuestra enferma, hayan coincidido con períodos
de robos, y que la
subebriedad etérica haya favorecido la impulsión cleptomaníaca,
son aquí fenómenos
banales.
Los datos fundamentales
de nuestro caso son: despertar precoz del instinto
sexual, frigidez,
masturbación, inicio del fetichismo en la primera juventud; falta de
apego a los fetiches y
de trabajo imaginativo respecto a ellos. Un aspecto curioso es
la búsqueda de la
firmeza, y uno de orden secundario, el masoquismo.
Este cuarto historial
clínico justifica las conclusiones de nuestro trabajo de 1908,
que transcribimos
textualmente47:
«Nuestros casos se caracterizan
por la búsqueda del contacto con determinados
tejidos, el orgasmo
venéreo ante el contacto cutáneo por sí solo, la preferencia de
esta clase de
afrodisíaco a cualquier otro pero sin exclusivismo absoluto; la indiferencia
a la forma, al pasado y
al poder evocador del fragmento de tela empleado; el escaso
papel de la
imaginación, la falta de apego al objeto después de usarlo, la
habitual falta de
evocación del sexo opuesto, la preferencia por la seda, la asociación
con la cleptomanía, y,
finalmente, en lo que hemos podido conocer, el que sólo se
encuentra este cuadro
clínico completo en mujeres (y en el grupo de las histéricas)».
————
47 Introduce variaciones mínimas en la redacción, pero no
afectan al contenido.
TEXTOS Y CONTEXTOS
140 FRENIA, Vol. VI-2006
Gaetan GATIAN DE CLERAMBAULT (1872-1934)
FRENIA, Vol. VI-2006 141
Gaëtan GATIAN DE CLÉRAMBAULT
PASIÓN ERÓTICA POR LAS TELAS EN LA MUJER1
1908
Ofrecemos a continuación los historiales de tres mujeres que experimentaban
una atracción morbosa, principalmente sexual, por ciertos tejidos, sobre todo por la
seda, y compulsiones cleptomaníacas a causa de tal pasión. Los tres casos son muy
superponibles. Se trata de detenidas o acusadas examinadas a causa de síntomas
mentales banales, y en las que la exploración demostró de forma imprevista la existencia
de dicha perversión.
Caso primero. — Histeria. — Tendencia a la depresión. — Frigidez declarada. Delirio de
tocar. Pasión por la seda.— Impulsos cleptomaníacos con participación genésica. Esbozos
de perversiones sexuales en sus sueños (homosexualidad, masoquismo, bestialismo). —
Algofilia simple.
El 30 de julio de 1906, V. B., mujer de cuarenta años encarcelada en la prisión
de Fresnes, fue enviada a la Enfermería Especial del Dépôt como presunta alienada, a
raíz de una crisis de agitación violenta durante la cual había roto objetos y amenazado
con unas tijeras a varias personas. Al interrogarla, desde el principio nos pareció
una histérica; pero ya calmada en ese momento, decía ignorar por completo la causa
de su traslado a la Enfermería Especial, y sobre todo no recordar ninguna escena
violenta. Por tanto, se hacía preciso observarla algo más detenidamente. Podría
————
1 Primera publicación: Gaëtan GATIAN DE CLÉRAMBAULT, «Passion érotique des étoffes chez la
femme», Archives d’Anthropologie Criminelle , 15-6-1908, nº 174; p. 439 y ss.
El texto con el que se ha trabajado es el contenido en OEuvres Psychiatriques, Colección INSANIA-Les
Introuvables de la Psychiatrie. París, Frénésie Éditions, 1987; pp. 683-720. Traducción y notas de Ramón
Esteban Arnáiz.
TEXTOS Y CONTEXTOS
142 FRENIA, Vol. VI-2006
haber simulado una crisis y simular ahora una amnesia. Afirmaba no estar loca, lo
cual podía formar parte de su juego.
Podría también ocurrir que hubiese simulado todo inicialmente y que ahora lo
lamentase y renunciase a simular por miedo «al contacto con las locas». El interés de
la simulación habría sido en su caso evitar una pena de la que se creía amenazada: su
confinamiento en prisión. Nuestro maestro, el Dr. Garnier, ha mostrado ampliamente
qué terror inspira tal medida a todo reincidente y en qué proporción su puesta en
9
práctica ha hecho aumentar en los medios carcelarios el número de tentativas de
simulación2. La detenida nos parecía más bien inteligente; era una mujer de cuarenta
años, de aspecto anémico, triste y poco habladora.
Al prolongar su interrogatorio apareció de improviso un dato cuyo interés relegaba
a un segundo plano la cuestión de su agitación, de su amnesia e incluso de la simulación.
Preguntada sobre el robo que la había llevado a Fresnes, nos respondió, no sin
resistencia, que había robado un retal de seda. Su expediente informaba que había sido
condenada cuatro veces anteriormente, y ella afirmó no robar otra cosa que retales de
seda. El recuerdo de esos hechos pasados daba la sensación de resultarle penoso; parecía
juzgarlos inútiles, inoportunos, pedía ser conducida de nuevo a Fresnes, prometía mantenerse
tranquila, se arrepentía de sus faltas y lloraba. Ante nuestras preguntas daba la
impresión de no experimentar otro sentimiento sino la vergüenza, y de no saber que
incluso en sus robos podíamos estar buscando un atenuante de culpabilidad.
Llegamos a saber que robaba por una especie de impulso surgido a causa de una
tentación demasiado fuerte, que la seda le fascinaba de un modo especial3, que lo
mismo utilizaba los retales robados como los tiraba o los regalaba; que era sexualmente
frígida, que había tenido sin embargo uno o varios amantes y que se masturbaba;
que tras el robo manoseaba la seda con placer, pareciéndonos muy claro que al
manosearla la ensuciaba, evidentemente porque la aplicaba contra sus partes genitales.
Nos abstuvimos de preguntarle qué género preciso de satisfacción buscaba mediante
sus robos y si en ellos sentía angustia o lucha [interior]. En efecto, temíamos
darle demasiada información en caso de que de antemano supiese —por haberlo
leído, o por interrogatorios médico-legales o internamientos anteriores— que los
actos cleptomaníacos se combinan a veces con perversiones sexuales; y en caso de
que no lo supiera, temíamos sugestionarla. Mediante preguntas demasiado directas
no hubiésemos logrado sino privarnos del particular sabor de las evocaciones espon-
————
2 Según la Ley 27-5-1885, los reincidentes podían ser enviados a los penales de ultramar, con frecuencia a
La Guayana y como cadena perpetua. Conllevó muchas simulaciones de locura para conseguir la aplicación del
Art. 64, y los alienistas ocuparon más espacio en el sistema. Estuvo vigente en Francia hasta 1970.
3 «[...] la soie la charmait particulièrement». Curiosamente, el verbo charmer tiene en francés tanto el
significado de ‘fascinar’, ‘encantar’, ‘embelesar’, como el de ‘calmar’ (las penas), ‘aliviar’ (los remordimientos),
‘hacer agradable’ (alguna cosa).
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 143
táneas y del especial valor de convicción que posee un relato fluido; hubiese sido un
error irreparable.
Sus alegaciones parecían sinceras y se iba dibujando un cuadro coherente, mezclado
sin embargo con anomalías que hacían subsistir una duda. El comienzo de su pasión
había sido tardío; pero si frecuentemente es así en la cleptomanía (Dr. Dubuisson), no lo
es en absoluto en los diversos fetichismos, a los cuales la pasión de tocar tendría que ser
asimilable. Tirar el objeto robado es bastante habitual en los cleptómanos (Dubuisson),
pero bastante raro en las pasiones de tipo fetichista. Nuestra paciente decía no acordarse
del inicio de su pasión por la seda, rehusaba describir su primer robo. Pero lo había llevado
a cabo a los treinta y dos años de edad; las pasiones fetichistas se remontan casi a
la infancia, por lo general. Finalmente, parecía un poco difícil que, en una mujer hasta
entonces frígida, una intensa sensación sexual, equivalente en cierto modo a la del primer
amante en las demás mujeres, hubiera ocurrido sin dejar recuerdos.
Al día siguiente, las mismas respuestas sin ningún añadido de interés fueron proporcionadas
a nuestro jefe, el Dr. Legras, y a nosotros mismos. El tercer día nos informó
de que además de la seda también le gustaba el terciopelo, y de que desde hacía ya
mucho tiempo obtenía de esos tejidos placeres sexuales. Salida de un internado a los
quince años, casada a los dieciséis (quizá debido a ciertos temores que su conducta
inspirase a su familia), no disfrutó en absoluto de las relaciones conyugales; algunos
años más tarde le sobrevino una verdadera repulsión hacia su marido. Iniciada la masturbación
poco tiempo antes de casarse, retomó esa práctica poco después.
Aseguraba que la idea de masturbarse le había venido espontáneamente. Un día,
sola en su habitación, experimentó una sensación inesperada ante el roce fortuito de
una silla contra sus genitales.
10
«No estaba sentada encima como es usual, sino a caballo, y la silla estaba tapizada
de terciopelo. Como la sensación me gustó, volví a hacerlo; pero jamás había
oído hablar de nada de eso. El uso de los dedos vino después».
Al parecer, con un amante muy querido para ella había experimentado amagos
de placer sexual, pero muy inferiores a lo que le proporcionaba la masturbación. Así
pues, al despertarse por las mañanas se quedaba a veces en el lecho después de que
hubiese partido su amante, para poder masturbarse sin ser molestada. La masturbación
tenía lugar preferentemente por la mañana, cuando se sentía descansada. En
ocasiones se abstenía durante uno o dos días, nunca más tiempo.
Ha tenido sueños eróticos, con despertar brusco y seguidos de lasitud. «Me he
llegado a despertar en pleno placer, creyendo estar siendo poseída por un perro; otras
veces, por dos hombres. A menudo me hacían cosas espantosas, y me despertaba
gritando de tanto como sufría, y sin embargo experimentaba placer. Era pura imaginación,
jamás en la realidad habría hecho nada semejante».
Ha robado exclusivamente retales de seda, y aun sabiéndose histérica jamás ha
aceptado someterse a un examen pericial, como le sugería su abogado. «Tenía demaTEXTOS
Y CONTEXTOS
144 FRENIA, Vol. VI-2006
siado miedo de ser internada. Conozco los asilos, una de mis tías murió en Vaucluse:
tenía dolores como los míos».
Esos dolores se relacionan con la histeria. Tras una crisis con caída al suelo, la
enferma sentía los dedos «muy rígidos, y como si me pinchasen con agujas por dentro
de ellos». Las crisis a menudo ocurrían próximas a la menstruación. Tuvo tres en
Fresnes. La última, según ella, hacía tres semanas; pero tal crisis no era sino la penúltima,
pues silenciaba una más reciente que fue la que causó su traslado. Se diría, en
efecto, que no tiene ningún recuerdo de eso, y cuando —al preguntarle qué podría
haber hecho— se le citan sus propios actos y palabras mezclados con otros ficticios,
no parecen evocarle nada.
En cuanto a los robos, declara que antes de actuar no siente precisamente una
lucha sino más bien un enervamiento: «Me entran ganas de chillar». No se lo ha dicho
a ningún médico porque ha preferido no hacerlo; y en cuanto a un abogado,
¡jamás! La rapidez de este «¡jamás!» habría bastado para sugerirnos —o para probar,
de haber sido preciso— que su pudor estaba en juego, y por tanto había un componente
sexual en el acto de robar.
Durante todo el interrogatorio del tercer día responde con vacilaciones, lentitud,
tristeza, y a veces llora. En su celda está completamente tranquila; además se le permite
pasar parte del tiempo en el corredor de la sección de mujeres, donde se entretiene
un poco. Cose con aplicación, pero se inquieta respecto a su retorno a Fresnes,
temiendo que los días que está pasando aquí no le vayan a contar como tiempo de
prisión o de confinamiento (cada día de reclusión en celda cuenta el doble).
Su situación penitenciaria es la siguiente: condenada a veintiséis meses de prisión y
reo de destierro por reincidencia (cuatro condenas)4; ha obtenido el indulto para el destierro.
Los veintiséis meses de prisión terminarían durante 1907, pero con el régimen de
internamiento en celda gana tiempo; a fin de cuentas, saldrá a comienzos de 1907.
El cuarto día no hay respuestas destacables. Pero, inmediatamente después de la
entrevista, la enferma sufre una crisis convulsiva. Algo más tarde declara que está
muy contenta con los médicos, pero que durante el interrogatorio le sobrevino un
intenso terror a quedarse aquí internada, ya que ella prefiere estar en Fresnes.
El quinto día habla reposadamente de su crisis. Siente en los dedos rigidez y
pinchazos. Sus crisis, dice, son habitualmente provocadas por contrariedades; también
suceden a veces con la masturbación, cuando el placer ha sido muy intenso. La
última de las crisis ocurridas en Fresnes parece ser totalmente ignorada por ella;
cuando se la mencionamos, la niega, y discute los términos que figuran en el informe
buscando inexactitudes. No fue trasladada a la enfermería de Fresnes; de Fresnes
sólo recuerda su habitación. Es imposible que haya amenazado a alguien con golpearle
«pues allí nadie entra en nuestras habitaciones».
————
4 Ver nota 2.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 145
¿Cómo surgió la idea de frotarse con terciopelo? Lo ignora. El azar facilitó el
11
contacto de sus genitales con la silla. Quizá se colocó a caballo en la silla porque ya
había notado que el contacto del terciopelo con la carne era también agradable en la
posición usual.
En cuanto a su sexualidad, se desprende con claridad de sus respuestas —comunicadas
con pesar pero sin falso pudor— que el gozo sexual es en ella fundamentalmente
clitoridiano, escasamente vaginal; que la masturbación digital y el cunnilingus le
gustaban más que las relaciones sexuales normales, que ni siquiera las prácticas sexuales
con un hombre muy amado habían tenido para ella el valor de la masturbación solitaria,
que estuvo cinco años sin relaciones sexuales y que además del amante mencionado ha
tenido otros circunstanciales. «En cuanto a mi marido, me desagradaban sus muecas
[durante el coito]. Jadeaba y daba gritos. Al principio me quedé pasmada. Más tarde, él
montaba en cólera cuando estaba cansada y aplazaba la relación sexual. Un día me
lanzó una palangana estando en la cama y después me tiró de la cama a mí».
De nuevo habla de sueños en que dos hombres la sujetan y abusan de ella; en
otros, aparecen animales en papeles análogos. «Una vez era un enorme animal feroz,
como un león, por ejemplo. Yo gritaba de dolor y era dichosa a la vez; el dolor aún
persistía al despertar». Confirma con toda claridad ese punto del dolor agradable.
«Con los hombres que me violentaban, igual: sufría horriblemente; pero había dicha
dentro de esa horrible sensación». Ese masoquismo episódico se limita en ella a los
sueños. En la vida cotidiana jamás ha buscado la alianza del dolor y la voluptuosidad.
Solamente un esbozo de la búsqueda de sufrimiento podría encontrarse en el
hecho de que, a veces, se ha entretenido pinchándose con alfileres.
Pero este juego, desprovisto de toda concomitancia sexual, no proviene de ninguna
tendencia profunda, es el resultado de la fantasía de una degenerada que un análisis
demostraría de origen muy superficial. Además, estimamos muy frecuente tal forma de
algofilia, sobre todo en las histéricas. Pero no es éste el lugar para insistir en ello.
Un esbozo de tendencia homosexual se encuentra no en sus sueños sino en sus
fantasías diurnas. Muy a menudo se imagina a una joven de unos dieciséis años, y
pensando en ella se masturba. Imagina también diversas escenas que ocurren entre
ella y esa chica. La busca, la encuentra, la lleva a su casa, la desviste, la baña y la
acuesta; continúan con besos y abrazos; su papel en todo eso es constantemente activo.
A veces, imagina a esa chica violada por dos hombres. En la vida real jamás ha
tenido tendencias sádicas ni homosexuales.
Su primer robo tuvo lugar hace ocho años (a la edad de treinta y dos): «Sin embargo,
tenía todo lo necesario en mi casa, sobre todo seda, porque era costurera». En
el momento de robar experimentó un goce sexual resultante del propio robo; si en el
momento de la tentación le regalaban explícita y simplemente la pieza de seda, no
sentía en eso ningún placer. Sin embargo, cree que la proximidad del peligro no interviene
para nada en su goce. Realizado el robo, arruga la pieza de seda sin estropearla,
TEXTOS Y CONTEXTOS
146 FRENIA, Vol. VI-2006
la aplica a sus partes sexuales y la frota contra ellas. «Me la pongo bajo las faldas ¿Que
si la froto contra mí? No me acuerdo; pero creo que sí». Al parecer, no ha buscado el
placer en estropear ni en rasgar la seda, ni tampoco en hacerla «rechinar».
Tratamos de averiguar si la noción de las diversas perversiones a las que había
aludido (bestialidad, masoquismo, lesbianismo) no habría sido aprendida en sus
conversaciones en Saint-Lazare, pero nos contestó que siempre vivió aparte de las
otras reclusas, cosa sencilla pues siempre estuvo alojada en la Enfermería de Saint-
Lazare, que tiene reglas muy estrictas.
Dice que siempre ha sido juzgada sin comparecer y que nunca ha hablado con
un Juez Instructor. Al preguntarle si ha comentado con algún abogado la especial
fisonomía de sus robos, contesta enérgicamente: «Esto no se le puede contar a un
abogado para que luego os lo repregunte en plena audiencia». Y añade: «Yo no sabía
que, como usted dice, podría ser declarada inimputable».
Le preguntamos cómo juzga ella misma su caso. «No soy como las demás mujeres,
sólo me perjudico a mí misma. — ¿Podría usted no masturbarse? — Sí, pero me
falta fuerza de voluntad. — ¿No le da vergüenza hacerlo? — No lo he pensado, porque
como nadie lo sabe... — ¿Le resulta a usted indiferente? — Me gustaría poder
librarme de eso; me eché un amante para librarme de mis tocamientos. Además, le
quería de verdad...».
12
Un último detalle, muy relacionado con lo que dijimos de sus características
sexuales: presenta crisis clitoridianas, anunciadas por una sensación de quemazón y
que en varias ocasiones ha intentado combatir mediante aplicaciones de agua fresca.
A través de una de las hermanas de la enferma pudimos reseñar los siguientes datos:
familia neuro-artrítica, degeneración marcada en todos sus integrantes. La abuela paterna
murió loca. Una tía paterna murió loca, la cual tenía exactamente el mismo carácter de
nuestra paciente, y también se masturbaba. Padre muy nervioso, murió asmático (?)
hacia los sesenta años de edad. Madre nerviosa, excéntrica, fantasiosa, orgullosa, derrochona,
parecida a la enferma en muchos aspectos. — La paciente es la mayor de cuatro
hijos. Una de sus hermanas ha tenido histeria traumática y neurastenia (choque emocional
y caída al suelo, seguida de paraplejia transitoria). La siguiente5, que tiene numerosos
ataques, va a empezar una cura de aislamiento; conoce por sí misma la psicología de las
crisis. «Mi otra hermana no las tiene, está demasiado ocupada con sus hijos». Un hermano,
muerto en accidente, era muy nervioso. — La segunda de las tres chicas, la que hizo
la histeria traumática, tiene un hijo de dieciocho años, degenerado, anormal, masturbador;
como a nuestra paciente, le gustaba clavarse alfileres en la piel; tenía crisis de cólera
con ataques a personas y rotura de objetos; actualmente está internado.
Antecedentes personales de nuestra enferma: convulsiones en su primera infancia.
A los ocho años de edad, erupción generalizada de género eccematoso, que se atribuyó
————
5 Resulta confuso saber si se transcriben aquí palabras de la paciente o de la hermana.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 147
a un susto. Primeras reglas a los trece años. Vivió en un pensionado hasta los dieciséis.
Bien en los estudios. Casada a los dieciséis años y medio, quizá por propia inclinación,
quizá porque deseaba algo más de libertad, quizá porque sus padres se inquietaban por
su conducta. Matrimonio infortunado; marido a la vez autoritario y desprovisto de
energía, que se ocupaba irregularmente del comercio y se las daba de artista. Separación
amistosa. La paciente ha tenido diecisiete embarazos, cuatro de ellos terminados
en abortos. Siempre muy anémica, no pudo dar de mamar más que en una ocasión.
Ocho de sus hijos han muerto, quedan cinco vivos. Durante mucho tiempo tuvo a los
cinco a su cargo; el padre sólo quiso reconocer a los dos primeros; además, se ocupa de
ellos bastante poco y entregó a los tres últimos a la Asistencia Pública durante uno de
los encarcelamientos de su mujer. De los dos mayores, uno, de veintidós años, es eccematoso;
la otra, una chica, con veintidós6 años, tiene crisis histéricas.
La hermana que nos informa ha oído antaño al marido de la paciente hacerle
reproches acerca de la masturbación. Sabe que los ataques suelen seguirse de amnesia,
como ocurrió con uno de los últimos, el único que le ha sorprendido en la vía
pública y que se debió a un susto (ferrocarril Metropolitano). Los ataques le acaecían
sobre todo durante los embarazos, y algunos durante el parto; por eso en los últimos
alumbramientos la colocaron sobre un colchón tendido en el suelo.
La paciente ha sido siempre excéntrica, impulsiva, derrochadora, amante de
aparentar y excesivamente supersticiosa. Compraba sin cesar billetes de lotería, creía
en sus presentimientos y en sus sueños. «Tal cosa realmente me ocurrirá. Siento que
pronto seré rica, y si no lo soy me mataré».
¿Ha notado la testigo que su hermana haya buscado el modo de producirse algún
dolor? «Sí, se pinchaba con alfileres; mi sobrino, el de dieciocho años, el que está
internado, hacía lo mismo».
¿Parecía obtener placer en hacer sufrir a los demás? «Al contrario, es muy caritativa,
muy buena, le gusta mucho hacer regalos; también regalaba telas. Compraba grandes
cantidades, con frecuencia piezas pequeñas, sin luego utilizarlas; y se las daba
enseguida a cualquiera, mire usted qué cosas; hubiera regalado todo lo que tenía».
¿Parecía tener gustos particulares en cuanto a las telas? «Quizá prefería los tejidos
de colores claros y chillones». Pero, ¿de qué clase? «De seda; porque es cara, sin
duda; en fin, no sé. La idea de robar le surgía como un antojo; enseguida tenía remordimientos
».
Por el tono de las respuestas se ve que la hermana no tenía la menor sospecha de
13
masoquismo ni sadismo, y que ignoraba el carácter sensual de la atracción por los
tejidos que se daba en la enferma. Está claro que ésta no ha hecho confidencias acerca
de sus sensaciones íntimas. Encontramos igual ignorancia sobre esos asuntos al
tomar declaración al marido.
————
6 Figura la misma edad en el original, sin más detalles.
TEXTOS Y CONTEXTOS
148 FRENIA, Vol. VI-2006
Éste último nos pareció desde los primeros meses un individuo desequilibrado,
equívoco, con una confianza en sí mismo patológica. No sabe escuchar ni responder.
Su historia es la de un sujeto inestable e intrigante. Se manifiesta en este matrimonio,
una vez más, la atracción recíproca entre degenerados (Magnan, Blanche).
Nos confirma lo dicho por la hermana en cuanto a los rasgos hereditarios de nuestra
enferma. Se separó de ella tras dieciséis o diecisiete años de matrimonio, en fecha
que ya no recuerda; no sabe decir el número de embarazos habidos por su esposa, que le
interesaron muy poco y ahora encuentra absurdo volver a pensar en ellos; los niños
murieron todos raquíticos, probablemente de «meningitis», dice sonriendo.
Los tres últimos niños no deben de ser de él, dice. Los dio a la Asistencia Pública
cuando su mujer entró en prisión; el más pequeño debe de tener ocho años. Los
dos mayores, que son de él sin duda, asegura que le prefieren a la madre. Para él, su
mujer siempre ha sido «neurasténica y anémica», debido a los numerosos embarazos
y a hemorragias frecuentes; sólo pudo dar de mamar una vez. Era de humor alternante;
en un minuto pasaba de acariciar a los niños a pegarles. Nunca le gustó el
alcohol. La primera crisis histérica de la que él tuvo conocimiento ocurrió diez años
antes, hasta entonces su mujer le había ocultado cualquier cosa de ese tipo; después
las crisis fueron muy numerosas; con frecuencia tenía opistótonos [arqueada hacia
atrás] o actitudes cataleptoides; después de las crisis los dedos se le quedaban en hiperextensión,
casi vueltos hacia atrás, y solía decir: «No me los toques, me los vas a
romper». El rechazo a las relaciones conyugales sobrevino al cabo ade algunos años; él
pensó entonces que ella tenía amantes, quizá cinco o seis; no se podía explicar de otro
modo la frialdad que mostraba hacia él. Durante los últimos años se dio cuenta de que
ella acostumbraba masturbarse, sobre todo por las mañanas; la sorprendió haciéndolo
en la cama, tanto a las diez como al mediodía. Ante sus reproches, le respondía abiertamente:
«No tengo ningún placer contigo, y así no hay motivo alguno para que te
pongas celoso». «Si el contacto con alguna cosa le resultaba agradable, jamás me lo
dijo. Respecto a las telas, le gustaba lo bueno. En cuanto a robos, me sisaba dinero con
toda facilidad; pero robar un reloj, por ejemplo, no, no habría sido capaz; antes bien
robaría algún retal; debían resultarle tentadores, por su oficio de costurera. Le gustaban
los buenos paños y las sedas hermosas; sí, quizá el fru-frú de la seda; llevaba con frecuencia
enaguas de seda. Era como una necesidad, no hay otro modo de entenderlo,
tenía debilidad por la seda. ¿Su finalidad? Pues la de estar guapa para gustar más a
sus amantes. Ignoro si ha sido condenada en otras ocasiones».
Resaltaremos en este historial algunos rasgos especiales: la algofilia, los sueños y
los trastornos clitoridianos. Sobre la afición a los tejidos y los impulsos al robo no
hablaremos hasta haber expuesto los otros dos casos clínicos.
La algofilia está en esta paciente reducida a su más mínima expresión; sólo busca
un dolor físico, y ese dolor es muy leve; no pide a nadie que se lo produzca; el
dolor no se acompaña de placer sexual ni de humillación moral. Por tanto, esta muTEXTOS
Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 149
jer nada tiene de masoquista. Se inflinge a sí misma un pinchazo, el cual quizá esté
atenuado por la anestesia histérica, quizá modificado por la propia histeria; quizá
busca una emoción al contemplar algo que podría suponer dolor; se trataría entonces
de un complejo placer imaginativo. Pero sean cuales sean las ideas que le induzca, la
algofilia es esquemática inicialmente, muy distinta pues de las algofilias masoquistas,
que son complejas desde su inicio.
La enferma experimenta en sus sueños tendencias homosexuales y masoquistas,
que no siente —o al menos no en tal grado— en estado vigil. Ese hecho ha sido ya
descrito como homosexualidad limitada al terreno de los sueños, y también como
14
heterosexualidad que en algunos invertidos sólo se manifiesta en sueños, lo que viene
a ser lo mismo (Moll). — No sabemos si algo así ha sido también observado a propósito
de la tendencia masoquista.
A nuestra enferma, las crisis de excitación sexual le sobrevienen con predominio
netamente clitoridiano. Fuera de ellas, acusa la misma preeminencia. La escasa intensidad
de las sensaciones vaginales puede ser la causa o una de las causas de la
aversión a las relaciones sexuales normales. La voluptuosidad e incluso el orgasmo
responden a frotamientos exteriores, la introducción del pene ya no se desea, y eso
TEXTOS Y CONTEXTOS
150 FRENIA, Vol. VI-2006
podría haber sido una condición favorable al desarrollo de un safismo que, sin duda
a falta de condiciones psíquicas suficientes, no ha tenido lugar. Pero esa disposición
periférica podría haber sido suficiente para determinar la búsqueda del placer mediante
el frotamiento, en la automasturbación, el cunnilingus y la masturbación con
ayuda del terciopelo o la seda. De modo que, en esta paciente, la coexistencia de la
pasión erótica por las telas y el notable clitoridismo no sería una coincidencia sino
una asociación lógica. Volveremos más tarde sobre este punto.
Caso segundo. — Histeria. — Tendencia a la depresión con ideas de suicidio. — Amoralidad,
delincuencia. — Delirio de tocar (pasión erótica por la seda). — Impulsos cleptomaníacos
con participación genésica.
En octubre de 1902 tuvimos ocasión de explorar en la Enfermería Especial del
Dépôt a la enferma F…, degenerada histérica, de la cual transcribimos a continuación
un resumen biográfico:
Antecedentes familiares. — Padre comicial. La madre murió paralítica. Una
hermana afecta de parálisis pasajera tras un susto y que murió tuberculosa. Otra
hermana, que tenía fugas e impulsos suicidas probablemente conscientes, murió
ahogada. La paciente tiene una hija muy nerviosa, hipomoral, ya condenada por
varios delitos.
Antecedentes personales. — A los siete años, trastornos cerebrales consecutivos
a un susto y que duraron cuatro meses. A los once años, fiebre tifoidea con cefalea
intensa y posterior dismnesia. Primeras reglas a los quince años. A los diesisiete,
temporada de depresión con movimientos coreicos y crisis histéricas frecuentes; primer
internamiento (en Bron). A los veintidós, segundo internamiento (Bron). A los
ventitrés, primer parto. A los veintinueve (1885), primera condena. A los treinta y
dos (1888), segundo parto; lactancia prolongada (nodriza). A los treinta y siete años
(1893), pirexia grave que bien parece haber sido una segunda fiebre tifoidea; sus facultades
quedaron notoriamente debilitadas y se manifestó la monomanía de robar.
En 1897 se vino a París.
Entre 1885 y 19057 ha sido detenida veintidós veces; quince condenas y siete
«no ha lugar»8. De las quince condenas, siete fueron dictadas entre 1897 y 1901; sólo
una o dos son anteriores a 1893 (fiebre tifoidea).
El grado de imputabilidad parece haber ido variando a lo largo de sus delitos.
Fruto de la degeneración banal con amoralidad han sido algunos robos intencionados,
bien al principio, bien al final de su larga carrera; varios se llevaron a cabo bajo
————
7 Líneas arriba dijo haberla explorado en 1902. Más adelante se aclara esta aparente contradicción.
8 Es decir, declarada inimputable.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 151
nombres falsos y con cómplices. Pero otros, los más numerosos, procedían de unos
impulsos especiales de los cuales nos ocuparemos aquí. Así le ocurrió en uno de sus
robos de 1901, en dos de 1902, en dos de 1903, etc.
En 1901 cae en un delirio melancólico tras ser arrestada. «Degeneración, depresión,
conducta extraña, robo de sedas, pasión por las sedas. Hay que estudiarla más
detenidamente en Sainte-Anne» (Dr. Legras). «Degeneración, depresión, la seda la
electriza» (Dr. Magnan). «Melancolía con tendencia al suicidio, un intento, etc.» (Dr.
Boudrie). Ingresada el 1 de septiembre, sale el 10 de diciembre.
Durante su estancia en prisión, el Comisario de su distrito escribe: «Es una mujer
impresionable y colérica. Se dice que se volvió loca en Saint-Lazare debido al
disgusto por la detención. Tiene un hijo de ventitrés años, obrero impresor, que lleva
una vida regular. Según la amante de éste último, la Sra. F… nunca había delirado
15
antes de entrar en Saint-Lazare, quizá esté simulando. Es malvada, colérica, tiene
ataques de nervios. No es capaz de hilar dos ideas seguidas, con ella no hay conversación
posible. Según el portero, es una mujer nerviosa, malvada, monta escenas
violentas, quizá se da a la bebida y no trabaja nunca, siempre se pasea en fiacre9, es
una criatura misteriosa para mí».
En enero de 1902, robo en unos grandes almacenes con la complicidad de su
hija Etiennette (dos corsés de seda). Declarada inimputable. Internamiento en febrero
con certificado del Dr. Legras: «Degeneración, histeria, cleptomanía, etc». Certificado
del Dr. Boudrie, médico que la trató: «Depresión, tendencia al suicidio,
hemianestesia derecha, etc». Nuevo informe del Comisario de Policía: «No vive sino
de robos cometidos en grandes almacenes en complicidad con su hija; siempre consigue
hacerse pasar por loca» (sic). Alta en septiembre de 1902.
Quinto ingreso en octubre de 1902, con certificado del Dr. Garnier, tras ser acusada
de robo. Inimputable. Algunos días antes de la detención habría hecho un intento
suicida (locomotora). Evasión en diciembre de 1902.
Sexto ingreso el 30 de enero de 1903 (Dr. Garnier). Alta en septiembre de 1903.
Séptimo ingreso en 1903, con peritaje del Dr. Dubuisson, de cuyo informe destacamos
las siguientes líneas: «Lagunas en la memoria, lenguaje infantil, incompleta
conciencia de su situación. Facultades muy debilitadas a raíz de unas fiebres tifoideas
sufridas a los treinta y siete años de edad. Desde hace al menos seis años no se
le puede confiar ningún trabajo. Según sus hijos, fascinada por el dinero, la vigilan
(?). Ha escrito a sus hijos desde la prisión encargándoles ir a ver a ciertas personas,
desconocidas para todos ellos, para reclamarles el dinero que le debían».
Octavo internamiento en diciembre de 1903 (Dr. Legras). Robo, inimputable,
evasión en julio de 1904.
————
9 Coche de caballos antecesor de los actuales taxis.
TEXTOS Y CONTEXTOS
152 FRENIA, Vol. VI-2006
Noveno internamiento, tras peritaje (Dr. Roubinovitch). Mismas características
que el anterior.
Una nueva detención en diciembre de 1905, con prisión preventiva por golpes y
heridas a un agente de la autoridad que arrestó a su hija cuando ésta acababa de cometer
un robo. Ella misma parecía estar ojo avizor, de acuerdo con el amante de su
hija. En esta ocasión, pudo actuar así por su degeneración, pero no estaba enferma
(Dr. Legras).
Tuvimos ocasión de observarla en 1902, durante sus estancias en la Enfermería
Especial del Dépôt. Mucho más hipomoral que la paciente V. B..., nos explicó su
caso sin dificultad desde el principio y con prolijidad enseguida. La atracción por la
seda y por el robo la describió con términos patognomónicos.
«Recuerdo muy bien que a la edad de seis años no podía soportar sin gran disgusto
el contacto con el terciopelo y la lana; me molestaba sobre todo el terciopelo.
Por el contrario, me gustaba mucho la seda, la prefería para hacerles los vestidos a
mis muñecas, una hermana que era costurera me daba todos sus retales de seda.
»De los quince a los veintidós años, trabajar con seda me extenuaba, me ponía
nerviosa, casi enferma; dejé de sentir ese nerviosismo a los veintidós años, cuando
tuve relaciones sexuales. Pero aún hoy me sería imposible llevar puesto algo de seda.
El terciopelo también me resulta agradable; pero mucho menos que la seda. El raso
no me atrae, la muselina tampoco; prefiero con mucho la faya10, es más sedosa y
cruje. Tocar la seda me excita mucho más que mirarla, pero estrujarla es aún superior;
me siento mojada, ningún placer sexual es comparable para mí al que obtengo
con eso.
»Pero el placer es especialmente intenso cuando la he robado. Robar seda es delicioso;
comprarla no me daría nunca el mismo gusto. Mi voluntad nada puede contra
la tentación; cuando robo, el impulso es más fuerte que yo; y además, en esos
momentos no pienso en otra cosa, me siento vertiginosamente empujada a hacerlo.
La seda me atrae, las de las cintas, las faldas, los corpiños. Al estrujarla, empiezo
notando pinchazos bajo las uñas, y entonces es inútil resistirse, es imprescindible que
me la lleve. Cuando me resisto a este empujón (sic)11, me echo a llorar, me pongo
nerviosa, salgo de la tienda y vuelvo a entrar, y si no puedo llevarme la tela, tengo
16
una crisis.
»Noto una hinchazón en la garganta, y en el estómago, y después pierdo el conocimiento.
Pero cuando puedo llevarme la tela y la estrujo, eso me produce una
sensación especial en el estómago, y enseguida experimento tal clase de placer que se
————
10 Tejido grueso de seda.
11 Clérambault parece querer llamar la atención sobre que la paciente emplea el término poussée en
su sentido vulgar, ‘empujón’, que aquí coincide con su acepción culta y más compleja: ‘impulso’, ‘impulsión’.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 153
me para la respiración; estoy como borracha, no puedo tenerme en pie; tiemblo, no
de miedo, entiéndame, sino más bien de excitación, no sé. No pienso en la mala
acción que acabo de hacer. En cuanto que he robado la pieza, voy a sentarme en
algún sitio para manosearla y estrujarla, y es cuando suelen pillarme. Si no, terminado
el placer, me quedo muy apagada, a veces se me acelera la respiración, se me
incurvan los miembros.
»Después, a veces tiro las telas nada más salir, o las devuelven mis hijos (?), porque
entonces ya no me interesan para nada. Cuando la cosa12 ha pasado, bien pasada está.
»A menudo paso épocas de abatimiento y con pensamientos de suicidio; una
vez, durante uno de mis internamientos, y otra vez hace diez días; me he puesto ante
las ruedas de una locomotora en en una estación del tren de cercanías; me lo impidieron
(?).
»Robar seda es mi mayor placer. Mis hijos han tratado inútilmente de curarme
comprándome cantidad de piezas de seda. Si me diesen el retal de seda en el mismo
momento en que voy a robarla, eso no me procuraría sacarle ningún placer; al contrario,
me impediría sentirlo.
Estas últimas frases ponen bien en relieve un elemento especial, el gusto por el
robo en sí mismo.
En el complejo de sensaciones y deseos del que procede la propensión cleptomaníaca,
constituye un factor importante que merece ser identificado.
Recordemos que muchos delitos cometidos por esta enferma no tenían características
cleptomaníacas. De escasa moralidad, ha cometido algunos robos sin importancia,
al menos uno de ellos con premeditación. Sin duda en 1902, cuando fue
sorprendida robando con la complicidad de su hija, que entonces tenía diecisiete
años y que la ayudaba tapando sus movimientos. En 1905, su hija fue sorprendida a
su vez robando en unos grandes almacenes y en el momento de su captura su amante
y su madre se encontraban a poca distancia de ella. Incluso intervinieron con violencia
para intentar arrancarla de manos del agente de policía. La existencia de un
acuerdo entre estos tres personajes, vista su práctica sistemática de robos, parece
innegable. Pero la responsabilidad de F... en los casos de delito banal era evidentemente
distinta que cuando se trataba de un acto cleptomaníaco. Más tarde volveremos
sobre este punto.
————
12 Esto es, cuando ha tenido el orgasmo.
TEXTOS Y CONTEXTOS
154 FRENIA, Vol. VI-2006
Caso tercero. — Histeria. — Delirio de tocar. — Impulsos cleptomaníacos con participación
genésica. — Toxicomanía de tipo dipsomaníaco.— Obsesión de género erotomaníaco con
heterosexualidad psíquica. — Frigidez declarada. — Amoralidad; delincuencia banal. —
Propensión al suicidio.
De nombre B..., viuda de D..., de cuarenta y cinco años, llevada a la Enfermería
Especial en diciembre de 1902, tras un robo de seda, histérica, con un expediente de
antecedentes penales bastante voluminoso, hipomoral como la enferma anterior y
que, al igual que ella, comunica con facilidad sus vicios.
»Tengo, dice, un marido excelente en todos los sentidos; sin embargo, siempre
he sentido aversión por el acto sexual. Por el contrario, a menudo tengo la mente
ocupada por imágenes, sobre todo femeninas, que me causan arrebatos de un amor
casi ideal. De ese modo, durante mucho tiempo tuve verdadera adoración por una
monja del Asilo de Sainte-Anne; la laicización me trastornó13, hice un largo viaje
para volver a verla; hubiese hecho cualquier cosa que me hubiese pedido, creo que
hubiese robado y matado por ella. Muy pronto sentí un culto semejante por otra
17
mujer ideal. Más tarde amé a un hombre, un suboficial de artillería, muy guapo; le
hubiera dado todo.
»Mi primer delito fue una especie de intento de estafa. Encargué unos juguetes
por un importe de trescientos francos en una tienda donde me conocían; tenía la
intención de regalar esos juguetes. Hubiese terminado pagándolos. Mi madrina, que
es rica y tiene un título nobiliario, intervino en mi favor. Yo tenía entonces muy mala
salud y sufría ataques histéricos. Mi madrina es tan desequilibrada como yo, si no
más; pero hubiera hecho mejor en seguir sus pasos y encaminarme hacia una vida
más piadosa; estaría ahora mucho más tranquila. Pero en 1881, con venticuatro
años, el primer robo; en 1888, condena por intento de falsificación de documentos;
otra condena el año siguiente; después, ya ni sé cuántas más.
»Los robos de seda no ocurrieron hasta después de tomar éter; a los treinta y
ocho años se me interrumpieron las reglas y a partir de entonces tenía muchos dolores,
y me puse a consumir éter; a temporadas probé también con la cocaína y la morfina,
por vía oral, pero nunca durante mucho tiempo. Bebía éter a rachas, por
ejemplo, durante ocho días, a razón de 100 o 125 gramos diarios; con frecuencia un
vaso grande a lo largo del día. El éter me ponía febril y violenta; por ejemplo, en los
almacenes hubiese golpeado a los empleados que me dirigían la vista. Al tiempo que
el éter, bebía ron, más que nada para disimular el aliento; y para disimular el del ron,
bebía vino blanco, que no huele tanto como el tinto. Con el mismo fin probé con
————
13 Desde 1881, con la laicización y apertura pública de los cementerios, se sucedieron en Francia
una serie de disposiciones judiciales que abolieron privilegios de la Iglesia sobre personas y bienes.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 155
«Agua de Botot»14 y con «Agua de Colonia»15, finalmente; pero el Agua de Colonia
es floja, y yo quería algo fuerte; en aquél momento, aquellas sustancias también me
gustaban por sí mismas; y sin embargo, lo normal en mí es que no me guste el alcohol;
ahora mismo no lo probaría. Habitualmente, es en noviembre cuando me sobreviene
esa pasión. Por esas fechas me siento muy deprimida; enseguida me vuelvo
otra persona, excitada e insoportable, gasto bromas pesadas, digo insolencias; muchas
veces he sido expulsada de restaurantes, tiendas y tranvías». (Esbozo de psicosis
de doble forma. Ver: RITTI, La folie à double forme, pp. 292 y ss.).
»Desde que cumplí los treintainueve, mis robos han sido siempre lo mismo, sedas.
La seda me produce un espasmo asombroso y voluptuoso. ¡Soy incapaz de desgarrar la
seda, eso sería demasiado... oh! (compone la mímica de un estremecimiento).
»El tafetán algo menos; es con la seda más fina, el color me resulta indiferente.
El terciopelo también tiene un tacto muy agradable. ¿La muselina? Es mitad de algodón.
El sedal de pesca no tiene algodón. Me gusta lo que es suave. Más aún me gustan
las gruesas telas de seda que «crujen» al tocarlas. Pero no podría llevarlas puestas,
me excitaría demasiado. Me gustaría acostarme con camisones de seda, pero no tengo;
ese no es mi estilo, eso es para las mujeres que se exhiben en la cama. Además,
yo no podría dormir, me abrasaría; si ya un trocito me enerva y me tengo que levantar
y refrescarme con lociones de agua para recobrar la calma. El calicó, los tejidos
pasados, la cretona, esos no suenan al rasgarlos, hacen un ruidito de nada, podría
desgarrar seiscientos metros si usted quiere. Las telas nuevas no se pueden rasgar,
rasgando un sólo metro se desollaría usted los dedos. En el momento de robar un
trocito de seda siento como angustia; me oculto con él y enseguida siento un gran
placer. Ya está. Siempre ocurre así.
»¿Me pide usted conclusiones? Ni yo misma lo sé. Desde mi punto de vista, soy
responsable, no quiero ir a Sainte-Anne. Quisiera un veneno sedante que me mandase
al otro mundo. A las demás mujeres se las castiga y eso les sirve de lección. Conmigo
no quieren hacerlo. El Dr. Legras habría hecho mejor dejando que me
condenasen, como yo le rogaba; me serviría de escarmiento, así se lo pedí por escrito
al Juez de Instrucción».
————
14 Colutorio creado en 1755 por Jean-Marie Botot, médico, para aliviar los dolores dentarios de Luis
XIV. Ver: Le Monde Des Parfums, http://dgaudit.free.fr/histoire2.htm
15 Desde 1709, los Farina, comerciantes italianos establecidos en Colonia, explotaron la receta de un
solución alcohólica a base de agrios, esencias de vino, romero, bergamota, azahar, cidro y limón. Llamada
comercialmente «Agua Admirable», sus clientes franceses la rebautizaron como «Agua de Colonia». Posteriormente,
18
Wilhelm Mülhens, de familia de banqueros afincada en el nº 4711 de la Rue des Cloches de
dicha ciudad, comercializó la «4711, la verdadera Agua de Colonia», a partir de la receta que le entregó un
cartujo (esencias de sándalo, de rosa, ylang-ylang de Filipinas, vetiver de Haití, flor de naranjo y lavanda),
con presuntas virtudes medicinales. Ver: Le Monde Des Parfums, ídem.
TEXTOS Y CONTEXTOS
156 FRENIA, Vol. VI-2006
Podemos destacar en este relato el comienzo tardío de la pasión erótica por la
seda. Es el único elemento de este ejemplo que se aparta del caso típico. Quizá no
sea cierto. Ya lo comentaremos después.
II
Nuestras tres enfermas, en resumen, presentan una hiperestesia al contacto con
la seda, con repercusión sexual. El gusto por su contacto en sí mismo y la conciencia
de su repercusión voluptuosa datan de la infancia o de la juventud, en dos de ellas.
La búsqueda del placer sexual mediante este contacto especial ha desplazado a las
relaciones sexuales normales, ante las que se mostraron frígidas; esa búsqueda fue
contemporánea a las primeras excitaciones sexuales, si bien no fue la primera de
ellas. Las tres se entregaron poco después a la masturbación, casi sin concomitancia
de representaciones hetero u homosexuales, al menos en los episodios de masturbación
mediante telas. El orgasmo así obtenido les ha dejado intensos recuerdos, se
reproduce con facilidad y constituye su modo preferido de disfrutar. No parece que
hayan intentado asociarlo al coito normal. La palpación de las telas es necesaria para
su placer, su representación mental; ni siquiera el ruido de la seda puede ser omitido;
la idea de ser propietarias del retal sí es habitualmente prescindible; las sensaciones
epidérmicas son necesarias y decisivas. Los diversos tipos de seda actúan de igual
manera; no mencionan las pieles; también aprecian el terciopelo pero le consideran
muy inferior a la seda. Las tres pacientes pertenecen al sexo femenino.
El síndrome está constituido por dos elementos. Uno es la hiperestesia periférica, al
menos parcial. El otro, la sinestesia genital. La hiperestesia selectiva se manifestó muy al
principio mediante aversión al terciopelo en una de nuestras enfermas (caso II), pero era
una aversión sin angustia, a nuestro parecer, y muy distinta de las verdaderas fobias.
Más tarde, a la aversión le siguió la atracción. La hiperestesia tactil electiva no
es aquí patológica sino por su intensidad, pues es normal encontrarla en grado leve
en casi todo individuo refinado, incluso podría decirse que forma parte del sentido
artístico. Igualmente, la sinestesia genital morbosa no es aquí sino la exageración de
un hecho susceptible de producirse en un sujeto sano, pero lo enfermizo consiste en
que esa sensación agradable, en vez de no ser más que un coadyuvante de una excitación
previa entre muchos otros, provoque tal excitación por sí misma. La intensidad
de la excitación así obtenida y la búsqueda sistemática mediante tales medios
son otros dos rasgos patológicos distintos.
Si duda el lector no habrá dejado de establecer mentalmente un paralelismo entre
ciertos rasgos de esta perversión y los de la perversión fetichista. El fetichismo
también comienza en edades tempranas, y se especializa desde el principio en cualquier
objeto, generalmente único.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 157
Pero la frigidez en ausencia del fetiche es más absoluta en los tres casos reseñados,
y la representación del fetiche, ayudada por la masturbación, equivale al propio
fetiche. El fetiche, al contrario, se asocia a coitos normales, y además representa él
mismo a una persona sexuada.
Quizá por esta razón su manipulación reviste un carácter más posesivo, conserva
generalmente su valor después de usarse, y a menudo se convierte en objeto de
una manifestación de sadismo. Finalmente, hasta ahora el fetichismo sólo ha sido
constatado en varones, y quizá, en efecto, por diversos rasgos, se origine exclusivamente
en la psicología masculina.
Está claro en nuestros tres casos que la tela no interviene como sustituto del
cuerpo masculino, que no tiene ninguna cualidad del mismo y que su misión no es
evocarlo.
La anestesia sexual no es absoluta; la perversión es mucho menos dominante; su
comienzo, quizá menos claro; todos sus rasgos están menos definidos.
La perversión del fetichista que ve o que imagina su fetiche, o que se acaricia
con él, es un homenaje al sexo opuesto; el mismo frotamiento del fetiche contra el
19
órgano masculino representa menos una masturbación que un coito, pone en juego
todos los factores físicos y morales16 del amor masculino, mientras que el roce del
clítoris contra la seda dista en nuestros casos17 de poner en juego todos los componentes
de la sensibilidad femenina.
Un rasgo notable en los fetichistas, los sádicos, los invertidos y los masoquistas
es la extremada abundancia de fantasías relativas al objeto de su pasión. Incluso
aparte del onanismo, se entregan a verdaderos desenfrenos imaginarios con el tema
de su acto favorito; lo celebran mediante escritos y dibujos; durante la masturbación
con el fetiche se imaginan espléndidas escenas; durante el coito masoquista o sádico
transforman la realidad en su imaginación, para enriquecerla o ennoblecerla.
En nuestras tres pacientes no encontramos nada de eso; se masturban con la seda
sin más fantasías que un gourmet solitario paladeando un vino delicado; a falta de
un trozo de seda no sueñan con fabulosas sederías para ayudar a la masturbación, y
el contacto con la seda no se completa en ellas con la visión de personas vestidas de
seda, ni de sedas variadas y abundantes sobre las que se lanzarían a placer. Esta ausencia
de ayuda imaginativa es mucho más notable por el hecho de que nuestras tres
enfermas no están desprovistas de imaginación, y una incluso se entrega frecuentemente
a fantasías pobladas de perversiones diversas y probablemente colaboradoras
de la masturbación digital. Aunque la masturbación con la tela se ha acompañado a
veces de fantasías de diverso tipo, al menos nos parece probado que [a estas enfermas]
no les son en absoluto necesarias, que no han jugado ningún papel en la génesis
————
16 Morales = afectivos.
17 En el original, «notre cas», ‘nuestro caso’, en singular. ¿Lapsus del autor o del cajista de imprenta?
TEXTOS Y CONTEXTOS
158 FRENIA, Vol. VI-2006
de la perversión; en pocas palabras: que si la fantasía es libre para asociarse a esa
perversión, al menos no pertenece a su esencia. El tejido, en efecto, parece actuar por
sus cualidades intrínsecas (consistencia, brillo, olor, ruido), cuya mayor parte incluso
son secundarias comparadas con sus cualidades tactiles. Estas cualidades tactiles son
en verdad variadas, sutiles, complejas, innumerables para una epidermis refinada; se
multiplican realmente en cualidades estéticas de orden más amplio; su conjunto, sin
embargo, parece mínimo y esquemático al lado del complejo de evocaciones sensoriales,
estéticas y morales que el fetiche propiamente dicho ocasiona en el varón.
A causa, sin duda, de dicha dominante tactil, ciertas cualidades que generalmente
se le piden al fetiche no son exigidas a las telas; por ejemplo, haber sido usadas
por el otro, ser una prenda o haberse impregnado de un olor fisiológico; esas
marcas de uso les quitarían pronto su valor, pues entre sus cualidades intrínsecas
parece ser especialmente apreciada (al menos en las sedas) la uniforme lozanía de lo
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 159
no estrenado, y las arrugas y rozaduras las depreciarían. No creemos que tal integridad
represente un símbolo de virginidad; tampoco creemos que un placer de violencia
análoga al sado-fetichismo forme parte del placer de frotarse con telas, siendo la
frotación un medio para percibir mejor todas las cualidades intrínsecas del tejido; si
se lleva a cabo con frenesí, es debido a una emoción esténica de orden banal, y no
por una búsqueda sádica de placer. Hagamos notar además que el contacto de la tela
en cuestión con una superficie cutánea cualquiera, con roce pero sin frotamiento,
basta para producir un orgasmo.
No parece que ese hecho se dé habitualmente en los casos de posesión de un fetiche;
si se produce, se debe a un mecanismo completamente distinto (se reaviva la
imagen mental tras el contacto), mientras que en la pasión por las telas constituye el
hecho esencial y primario; la masturbación indirecta así obtenida puede fácilmente
suplir a la otra18, incluso parece haberla precedido.
En esta afición al contacto con repercusión especial, la repercusión genital es automática,
aproximadamente como el fenómeno de la risa provocada por las cosquillas
(reflejo muy probablemente protuberancial). La representación del sexo opuesto
tiene aquí tan poco lugar como en la masturbación del idiota, que ignora la diferencia
entre los sexos; y si la cadena refleja no tiene, como en el idiota, un asiento estrictamente
infra-cerebral, al menos no asciende muy arriba en la escala de los hechos
cerebrales, no pasa casi el nivel psíquico de los recuerdos sensoriales ni de los centros
20
poligonales.
Como se ve, existen muy grandes diferencias entre la textura del fetichismo y la
de la perversión de nuestras enfermas. Aplicarle el término fetichismo sería atribuirle
implícitamente características clínicas que no tiene, tales como la potencia exclusiva,
ciertas complicaciones mentales, cierta conducta hacia el objeto; sería suponer que
esta perversión ha nacido exactamente por el mismo mecanismo que el verdadero
fetichismo, mientras que un análisis más preciso demuestra que ambas patologías
sólo se superponen parcialmente.
El término pseudo-fetichismo, o incluso el de fetichismo menor19, evocaría
igualmente la idea de una analogía demasiado completa. Podríamos preguntarnos si
esta perversión no pertenece al muy amplio campo de los fetichismos asexualizados.
Parece pertenecer a dicho campo porque reposa sobre una asociación preestablecida
(sinestesia), porque la ideación20 no juega ningún papel y por otras razones más.
De todos modos, creemos que debía figurar algo aparte y ser gratificada con un
nombre. Para designar esta especial búsqueda de un contacto dotado de virtudes
afrodisíacas, nos parecen necesarias dos palabras; el término hifefilia designaría la
————
18 Es decir, a la directa o digital, como la viene llamando.
19 Traducimos así «petit fétichisme»; para la tradición médica también valdría ‘fetichismo minor’.
20 ¿O ‘imaginación’?
TEXTOS Y CONTEXTOS
160 FRENIA, Vol. VI-2006
búsqueda del tejido, y la expresión hifefilia erótica daría cuenta del proceso sinestésico
(Ln0, tejido). Además, el término hifefilia, o incluso el más general de aptofilia
("BJT, yo toco), pueden llenar, a nuestro parecer, una laguna del vocabulario usual,
ya que el término «delirio de tocar», que a priori le hubiese convenido, posee hoy el
sentido exclusivo de delirio fóbico de tocar.
Si queremos analizar más en detalle el proceso sinestésico, encontraremos en
primer término una hiperestesia cutánea, si no permanente sí al menos contemporánea
del primer contacto registrado, y sustentada en las especiales modalidades de
percepción que pone en juego el contacto con la tela. No hemos podido constatar tal
hiperestesia en nuestras pacientes; su investigación hubiese exigido una experimentación
muy minuciosa, y sus resultados habrían sido casi inútiles ante el conocimiento
de la excesiva variabilidad de la sensibilidad en la histeria, en particular bajo la influencia
de apetencias momentáneas, de alteraciones sexuales, etc.
El recuerdo de un primer contacto genitalmente voluptuoso, ciertamente constituye
para una histérica un elemento de autosugestión capaz de avivar la sensibilidad
periférica ante experiencias posteriores. Subrayemos que en la evidente adaptación
recíproca de la epidermis y una tela suave hay algo completamente distinto que la
esquemática asociaciación por contigüidad invocada antaño como suficiente explicación
del fetichismo.
La hipoestesia sexual de la cual nuestras pacientes se pretenden afectas no nos
parece tan grave como ellas dicen. Contrasta con la precocidad de su despertar
sexual, y con los momentos de excitación auténtica que confiesan haber obtenido
varias veces con el coito.
Pero al menos algo es cierto, a saber: la irregularidad en ellas del desencadenamiento
del orgasmo; ¿proviene tal irregularidad de un estado constante de «debilidad
irritable» (Feré)21 o de una «debilidad alternante» con irritabilidad? Ahí tendríamos
una pregunta de orden general, común a todos los grupos de las perversiones sexuales
(sadismo, masoquismo, fetichismo).
Nos bastará hacer aquí constar, una vez más, la presencia del desequilibrio sexual
en el origen de una perversión propiamente dicha, y la coexistencia de ese desequilibrio
sexual con la tendencia a emparejamientos ilógicos y tiránicos, que es por sí misma
fuente de tantos síndromes (obsesiones, fobias, impulsiones, sinestesia, etc.).
Clínicamente, conviene reparar en que la hipoestesia sexual es aquí realmente
menos rigurosa, menos constante, que en los fetichistas clásicos: nuestras enfermas,
en efecto, tienen temporadas de una sexualidad casi normal.
————
21 Charles Féré (1852-1911), médico, describió la «faiblesse irritable». Designaba con el término genérico
de «irritabilidad» la capacidad de muchos individuos físicamente débiles, «degenerados», para emocionarse
y sentir en mayor o menor grado, de base más bien fisiológica y que se traducía también por una
21
intensidad anormal de las representaciones mentales. Ver: FERÉ, Ch. (1888), Dégénérescence et criminalité,
Paris, Alcan, pp. 40 y ss.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 161
La sinestesia, que aquí consiste en la repercusión genital de impresiones cutáneas
banales en sí, se ejerce con la intermediación del Sistema Simpático, por un mecanismo
semejante a la excitación que producen ciertos olores. Si, normalmente, los contactos
suaves y desprovistos de sentido, o los olores tenues, no son erógenos sólo por sí
mismos, al menos sirven de coadyuvantes a las excitaciones eróticas, sobre todo a
aquellas cuyo punto de partida está en la ideación; pero esos dos factores juntos no
podrían en el sujeto normal avivar las sensaciones voluptuosas hasta llegar al orgasmo.
El refinamiento de la percepción tactil y la repercusión de contactos de localización no
genital sobre el Sistema Simpático son hechos banales; se dan en grado diverso, viéndose
incluso en el varón; son frecuentes en la mujer y están especialmente desarrollados
en las mujeres histéricas, encontrándose a cada instante fenómenos sinestésicos al
explorarlas (asfixias, lágrimas, vómitos, éxtasis, etc.). En cuanto a la participación genital,
aparte de que en grado leve se produce, inconsciente o subconscientemente, en
todas las emociones profundas de la mujer (perfumes, música, literatura, religión, etc.),
hagamos notar que, en la normalidad, en diversos puntos de la superficie cutánea (por
ejemplo, en la nuca) existen zonas especialmente erógenas, mediante conexiones inexplicables,
y que en los sujetos degenerados surgen otras zonas en regiones anatómicas
muy variables. Tanto en normales comoen degenerados, la estimulación de la zona
erógena actúa de un modo estrictamente reflejo; pero en los degenerados tiene la notable
propiedad de ser condición suficiente para provocar el orgasmo, mientras que en
los sujetos normales es de entrada insuficiente para esto, e incluso la estimulación de la
zona es incapaz de aparecer si no hay una intención erótica previa. El contacto erógeno
de la seda en nuestras pacientes es comparable, en cierta medida, a la excitación de
las zonas erógenas; en uno y otro caso se trata de una cualidad muy periférica del contacto
cuyas condiciones se nos escapan.
Los rasgos patológicos de la sinestesia considerada como un reflejo residen en
su intensidad, su espontaneidad y su independencia; considerada como un hábito22,
también es patológica, por la unión definitiva de sus dos términos y por las diferentes
prevalencias que adquiere en la vida sexual.
Las relaciones del exclusivismo con el desequilibrio sexual, de las que hemos
hablado líneas arriba, constituyen una cuestión teórica imposible de tratar ahora.
Clínicamente, debemos subrayar que aquí el exclusivismo no es total y que aunque el
contacto con la seda es para nuestras pacientes el mejor modo para activar la sensibilidad
genital, no es el único.
Como en el fetichismo masculino, estamos ante una ligazón entre la vida sexual
y un objeto. Pero aquí, 1º: la ligazón está orgánicamente motivada; 2º, es sensoriosensorial;
3º, la participación intelectual es nula. La ligazón es de un orden menos
————
22 En el sentido de ‘tendencia constitucional’.
TEXTOS Y CONTEXTOS
162 FRENIA, Vol. VI-2006
elevado23, pero es menos artificial. En otros términos, la asociación que se lleva a
cabo presenta un fundamento relativo, ocupa un nivel bajo en el eje nervioso, no
comporta por sí misma una tendencia a la ideación concomitante; finalmente, permite
la existencia de excitaciones sexuales de tipo normal, pero de intensidad por lo
general mediocre.
Reunidas todas estas características, permiten quizá comprender la cristalización
menos clara del caso tipo, es decir, por una parte, la ausencia de completa
igualdad entre las enfermas; y, por otra, la relativa variabilidad de la perversión en
una misma paciente. En diversas épocas de su vida, la enferma puede verse libre de
su perversión. Los períodos de depresión parecen despertarla; es esta una característica
general en la historia de los síndromes degenerativos.
Sin embargo, conviene subrayar que, entre los fenómenos de desagregación causados
por las debilidades24 de todas clases, las sinestesias figuran siempre en primer
rango; la susceptibilidad sensitiva de la convalecencia y de los estados de ayuno son
una prueba de ello. La disarmonía no afecta por igual a todos los peldaños de la escala
22
mental; se constituyen automatismos que son cada vez más inferiores. La sinestesia
aquí estudiada debe pues verse facilitada por ser de naturaleza inferior. Este dato
explica, por ejemplo, la constitución tardía del síndrome en nuestro tercer caso; quizá
existiese la sensibilidad tactil antes de la desagregación mental producida por el
alcohol y el éter, pero la sinestesia genital no existía con anterioridad.
Como dijimos, una sistematización25 de semejante naturaleza se puede constituir
debido al carácter inferior de la sinestesia; si la perversión fetichista masculina,
que es también una sistematización, nunca se encuentra compuesta por todos sus
elementos en casos idénticos, quizá sea debido a su caráter más alto en la escala.
Hemos insistido muy poco sobre la presencia de la histeria en nuestras pacientes
porque tal característica no parece imprescindible para que surja el síndrome. Si bien
por sus rasgos psicológicos (sobre todo la autosugestión) facilita la eclosión, sería por
el contrario quizá susceptible de imprimirle un factor de superficialidad e inconstancia,
como hace con las obsesiones y las impulsiones. Empero, el grado de variabilidad
que hemos observado en nuestros casos parece inherente al propio síndrome.
Es más interesante investigar si existe una correlación entre esta clase de síndrome
y la fisiología femenina. La repercusión del contacto sobre la sensibilidad
general y la sensibilidad genital es en la mujer, como antes dijimos, más frecuente y
más amplia que en los varones.
Por otra parte, la excitación clitoridiana, por extensas que sean sus repercusiones
sobre la totalidad del organismo de la mujer, bien parece tener en sí misma una
————
23 En sentido figurado, esto es, tiene menos que ver con la ideación, con las facultades superiores.
Enseguida volverá sobre esta idea.
24 Estas ‘debilidades’, en el sentido de Feré, suponemos.
25 En el sentido de ‘estructuración’, ‘ordenación’ clínica.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 163
naturaleza particularmente tactil, con ausencia de necesidad imperiosa de orgasmo,
al menos al principio; nos parece bastante verosímil que esta especie de eretismo de
orden tactil se despierte con mucha facilidad mediante excitaciones cutáneas tactiles
debido a su analogía.
De ahí ese aire diletante en el eretismo provocado por la seda, bien que ésta solamente
roce la piel, bien que se aplique contra el clítoris. Por el contrario, la excitación
vaginal tiene un carácter agudo y se acompaña de una apetencia imperiosa
(aunque menos penosa, al parecer, que el deseo similar en el hombre). Es el eretismo
vaginal el que parece proporcionar el elemento doloroso e impulsivo de la ninfomanía.
Parece, por otra parte, que la sensibilidad clitoridiana es la que menos disminuye
en los casos de frigidez femenina, y, en efecto, encontramos en nuestras pacientes
una acusada primacía clitorídea (preferencia por el cunnilingus, crisis clitoridianas
espontáneas) y al mismo tiempo una indiferencia, al menos relativa, hacia la penetración
peneana. Estas condiciones son favorables a la búsqueda de la excitación
mediante contactos clitorídeos o cutáneos.
La seda se emplea en estos casos para frotarse con ella; no hay conductas de amasamiento,
que podrían expresar un placer por prehensión o posesión; estas sensaciones
son más específicamente masculinas y, sobre todo, se ejercerían sobre un objeto dotado
de individualidad, y la tela aquí no la tiene. Si el fetiche del hombre, al contrario, es
manipulado, mancillado [polucionado], violentado a veces, y posteriormente conservado,
lo es, por una parte, para mejor saciar ciertas sensaciones de naturaleza masculina;
y por otra, porque el fetiche es, por sí mismo, como una persona.
Cuando nuestras pacientes desgarran la seda no es por violencia sádica sino para
sentirla mejor, para mejor comprenderla. En su contacto con la seda son pasivas;
su personalidad está cerrada en relación al mundo exterior; desprovista de visión,
desprovista de deseo, el sexo opuesto no existe; su goce es muy genital, pero se basta
a sí mismo de tal modo que se le podría denominar asexuado.
En resumen, creemos ver en la afición erótica por la seda una perversión muy
adaptada al temperamento femenino y, por eso, mucho más frecuente en las mujeres
que en los hombres.
Las inducciones de este género siempre son azarosas en terrenos donde no impera la
lógica; sin embargo, se han demostrado correctas, por ejemplo, las que permiten prever la
mayor frecuencia del sadismo en el varón y del masoquismo en la mujer.
23
III
Además de la muy especial perversión que acabamos de describir, nuestras tres
enfermas han presentado diversos síndromes más o menos perfilados.
La enferma B... experimentó en la infancia una especie de delirio de tocar. Decimos
sólo una especie de delirio de tocar porque el síndrome de tal nombre no apaTEXTOS
Y CONTEXTOS
164 FRENIA, Vol. VI-2006
reció completo en su caso. La perversión tactil está clara, los rasgos fóbicos son poco
acusados (ni obsesión, ni angustia); el trastorno es más periférico que psíquico. El
propio trastorno tactil es quien más tarde, modificado en sentido inverso, dará lugar
a la sinestesia genital.
La enferma V. B... ha presentado una algofilia no sexual (se inflingía pinchazos
a sí misma), otro modo de buscar sensaciones cutáneas al cual quizá se añaden factores
psíquicos más importantes que en el caso precedente.
El análisis psicológico de esta nada infrecuente perversión merece especialmente
hacerse. Habría entonces ocasión de precisar su relación con las parestesias y con la
mentalidad histérica. Clínicamente se nos aparece aquí como en solitario, desprovisto
de fantasías, desprovisto de todo eco sexual; en una palabra, en ningún modo es
masoquista.
No nos parece que esos dos trastornos de inicio periférico se topen por azar con
la pasión tactil por la seda; son del mismo orden que ésta, de la cual constituyen un
preludio.
Nuestras enfermas presentan una propensión muy especial a las ensoñaciones
diurnas más fantasiosas. Este rasgo, frecuente en los degenerados, llega al más alto
grado en los pervertidos sexuales. No parece haber jugado ningún papel en la génesis
de la perversión actual; simplemente hay que señalarlo como un síndrome concomitante.
Hay que subrayar aquí que en el caso V. B... la fantasía evocadora toma como
tema diversas perversiones sexuales apenas esbozadas en la paciente, pero no la pasión
por las telas que, quizá, se preste menos a ser fantaseada.
En tales fantasías ha aparecido como tema morboso la inversión psíquica y física.
Quizá no sea muy completa. En los episodios imaginarios de inversión, se puede
reconocer la intervención de otras dos inclinaciones emparentadas entre sí. Una es la
gamomanía26 (Legrand du Saulle); la otra es la necesidad de protegerse activamente
contra el embarazo, muy análoga en su origen a la doromanía27 y a menudo, además,
ligada a ella. (Un bonito ejemplo de la unión de estas tres pasiones en un mismo
sujeto puede encontrarse en La Folie à Paris, del Dr. P. Garnier, p. 39128). La
inversión no figura sólo en las fantasías sino también en los sueños. En los sueños se
muestra también una pasividad, una algofilia sexual muy próxima al verdadero masoquismo;
únicamente se diferencian en la ausencia de representación masculina, de
las apetencias psíquicas con ella relacionadas, y de la idea de humillación. Para nada
hablaremos de bestialismo a propósito de la representación de animales porque estos
aparecen solamente como factores de producción de dolor y exclusivamente con
ocasión del orgasmo; los deseos no se dirigen a ellos ni siquiera en los sueños.
————
26 Impulsión morbosa que empujaba a contraer sucesivos compromisos de matrimonio.
27 Doromanía: impulsión a hacer regalos, a recibirlos, y también afición morbosa por las pieles.
28 GARNIER, Paul (1890), La folie à Paris : étude statistique, clinique et médico-légale, ; prefacio de J. C.
Barbier. París, J.B. Baillière et fils.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 165
Asímismo, observamos en nuestras pacientes una tendencia marcada a la depresión
con ideas de suicidio, la amoralidad en dos de ellas, la histeria, y finalmente los
impulsos cleptomaníacos. Todos estos trastornos son las marcas de una degeneración
cuya existencia era indudable a priori29.
Los robos cleptomaníacos tiene lugar aquí a consecuencia de la atracción de un
objeto especial y también por disminución de la resistencia (casos mixtos de Dubuisson).
Esta disminución es la consecuencia de un debilitamiento orgánico y nervioso
(tifoideas, anemia, éter). Este dato es, resumiendo, clásico (Magnan, Dubuisson, etc.).
El debilitamiento no sólo tiene como efecto disminuir la resistencia, también aviva el
deseo facilitando los automatismos psíquicos inferiores y las sinestesias morbosas.
La enferma B... debutó tardíamente en la cleptomanía. No es tan seguro que la
24
perversión sexual (excitación mediante la seda) haya tenido en su caso un comienzo
tardío; quizá ya existiese el placer tactil, pero la sinestesia genital no se hubiese producido
de no precederla el debilitamiento; también podría ser que la propia perversión tactil
haya sido originada ex novo. Se trataría entonces de uno de esos desequilibrios adquiridos
de los que Lasègue solía decir que «a veces heredamos de nosotros mismos».
La menopausia parece haber jugado el rol principal en la génesis de esta perversión
del tacto, igual que, más o menos por sí misma, ha dado lugar a la toxicomanía
con tendencia dipsomaníaca y a un esbozo de locura de doble forma. Sin embargo, el
estado febril que se da en la toxicomanía por éter no puede haber dejado de colaborar
en la producción de la hiperestesia tactil; con toda seguridad, el éter ha sido uno
de los factores más importantes en la génesis del impulso cleptomaníaco, no sólo
llevando a cabo como todo tóxico esa desorganización mental (liberaciones de los
automatismos inferiores, disminución de la resistencia voluntaria) de donde nacen
obsesiones e impulsiones, sino además porque forma parte de la naturaleza del eterismo
inducir una conducta impulsiva a todo sujeto que cae en él.
Parece que en la mujer llamada F... se produce un placer especial en el momento del
acto delictivo debido per se a la sensación de robar; este elemento cleptofílico resulta evidente
en los casos I, V y XIX del libro de nuestro maestro el Sr. Dubuisson (p. 64, 81 y
152, respectivamente)30; más tarde da lugar a esa —en expresión de este autor— «lucha
cortés» que se establece entre la cleptómana, dispuesta a reincidir, y el personal de los
grandes almacenes. (Sobre el tema de la sensación cleptofílica, ver también el tercer caso
de Boissier y Lachaux en Annales Médico-Psichologiques, 1894, I, p. 54)31.
Una vez fuera de la tienda, ¿existe en el caso F... el placer por la prehensión? Esta
pregunta puede plantearse a propósito de todas las cleptómanas (y en el momento
————
29 Desde antes de manifestarse la pasión por las telas.
30 Probablemente: DUBUISSON, Paul (1904), Psychiatrie Médico-Légale. Essai sur la folie au point de vue
médico-légal, Paris, Masson.
31 BOISSIER François y LACHAUX, Georges (1894), «Contribution à l’étude clinique de la kleptomanie,
Annales Médico-Psychologiques», I, pp. 42-54.
TEXTOS Y CONTEXTOS
166 FRENIA, Vol. VI-2006
actual parece llamar menos la atención que en los primeros tiempos del estudio de la
cleptomanía).
Dos de nuestros casos robaban o, si se nos permite la expresión, birlaban cosas
de poco valor, sobre todo monedas de pocos céntimos. Este tipo de robo pone de
manifiesto más bien la merma de la resistencia, antes que la potencia de la atracción.
Un último detalle clínico sería el siguiente. Con frecuencia, después del robo las
enfermas se aíslan en un rincón, en el portal de alguna casa o en un retrete, para consumar
allí, mediante la aplicación directa de la seda a sus partes genitales, un orgasmo
que el momento del robo por sí solo no ha podido hacer llegar al paroxismo.
Después de lo cual, con frecuencia abandonan la tela, bien por súbita indiferencia,
bien calculadamente. Lógicamente, el lugar donde se esconden no podría estar muy
alejado del sitio en que han cometido el robo.
Dos de nuestros casos sobre tres eran hipomorales o amorales; lo habían demostrado
cometiendo robos de características no impulsivas y también otros delitos. Estas
pacientes procedían de Saint-Lazare. Probablemente, entre las enfermas puestas
en libertad durante la instrucción judicial la proporción de amorales no sería tan alta
como en nuestra corta serie. La amoralidad, por su parte, no puede impedir reconocer
el carácter impulsivo de algunos de sus robos; incluso debe, contemplada en conjunto,
ser incluida en el balance de su degeneración. La existencia de una cierta
premeditación, e incluso el beneficio posteriormente obtenido de los objetos robados,
no obligan en absoluto a deducir que el robo no haya sido morboso.
De igual manera, algunos verdaderos invertidos pueden intentar chantajear a
sus compañeros en el placer, sin que por eso deba contárseles entre los pederastas
profesionales (Krafft-Ebing, Moll). Todas las combinaciones son posibles entre los
trastornos degenerativos, y la amoralidad es uno de ellos.
En una mujer acusada de robo es poco probable la simulación de la pasión erótica
por la seda. La veracidad de las declaraciones de una enferma se hace verosímil
ante lo estereotipado de sus robos, o ante el modus faciendi si se trata de un único delito.
25
Lo pintoresco de su relato posee también un valor probatorio; hay que valorar su
intensidad y sus estereotipias. El médico reconocerá de paso ciertos brillos en la mirada,
ciertos mohines, ciertas expresiones verbales, ciertas respuestas, percibirá ciertas
palabras muy expresivas, ciertas maneras de bromear, ciertas adaptaciones a los
tiempos, personas y lugares como sólo la práctica de una antigua pasión sugeriría.
Sin embargo, sería posible que tales enfermas (por lo general observadoras y
además muy sugestionables) se hiciesen una idea suficiente de la perversión que en
ellas indagamos y fuesen llevadas, voluntaria y sinceramente, por nuestras preguntas
a ofrecernos al cabo de poco tiempo el relato que de ellas esperamos.
Un número demasiado grande de preguntas tendría además como consecuencia
el privarnos de unos monólogos tan expresivos, tan convincentes, como aquellos a
los que hicimos alusión; dejaría caer una duda sobre la sinceridad de alguna alegaTEXTOS
Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 167
ción posterior, y esa duda sería irreparable. Por lo tanto, es muy importante permitir
a la enferma la máxima espontaneidad. Conviene hablarles mediante frases cortas y
no pedirles nunca una respuesta determinada, sino sólo una especie de narración. Un
procedimiento útil para provocar ciertas palabras significativas o para suscitar algo
no dicho, consiste en aparentar haber encontrado una contradicción entre dos cosas
que haya dicho el paciente, pidiéndole que la deshaga; la rapidez, la improvisación,
el ingenio de las respuestas así provocadas son información de un alto valor; a veces
se consigue de ese modo que en verdad nos abran su corazón.
Si por alguna condición particular una simuladora poseyera algunos conocimientos
psiquiátricos, su insinceridad se manifestaría por la falta de cohesión y de
relieve, el exceso de lógica y la ausencia de la lógica morbosa. Inversamente, podría
ocurrir que una auténtica enferma, declarada por ello irresponsable pretendiese después
haber engañado al perito médico mediante una hábil simulación; la finalidad de
tal alegato podría ser, por ejemplo, conseguir salir del asilo. Sus palabras podrían
encontrar una especie de confirmación en los robos de naturaleza banal que también
hubiese podido haber llevado a cabo. Por tanto, todo médico llamado para pronunciarse
sobre enfermos de este tipo deberá informarse con cuidado sobre una posible
amoralidad, para mencionarla si procede y añadir que no todo robo cometido por la
paciente será forzosamente impulsivo.
Clínicamente, el interrogatorio de estos pacientes nunca llega a estar completamente
terminado. La obligación de esperar la comunicación espontánea de ciertos
datos tiene como efecto la prolongación del interrogatorio, sin que formulemos alguna
de las preguntas en que no hemos dejado de pensar. Así, en el caso de la enferma
V. B..., nos hubiese gustado saber con claridad si la seda arrugada, usada, estaba
para ella desprovista de todo encanto, si un hombre vestido de ricas sedas le gustaría
más que la seda sola, si la muchachita fantaseada por ella se vestía de seda o le recordaba
a la seda por la suavidad de su piel, si le resultaba agradable la piel de los
animales que salían en sus sueños, si a veces añade a la seda sin estrenar una cierta
idea abstracta de virginidad, etc.
IV
Para no complicar la descripción clínica, hemos presentado a nuestras pacientes
comparándolas sólo con los fetichistas más clásicos. Pero existen perversiones intermedias
entre el fetichismo típico y la pasión por las telas tal y como la hemos descrito. Esos
casos tienen para nosotros un interés muy especial por haber sido observados en varones.
Tienen en común con los nuestros la búsqueda de una materia concreta por razones
tactiles y sexuales; se diferencian por la complejidad psicológica, el aspecto clínico y
la historia médico-legal. Los exponemos sucintamente a continuación:
TEXTOS Y CONTEXTOS
168 FRENIA, Vol. VI-2006
Krafft-Ebing, IIª edición alemana32. Caso 113: A un hombre instruido y distinguido
le gustan desde la infancia ciertas pieles y también el terciopelo. El peluche33 también
le agrada, pero infinitamente menos. Aversión pronunciada por el paño, la franela y
cualquier tejido áspero. El terciopelo y el peluche que tapizan algunos muebles también
conservan para él sus propiedades excitantes. Pero le gusta sobremanera ver y
tocar las pieles y el terciopelo sobre el cuerpo de una mujer, hundir entonces su cara
en ellos; el coito con una mujer ataviada de pieles es el mayor placer posible. Siente
adoración por la propia palabra ‘piel’, los hombres no tienen derecho a vestir con
26
pieles (la piel tiene en sí misma un carácter muy femenino)34. El paciente asegura que
el contacto actúa sobre él espontáneamente, sin intermediación de ninguna asociación
de ideas. El olor normal de la piel no le gusta. La excitación sexual es posible con normalidad
en las condiciones normales, la mujer es buscada por sí misma. El contacto
con las pieles hace desear el de la mujer, hay placer para el enfermo al palpar las formas
de la mujer bajo la consistencia de la piel; ésta es pues un intermediario físico entre
él y la mujer o la imagen de la mujer. Así pues, si bien se trata de un fetiche, este fetiche
no es exclusivo, dominante; sólo es suficiente en el peor de los casos35. El fetiche
no es una persona, pero debe añadirse a una persona para ser perfecto.
Una analogía con el fetichismo típico se encuentra en el considerable empleo
que en algunos momentos hace de la imaginación. No sabemos si las pieles ya usadas
por una mujer le producen un efecto más activo.
Las demás analogías saltan a la vista. En cuanto a las diferencias, consisten en
la independencia del enfermo respecto al fetiche, en la necesidad de completarle (sobre
todo proporcionándole un modelado femenino), en la naturaleza amorfa del fetiche,
en su intrínseco valor tactil, en la apropiada base de la sinestesia36, en el hecho
de que no le agradan todas las propiedades del fetiche ( especialmente el olor). La
piel tiene aquí dos valores: uno más o menos como fetiche, el otro como contacto
agradable. Éste último es primario, constituye una haptofilia y quizá explique, por
una parte, las imperfecciones del fetichismo a ella secundario. (Así, la ausencia de
búsqueda de un olor agradable añadido a las pieles, la aversión por el olor normal,
etc.). Constatemos finalmente que este sujeto no se masturba con las pieles ni ha
hecho ningún intento de robo.
————
32 KRAFFT-EBING, Richard von (1894), Psychopathia sexualis. Eine klinisch-forensische Studie. Ferdinand
Enke, Stuttgart, 2ª ed. (1ª ed.: 1886).
33 No hay traducción equivalente. En francés, el peluche es un tejido semejante al terciopelo pero con
fibras más largas y menos densas, hecho de seda, lana o algodón. El de éste último material se corresponde
con la ‘felpa’ española. Peluche también significa ‘pelusa’.
34 El paréntesis parece una opinión de Clérambault, no del paciente.
35 En ausencia de mujer.
36 Clérambault utiliza una expresión, le bien-fondé de la synesthésie, exclusiva del mundo del Derecho.
Bien-fondé equivale a ‘legítimo’, ‘basado en Derecho’, ‘jurídicamente fundamentado’.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 169
Las diferencias con nuestros casos consisten en lo siguiente: el contacto meramente
cutáneo no basta para llegar al orgasmo completo, la piel no tiene el monopolio
de la producción de la excitación sexual, por el contrario, lleva al sujeto hacia el
sexo opuesto, la mujer es deseada por sí misma incluso fuera de los momentos de
excitación suscitada y sin la necesidad imperiosa de completarla mediante pieles.
Nuestros casos presentan una haptofilia sin la más mínima asociación al fetichismo
ni siquiera incompleto.
El parecido radica en la haptofilia erótica, originada a partir de una haptofilia
que surgió como tal cuando el sujeto aún era sexualmente neutro.
Krafft-Ebing. Caso 114: Muchacho de doce años; placer tactil con la piel de zorro;
masturbación en la cama con dicha piel, y también mediante el contacto con un perrito
de pelo espeso. Los contactos no bastan para producir la eyaculación sin masturbación
manual. Las poluciones nocturnas no son una prueba de que la representación
mental de la piel sea una causa suficiente para la eyaculación; la representación puede
ser subsecuente a la excitación medular.
Caso 116. Este caso, clasificado como fetichismo exclusivo por las telas, creemos
que debería ser enfocado como un caso de fetichismo verdadero con sado-fetichismo.
Pero su punto de partida es haptofílico.
Lo mismo pensamos acerca del caso 117, tomado del Dr. P. Garnier (Annales
d’Hygiène publique et de Médecine légale, 3ª serie, XXIX, 5, y en Les Fétichistes, p. 4637):
Hombre de veintinueve años. Le atrae la seda desde la infancia; fetichismo por las
prendas de seda una vez que hayan sido usadas por alguien. Masturbación con retales.
A veces, orgasmo mediante simple contacto cutáneo.
Les Fétichistes, p. 50: Panadero que desde hace diez años presenta adoración por
los tejidos lanosos y peludos (excitación genital por contacto). Búsqueda posterior de
pieles y cualquier tejido femenino, siempre que ya hayan sido usados por una mujer.
(Fetichismo verdadero). (El mismo paciente en: Dr. Vallon, «Un fetichismo vergonzoso
27
», Annales d’Hygiène publique et de Médecine légale, diciembre de 1895).
El Dr. Garnier estima también que en el hombre el amor a los tejidos está siempre
condicionado a lo femenino de la tela. Distingue cuidadosamente, además, el
fetichismo por las telas (servidumbre sexual), de la simple hiperestesia tactil (afición38).
Les Fétichistes, p. 51, 52, 53.
————
37 GARNIER, Paul (1896), Les Fétichistes. Pervertis et invertis sexuels. Observations médico-légales, París, J.-
B. Baillière et Fils.
38 Dilettantisme: ‘afición’.
TEXTOS Y CONTEXTOS
170 FRENIA, Vol. VI-2006
Krafft-Ebing. Caso 118: Hombre de treinta y tres años. Amor hacia los guantes de
piel, tanto curtida como sin curtir; prefiere los que tienen señales de haber sido usados,
y sobre todo... cuando contienen una mano de mujer. Adora la palabra ‘guante’.
Pone los guantes en contacto con los órganos genitales. Caso de fetichismo verdadero
con inicio haptofílico.
Otros ejemplos de materias excitantes al tacto, las rosas, la leche.
Krafft-Ebing. Caso 119 (tomado de Moll): Las rosas. En este caso se trata de asociaciones
de ideas simultáneas con origen sentimental; las cualidades del objeto favorito
sólo son tenidas en cuenta en el seno de otras cualidades intrínsecas; cesan de ser
apreciadas en cuanto se debilita el sentimiento romántico, origen de la dilección.
La leche (Charcot y Magnan, Archives de Neurologie, 1882, II, p. 321) : Hombre
de cuarenta y cuatro años, afectado de impotencia y frigidez39 desde hace algún
tiempo; detenido por froteurismo. Casado, vida sexual normal hasta los cuarenta y
dos años aproximadamente. Desde que es impotente se entrega a menudo al placer
de remojar su verga en leche, que le da la sensación del terciopelo. Erección nula. Se
bebe la leche a continuación sin sentir con eso nada especial. Su continua manipulación
con la leche no parece obedecer a una atracción fascinante sino a una muy simple
tentación (¿Debilitamiento intelectual?).
El único caso de haptofilia pura que se basta a sí misma, y por lo tanto idéntico
a los casos estudiados por nosotros, es el de un hombre de veintiún años:
Krafft-Ebing. Caso 120: El pelaje de perros y gatos le produce una excitación
sexual absolutamente espontánea, incluso en contra de su voluntad y que procura
evitar si es posible. Onanismo físico y psíquico pensando en pieles de perros y gatos.
Ninguna asociación con bestialismo. Si forma parte de un ser vivo, la piel parece
adquirir únicamente cualidades más complejas de orden tactil. Se trata pues aquí de
una hiperestesia tactil especializada con sinestesia genital. Los recuerdos tactiles no
tienen carácter dominante en su vida sexual. Numerosos sueños relacionados con
pieles. No hay aversión a la mujer.
Debemos reconocer que los enfermos del Dr. Garnier arriba citados, antes de
convertirse en fetichistas pasaron por una fase de haptofilia sexual propiamente dicha,
esto es, sin evocación de la mujer: fue durante la época infantil. Eran entonces
comparables a nuestras mujeres enfermas. Pero la adolescencia pronto modificó su
perversión.
Todos estos casos muestran sobradamente que tanto en el hombre como en la
mujer los contactos periféricos pueden adquirir una sensibilidad exquisita, y ejercer
————
39 Sic. Entendamos por ‘frigidez’ la indiferencia hacia el coito.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 171
como tal una repercusión considerable, no sólo sobre la sensibilidad general sino
también sobre la sensibilidad genital. Sobre una base así, sólo la constitución de una
perversión duradera, dominadora, cristalizada, parece que debería ser más rara en el
varón. La perversión típica que hemos encontrado en tres mujeres parece especialmente
acorde con el temperamento femenino. El simple hecho del terreno masculino
parece dar a la haptofilia erótica, cuando germina, una fisonomía más atípica, quizá
más superficial, o, por el contrario, una tendencia clara a acercarse al fetichismo, el
cual, bueno es recordarlo, sólo ha sido descrito en los varones.
Es notable que los hombres tienen como objeto de predilección las pieles en casi
todos los casos; sólo en uno era la seda. En varios de ellos aparece el terciopelo como
modesto sucedáneo de la piel; en un caso es el peluche, y en otro cualquier tejido velloso
28
y lanudo. Parece pues (y los detalles de las observaciones de Krafft-Ebing lo
demostrarían) que lo que más atrae al hombre del objeto de su deseo es en principio
una cierta sensación de resistencia blanda, con, secundariamente, algo de tibieza,
mientras que las mujeres apreciarían en la seda la impresión de refinamiento40 y de
frescor. Nos gusta deslizar la mano sobre las pieles; quisiéramos que la seda resbalase
por sí misma a lo largo del dorso de la mano. La piel evoca una caricia activa sobre
alguien que la moldea; la seda acaricia con suavidad uniforme una epidermis que
sobre todo se siente participante pasivo; después, por así decirlo, despierta emociones
con sus pliegues y sus «gritos». Quizá por eso se preste mejor a la voluptuosidad femenina.
Estos subrayados no nos parecen banales, pero pierden algo de su importancia
ante el hecho de que a los hombres también les gusta la seda; podría también
deberse a que las ocupaciones de la mujer la ponen más a menudo en contacto con la
seda que con las pieles. Con frecuencia, la piel no le basta al hombre, que al manipularla
se imagina a una mujer; palpando la seda, la mujer permanece mentalmente a
solas. Habitualmente, los varones parecen no presentar impulsión al robo excepto
cuando la pasión toma la forma del fetichismo o del sado-fetichismo verdadero.
Si comparamos nuestros casos de haptofilia femenina con los casos de fetichismo
asexualizado actualmente conocidos, en los cuales aparecen como excitantes una
ceremonia funeraria, la contemplación del esfuerzo físico de un hombre (Féré), la
contemplación del esfuerzo físico de los animales (Féré), las rosas (Moll), etc., reconoceremos
que en estos últimos el objeto excitante responde menos a la noción de
«Fetiche», que hace de un objeto una persona y comporta una adoración, que a la de
simple talismán, si por talismán entendemos, a nuestro parecer, un objeto que obtiene
su poder de un encanto extraño y contingente, guarda una fuerza que le ha sido
conferida, y, lejos de gustar por sí mismo, remite a un segundo objeto. Las diferencias
en la conducta de esos dos tipos de enfermos creemos que se derivan de esa dife-
————
40 En el original, finesse. Tiene un amplio abanico de significados, relacionados en la época con «lo
femenino»: fineza, finura, delgadez, esbeltez, pureza, delicadeza, agudeza, astucia, sutileza.
TEXTOS Y CONTEXTOS
172 FRENIA, Vol. VI-2006
rencia primordial. El fetichismo asexualizado, nos parece, es además más frecuentemente
de aparición tardía y deuteropático41 en su génesis (debilitamiento, asociación
de ideas, etc.).
Nuestros casos parecen estar entremedias de una y otra categoría. Difieren del
fetichismo asexualizado por la ausencia de orientación hacia el sexo opuesto, por la
necesidad de un contacto directo, por la ausencia de complejidad psíquica. Se diferencian
del fetichismo masculino completo por numerosas características, de las cuales
la más general es la falta absoluta de personalización en el fetiche. Se diferencian
del masoquismo masculino truncado (Stoff-fetichismus de Krafft-Ebing) por los rasgos
indicados en su momento.
Admitimos, por otra parte, que los casos de transición deben ser numerosos, que
quizá lo sean en el terreno de las perversiones sexuales más que en cualquier otro
ámbito, pero aunque fuesen la mayoría, ciertas combinaciones llamativas no por eso
dejan de merecer ser puestas especialmente en relieve, primero a título de hallazgo, y
segundo porque el mecanismo que los produce parece ser susceptible de repetirse con
más frecuencia, formando de ese modo cortas series entre multitud de casos dispares,
contingentes e individuales.
V
Nuestros casos, en resumen, se caracterizan por: la búsqueda del contacto con determinados
tejidos, el orgasmo venéreo ante el contacto cutáneo por sí solo, la preferencia
de esta clase de afrodisíaco a cualquier otro pero sin exclusividad absoluta; la
indiferencia a la forma, al pasado y al poder evocador del fragmento de tela empleado;
el escaso papel de la imaginación, la falta de apego al objeto después de usarlo, la habitual
falta de evocación del sexo opuesto, la preferencia por la seda, la asociación con la
cleptomanía, y, finalmente, en lo que hemos podido conocer, el que sólo se encuentra
este cuadro clínico completo en mujeres (y en el grupo de las histéricas).
La perversión así definida seguramente pueda darse en el varón; pero parece entonces
más fuera de lugar, así como parece que debería tener en él rasgos menos puros.
29
En esta forma restringida, la búsqueda de las telas no creemos que haya sido
descrita por los autores clásicos, aunque no deben ser raros estos casos en la práctica
médico-legal.
Krafft-Ebing definió el Stoff-fetichismus: «La búsqueda de un material determinado,
no en tanto que relacionado con el vestido femenino sino como simple material,
capaz por sí mismo de despertar o acrecentar las sensaciones sexuales». Y añade:
«los casos en cuestión no proceden de una asociación fortuita; debemos suponer que
————
41 Deutéropathique: secundario.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 173
ciertas sensaciones tactiles (una especie de cosquilleo) emparentadas en mayor o
menor grado con las sensaciones voluptuosas son aquí, en los individuos hiperestésicos,
la causa primordial de la génesis del fetichismo». (IIª edición alemana, p. 198).
Pero vimos que los casos citados por Krafft-Ebing no se corresponden del todo
con una definición tan restringida, y que, por otra parte, nuestros casos, que se ajustan
muy bien a ella, no tienen analogías en su casuística (que, además, no incluye a
ninguna mujer).
Es probable que en los informes periciales tales casos sean considerados como
fetichismos verdaderos o como una especie de fetichismo, o incluso como una variedad
poco importante de la impulsión cleptomaníaca. Los autores clásicos dicen unánimemente
que «el fetichismo no ha sido aún constatado en la mujer»; esta aserción
sería falsa si hubiese que incluir nuestros casos en el fetichismo; y si no se les incluye
allí, su lugar no está demarcado en parte alguna.
A nuestro parecer, no pertenecen al fetichismo verdadero, pero merecen ser colocados
a su lado y bajo su sombra; constituyen en cierta medida su sucedáneo femenino.
Ciertamente, son menos originales, menos paradójicos, menos complejos.
Pero quizá tengan una cierta importancia numérica; en todo caso, su asociación con
la cleptomanía les asegura un interés médico-legal.
[Fin del primer artículo]
PASIÓN ERÓTICA POR LAS TELAS EN LA MUJER (continuación)42
1910
Bajo el título anterior, comunicamos en el nº 174 de Archives d’Antropologie Criminelle
(15 de junio de 1908) tres casos de una especie de fetichismo incompleto,
observados por nosotros en mujeres (1902-1906). Un cuarto caso encontrado entre
nuestros informes periciales justifica, a nuestro entender, las reflexiones que hicimos
en su día a propósito de los tres primeros casos:
Caso cuarto. — Histeria. — Precocidad sexual. — Frigidez declarada. — Delirio de tocar.
— Pasión por la seda.— Impulsos cleptomaníacos con participación genésica. —Esbozo
de masoquismo. — Amoralidad, delincuencia banal. — Toxicomanía.
————
42 Primera publicación: Gaëtan GATIAN DE CLÉRAMBAULT, «Passion érotique des étoffes chez
la femme (suite)», Archives d’Anthropologie Criminelle , agosto de 1910, p. 583.
TEXTOS Y CONTEXTOS
174 FRENIA, Vol. VI-2006
María D..., viuda de A..., ama de casa, cuarenta y nueve años (Enfermería Especial,
enero 1905).
Padre alcohólico, se suicidó a los sesenta años. La madre también se suicidó.
Un hermano, muy exaltado, está internado.
Nacida y criada en provincias43. Desde la edad de siete u ocho años se entregaba
a la masturbación, tanto solitaria como recíproca. «Jugaba al papá y la mamá con
otra niña, encima de las sillas». Primeras reglas a los doce años. Casada a los veintiséis.
Su pasión por la seda se manifestó muy pronto. «Me casé para tener un buen
vestido de seda negra, [tan gruesa] que se mantuviese él solo de pie. Después de casarme
aún jugaba a vestir a las muñecas; aún me gusta hacerlo. La seda tiene un
frufrú, un cricrí que me hace disfrutar». Con oír pronunciar la palabra seda, o también
con representarse la seda en su pensamiento, es bastante para provocar en ella
una erección de sus partes sexuales. El orgasmo total se produce ante el contacto y a
fortiori mediante la fricción de la seda contra esa región anatómica.
De su matrimonio nació un hijo que ahora tiene treinta y dos años. Su marido la
pegaba, según dice. A los dieciocho años, aún viviendo en provincias, tiene un
30
amante que bebe y roba; por instigación de éste, dice, cometió un robo de ropa de
cama por el que la condenaron a cuatro meses. Después de eso se juntó con una mujer
también alcohólica y ladrona; las dos se emborrachan y roban; segunda condena.
Pronto añadió el éter al vino y al coñac. La idea de beber éter se le ocurrió cuando
era sirvienta en casa de un farmacéutico, al verle administrárselo a individuos en
estado de embriaguez (?). Asegura que cuando dejaba de beber su conducta era buena
de nuevo, es decir, dejaba de robar.
Se entregaba a diario a la masturbación. Afirma que las relaciones sexuales
normales no le procuraban ningún placer. Sin embargo, ha hecho vida marital con
varios hombres, sin contar, de cuando en cuando, a su marido; esto, tanto en París
como antes de venir. Recuerda haber vivido en París hacia 1888 con un marinero, y
después con otro del que dice: «Me pegaba; todavía le quiero mucho, pero él ya no
me habla. Cuando me pegaba, a veces sentía yo un verdadero placer».
Añade: «No aguanto a los hombres; primero porque todos son iguales, y además,
ahora tengo mucha barriga». En efecto, actualmente es obesa y además sufre una eventración,
secuela de una laparotomía practicada en 1901 por un fibroma uterino durante
una de sus estancias en la prisión de Saint-Lazare. Después de esa operación las relaciones
sexuales le resultaron imposibles, si hay que prestar crédito a sus palabras.
Ha robado en los grandes almacenes muchas veces. Su ficha reseña veintiséis
condenas, de las que destacamos una por injurias, probablemente ocasionadas por
ebriedad alcohólica o etérica; el resto por robo en comercios. Subrayemos tres en
1904, una por robar seda por un valor de ciento sesenta francos, pieza que después
————
43 En province, es decir, fuera de París.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 175
del robo enrolló y ocultó bajo las faldas poniéndola entre sus piernas. Varias veces se
ha negado a responder al comparecer ante el Tribunal.
En 1901 vivía en las afueras de París con un obrero mucho más joven que ella,
trabajando como pescadera, emborrachándose a menudo y teniendo a su cargo a su
hijito, de cuatro años de edad.
A finales de 1904 entró en unos grandes almacenes empujada, dice, por una auténtica
impulsión. «Acababa de beber éter cuando crucé la puerta; además, desde
ocho días antes no hacía más que beber y no comía lo que se dice nada. En la sección
Sedería me fascinó un vestido de seda azul claro; se sostenía de pie. La seda que
no se queda tiesa no me dice nada. Tenía puntillas por el derecho. Cogí ese vestido
de niño, lo deslicé bajo mis faldas dentro de un gran bolsillo y, sujetándolo por un
extremo, me masturbé en medio del establecimiento, cerca del ascensor, y después
en el ascensor, donde tuve el máximo placer. En esos momentos se me hincha la
cabeza, la cara se me pone roja, me laten las sienes, sólo puedo gozar de esta manera.
Después, lo mismo conservo el objeto o lo mismo lo abandono. Cuando me sorprendieron,
ya lo he confesado, solté una patada [a alguien] allí dentro». Añade: «La
masturbación por sí sola no me da mucho placer, pero la completo pensando en el
tornasol y en el ruido de la seda. A veces, al masturbarme con seda he tenido incluso
pensamientos con los hombres, pese a que los hombres no me hacen sentir nada».
Esta enferma se muestra hipomoral en el terreno afectivo: pensar en su hijo y en su
nieto no suscita en ella ninguna reflexión que pruebe la existencia de un vínculo normal.
En el terreno ético es completamente amoral, no manifiesta ningún arrepentimiento por
los robos, impulsivos o de los otros. «Todo lo que tienen que hacer es no exhibir sus
sedas al alcance de cualquiera, así no robaría nada». Su memoria es buena. Habla de sus
taras con precisión, casi con una seguridad enfermiza que, posteriormente resultó tan
llamativa para los médicos del asilo como lo fue para nosotros. Sus grandes crisis de
histeria y su aptitud para ser hipnotizada han sido médicamente constatadas.
Nuestro llorado maestro, el Dr. P. Garnier, la ingresó el 30 de enero de 1905
mediante un certificado del que extraeremos algunas líneas: «Degeneración mental.
Alteración profunda de las facultades morales y perversión sexual impulsiva (fetichismo
de la seda). Aparición de esta obsesión en la adolescencia... Excesos etílicos y
eteromanía. Accidentes [accesos] histéricos».
En Sainte-Anne, el Dr. Magnan añade a las características reseñadas la mención
31
«dipsomanía».
El Dr. Colin (Villejuif), puso a la enferma en libertad al cabo de tres meses y
medio de internamiento.
Debemos añadir que esta enferma había sido explorada, a comienzos de enero
de 1905, por nuestro maestro el Prof. Raymond, a título de perito del Tribunal. Puso
de manifiesto sus numerosas taras y también diagnosticó fetichismo.
TEXTOS Y CONTEXTOS
176 FRENIA, Vol. VI-2006
El fetichismo, en ésta como en las otras enfermas, se ha desarrollado sobre un
fondo de frigidez sexual. Por un contraste que merecería ser analizado, en esta frígida
el instinto sexual se desarrolló precozmente y la masturbación se convirtió en un
hábito: precocidad, frigidez y masturbación son una tríada paradójica que presentan
al menos dos de nuestras otras enfermas y que pueden encontrarse también, con bastante
frecuencia, al margen de todo fetichismo. El fetichismo, por su parte, había
aparecido muy temprano: la enferma, casi siendo una niña aún, ya tenía conciencia
de su atracción por la seda.
Principalmente por indiferencia, la enferma ha abandonado toda relación sexual
con el varón, pero continúa siendo una gran masturbadora. En el onanismo, la imagen
de la seda aparece en su mente, y no la imagen del hombre; sólo la seda es una
ayuda para el placer, incluso es su condición; supera y sustituye al hombre: en ese aspecto,
es aproximadamente un fetiche. Una excepción mucho más aparente que real a
este dominancia de la seda es la siguiente. Cuando la seda, presente y real, procura el
orgasmo, entonces puede desaparecer del pensamiento (al menos, del pensamiento
visual) y aparece la imagen de un varón. Evidentemente, ésta es sólo supererogatoria44;
viene a complicar mediante la fantasía un estado anímico previamente completo. Mucho
más frecuente, mucho más intensa y también mucho más eficaz es, ya lo habíamos
señalado, la evocación del sexo opuesto en el fetichismo masculino.
No sabríamos decir si en esta enferma la emoción del robo es una condición necesaria,
incluso ni si es coadyuvante, del placer (la paciente ha cometido con frecuencia
robos banales). Tras sus robos impulsivos, en su apresuramiento por gozar se
retira a poca distancia, en un escondrijo muy precario; una vez alcanzado el placer se
deshace del objeto con muy pocas precauciones, imprudencia que es sin duda el efecto
de la relajación de todo su organismo (deshacerse acto seguido del objeto es una
cosa en sí absurda).
Tras ser usado, el fetiche pierde todo interés; lo abandona sin lamentarlo, o si lo
conserva no es porque entonces tenga un valor especial. Durante el acto, no lo ha
manoseado con furia posesiva, ni —ya lo dijimos— lo ha enriquecido con visiones
intensas, al contrario de lo que ocurre con los objetos que usan los varones fetichistas.
Estos tres datos se convierten en uno: para la mujer, el fetiche sólo es un trozo de
materia, no es una personalidad.
Habrá llamado la atención que, al menos dos veces, nuestra enferma no haya
robado retales sino vestidos completamente confeccionados. No es porque la hechura
confiriese al tejido personalidad alguna ni la facultad de evocarla (por otra parte,
los vestidos no podían sugerir más que formas de mujer o de niño); no, pero la seda
ensamblada en un vestido posee en mayor grado la cualidad principal que busca esta
mujer en los retales: la mayor firmeza posible. «Me gusta la seda que se sostiene en
————
44 Es decir, añadida a algo previamente imprescindible u obligado.
TEXTOS Y CONTEXTOS
FRENIA, Vol. VI-2006 177
pie por sí sola». Incluso su preferencia por la seda negra parece deberse a que da una
mayor impresión de solidez.
Haremos dos observaciones respecto a todo esto:
Primero, la mujer homosexual no tiene forzosamente fetichismo homosexual;
quizá incluso no lo tenga nunca; al menos una de nuestras mujeres fetichistas era
homosexual y, sin embargo, al masturbarse con la seda no tenía evocación de formas
femeninas, el goce le traía hombres a la mente, si es que imaginaba algo en esos
momentos; el hecho es tanto más notable por tratarse de un placer clitoridiano, es
decir, el más neutro posible. Eso es un hecho. La explicación quizá consista en un
carácter menos imaginativo, menos apasionado, del amor de tipo femenino. El safismo,
cuyo ardor es igual al de la hosmoexualidad masculina, comporta menos fantasías
32
ideales que ésta última.
En segundo lugar, la firmeza de la seda, característica no tan buscada o no tan
precisada hasta este caso como las cualidades del frescor y la finura. En esta enferma
la seda no sólo debe rozar con delicadeza la epidermis; es además necesario que tenga
cuerpo. Este dato, aunque inesperado, no es en suma muy sorprendente. Ya dijimos
que el varón fetichista buscaba en los materiales de confección principalmente
una blanda suavidad, que sobre todo le proporcionan el terciopelo, el peluche y las
pieles. Por el contrario, nuestros ejemplos de mujeres fetichistas siempre han buscado
casi exclusivamente la seda; todas ellas decían amar su «grito» y su fragilidad45; en
ese «grito» y esa fragilidad, ¿podría ser que percibiesen no sólo una sensación delicada
sino uno de los signos de la firmeza, elemento hasta ahora mal identificado por
nosotros? Así, mientras el hombre demanda al tejido, en la blandura46, un conjunto
de características muy femeninas, la mujer pediría, además de la suavidad superficial,
una especie de energía interna evocadora del músculo o de cualquier otra tensión,
como se quiera.
La pasión erótica por la seda se asocia en nuestra cuarta enferma a otras anomalías
sexuales: frigidez, precocidad y masoquismo.
Se encuentra también asociada a histeria, como en cada uno de nuestros otros
tres casos. Una coincidencia tan constante es digna de atención. La histeria predispone
muy particularmente a fenómenos sinestésicos.
Encontramos amoralidad al menos en dos de nuestras otras pacientes (delincuencia
banal).
La toxicomanía, búsqueda de un placer, como la haptofilia, y señal de una imperfección
de la voluntad, como el robo impulsivo, ya había aparecido asociada a la
haptofilia en uno de nuestros casos anteriores.
————
45 En el original, cassant, que curiosamente vale por ‘fragilidad’ y ‘delicadeza’, pero también en sentido
figurado como ‘duro’ (tono), ‘inflexible’, ‘autoritario’, ‘insolente’.
46 No es menos curioso que mollesse sea tanto ‘blandura’ y ‘suavidad’ como ‘molicie’.
TEXTOS Y CONTEXTOS
178 FRENIA, Vol. VI-2006
Que los períodos de toxicomanía, en nuestra enferma, hayan coincidido con períodos
de robos, y que la subebriedad etérica haya favorecido la impulsión cleptomaníaca,
son aquí fenómenos banales.
Los datos fundamentales de nuestro caso son: despertar precoz del instinto
sexual, frigidez, masturbación, inicio del fetichismo en la primera juventud; falta de
apego a los fetiches y de trabajo imaginativo respecto a ellos. Un aspecto curioso es
la búsqueda de la firmeza, y uno de orden secundario, el masoquismo.
Este cuarto historial clínico justifica las conclusiones de nuestro trabajo de 1908,
que transcribimos textualmente47:
«Nuestros casos se caracterizan por la búsqueda del contacto con determinados
tejidos, el orgasmo venéreo ante el contacto cutáneo por sí solo, la preferencia de
esta clase de afrodisíaco a cualquier otro pero sin exclusivismo absoluto; la indiferencia
a la forma, al pasado y al poder evocador del fragmento de tela empleado; el escaso
papel de la imaginación, la falta de apego al objeto después de usarlo, la
habitual falta de evocación del sexo opuesto, la preferencia por la seda, la asociación
con la cleptomanía, y, finalmente, en lo que hemos podido conocer, el que sólo se
encuentra este cuadro clínico completo en mujeres (y en el grupo de las histéricas)».
————
47 Introduce variaciones mínimas en la redacción, pero no afectan al contenido .
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