PSICOSIS

                     NOTAS SOBRE EL CONCEPTO DE "EMPUJE-A-LA-MUJER" EN LA PSICOSIS

Mónica María Palacio Colorado.
Presentado en ESCENAS – AFCL – Pereira, el 22 de octubre de 2014.
                         
                        El asunto de la sexualidad está en el origen del psicoanálisis y Freud se ocupó desde el inicio de los asuntos referidos a ésta, son muy tempranos en su obra los temas relacionados   a la histeria y su bisexualidad, a las fantasías de seducción, a la sexualidad infantil, y hasta el final trató de cernir algo de la sexualidad femenina;   muy pronto también  se interesó en la causalidad sexual de la psicosis y es así como en 1911 expone, a propósito del presidente Schreber, su teoría de la homosexualidad como causa de la paranoia[1].
                         
                        Ubicación del caso:
                         
                        Situemos brevemente el caso.  Schreber viene de ser nombrado presidente del “Tribunal Superior” de Dresde a los 51 años y teme no encontrar en sí mismo los méritos suficientes con relación a sus colegas, algunos de los cuales son mucho mayores que él y por tanto con más experiencia en este tribunal.    Pronto se siente cansado debido a un exceso de esfuerzo mental y durante una noche agitada  “llegando ya la mañana – todavía no me había levantado (no sé si estaba medio dormido o ya despierto) – tuve una sensación que, cuando volví a pensar en ella totalmente despierto, me perturbó de la manera más extraña.  Era la idea de que, a pesar de todo, sería algo muy bello el hecho de ser una mujer en el momento en que es penetrada por el hombre.   Era  una idea tan extraña a toda mi naturaleza que, si se me hubiera ocurrido estando plenamente consciente, la habría rechazado con indignación.”[2] Seguido a esto comienzan algunas alucinaciones discretas: ruidos, crujidos, que él interpretará más tarde  como “el efecto de los milagros divinos”

                         
                        Schreber va entonces a consultar al doctor Flechsig quien lo hospitaliza al día siguiente a causa de una tentativa de suicidio seguida de numerosos síntomas de agitación.  La “enfermedad” evoluciona rápidamente y él es la víctima de una persecución de la parte del doctor Flechsig; Schreber es la víctima de una conexión de nervios, que él llama “los nervios de la voluptuosidad” y evoca ser victima de un complot: “Así se preparó el complot dirigido contra mí (...), cuyo objetivo era, una vez reconocido o admitido el carácter de mi enfermedad nerviosa, entregarme a un hombre de tal manera que mi alma le sea abandonada mientras que mi cuerpo cambiado en cuerpo de mujer (...), habría sido entregado a ese hombre para que abusara sexualmente y luego simplemente lo “dejara tirado”, es decir, sin duda abandonado a la putrefacción[3]
                         
                        Tenemos aquí la descripción del inicio de  un delirio de persecución que gira alrededor de una transformación en mujer y esto acompañado de un sentimiento de muerte para el sujeto, evocado en la frase “abandonado a la putrefacción” que  evoca la descomposición posible del cuerpo,  su desintegración,  es decir, todos los fenómenos de angustia y pérdida en la psicosis que Lacan define como “[...] un desorden provocado en la juntura más íntima del sentimiento de la vida en el sujeto [...][4]
                         
                        Freud, retoma la fantasía del presidente Schreber: “debe ser hermoso ser una mujer sometida al acoplamiento”, e interpreta esta actitud “femenina”, como un fenómeno transferencial en relación al Dr. Fleshing objeto sobre el cual se dirigía la libido, pero además hace notar la frecuencia de las fantasías de feminización en la paranoia lo que le permite sostener la tesis de la existencia de una “represión” de la pulsión homosexual en el origen de la misma.   
                         
                        Este aspecto homosexual de la libido como causa de  la psicosis, será abordado por Lacan, en 1955, y substituido por una causalidad articulada al significante: la causa de la psicosis será lo que conocemos como La forclusión del  significante del Nombre del Padre.       “... definir este proceso (la psicosis) por los determinantes más radicales de la relación del hombre con el significante[5]  fue la posición de Lacan desde el inicio de su enseñanza.  Él atribuye entonces al defecto del significante del Nombre del Padre, en lo Simbólico, y a la elisión de la significación fálica, en lo Imaginario, los puntos suficientes para dar a la psicosis la estructura que la diferencia de la neurosis.
                         
                        Lacan acentúa de esta manera, en el Esquema I [6], la función del padre, de un lado del esquema con Po  (P. cero)  y la  naturaleza  femenina  del  otro  lado  con fo  (Fi cero), así, allí donde Freud habla del padre del paciente en la transferencia y de las actitudes femeninas frente a éste, Lacan habla del encuentro de Un- padre y dice que “la homosexualidad supuesta determinante de la psicosis paranoica, es propiamente un síntoma articulado en su proceso.”[7]  Lacan esclarecerá este asunto de la “homosexualidad”  en 1972 en el “Atolondradicho” [8] con el concepto de “Empuje-a-la-Mujer” para definir el efecto de feminización del presidente Schreber y en generl el efecto de feminización en la psicosis.
                         
                        Sexuación y psicosis:
                         
                        Voy a precisar un poco el asunto de la sexuación para poder entender lo que plantea Lacan sobre el Empujea la mujer. 
                        En la practica analitica, se verifica en cada caso la dificultad del sujeto, neurótico o psicótico, para asumir su sexo, y muchos sujetos pueden preguntarse cuál es el suyo. A esta pregunta responde Lacan con su concepto de sexuación, que se define como “una opción de identificación sexuada”[9].  Opcion quiere decir que hay una elección del sujeto, “identificación” implica que hay una intervención del lenguaje y del significante, “identificación sexuada” muestra que se trata de un efecto del significante sobre el cuerpo sexuado del sujeto. La sexuación tendría tres tiempos: Primero el de la diferencia natural de los sexos, éste se ubica en el momento del nacimiento, anticipado incluso por la tecnica, es el sexo real anatómico, que toma su valor del  segundo momento que es el del discurso sexual; en este tiempo la naturaleza es interpretada, pues ninguna diferencia en tanto opuesto, hombre - mujer en este caso es pensable sin el significante.
                        La importancia de este discurso pasa a veces desapercibida porque parace que no hace más que reflejar la naturaleza, pero en  la clinica es donde se ve, que en la palabra o en el discurso que antecede el sexo biologico del sujeto hay un deseo que lo define como niño o niña, que lo desea de esa manera o bien que lo rechaza, que siendo niña o niño lo forma de una forma ideterminada, etc., las modalidades son multiples.  El tercer momento es propiamente la sexuación, en la que el sujeto elije una posición sexuada frente al goce. La posición será la de hombre o mujer, frente al goce falico, esta posición sexuada no se refiere por tanto a la elección de objeto, se refiere a la relación del sujeto hombre o mujer con respecto al falo.
                         
                        En la neurosis, el falo está en el centro de la sexuación, él no se reduce  a una identificción, hay que concebirlo más bien como una función. En la psicosis, la forclusión del NP es correlativa de la forclusión de la significación falica. Entonces debido a la ausencia de toda coordenada fálica, las identificaciones ocupan un lugar muy importante. Cuando se desencadena la psicosis estas identificaciones suelen fracasar, de allí la fragilidad y la inestabilidad de una sexuación construida unicamente sobre esta base y sin contar con un significante primordial.   
                         
                        Bien, retomemos a Scheber y la psicosis. Desde el momento en que  reconocemos en la castración aquello que regula el deseo sexual y que podemos identificar en la psicosis la forclusión de la castración, que marca  el defecto radical de la función fálica (fo), la pregunta sobre lo que ocurre  con sexuación en la psicosis se nos impone.
                         
                        ¿Qué acceso al propio sexo o al otro sexo deja la forclusión del Nombre del Padre al sujeto psicótico? Lacan situó el efecto capital de la forclusión del Nombre del Padre en la sexuación del sujeto, y en algunos casos este efecto toma la forma de una significación femenina del goce el cual Lacan nombra “Empuje-a-la-mujer”. Esta expresión, sin embargo, no está destinada a decir de otra manera la hipótesis freudiana sobre la homosexualidad paranoica, al contrario, ella está destinada a corregir la ambigüedad de esta última.
                         
                        La tesis freudiana tiene el mérito de insistir sobre la función del padre en la psicosis. Sin embargo, ésta no aísla claramente, en el problema de la relación con la sexualidad, el registro de la identificación sexual y el de la elección de objeto, pues aunque estos dos registros están ligados,  no se confunden y esto se demuestra en los casos de homosexualidad masculina en los cuales el sujeto, aunque inscrito del lado del hombre [10] no escoge el objeto femenino.  La noción de Empuje-a-la-Mujer, al contrario se sitúa claramente al nivel de la sexuación del sujeto. Esto implica, una forma de goce particular que deja en suspenso la elección de objeto.
                         
                        Lacan  aporta entonces las bases de una clínica diferencial, con los elementos de orientación teóricos y clínicos que permiten  distinguir radicalmente, y evitando precisamente de confundirlas con la homosexualidad, ciertas manifestaciones de feminización que se encuentran en la psicosis.
                         
                        ¿Por qué el sujeto psicótico se encuentra de manera frecuente “empujado” a encarnar La Mujer? No hay, afirma Freud, una representación psíquica de la oposición masculino – femenino, en la clínica constatamos una inadecuación del sujeto al sexo, haciéndose necesario entonces el artificio del significante para que ese encuentro sea posible.
                        

Para articular el sexo a lo simbólico de la diferencia sexual y a lo real del encuentro sexual, el Inconsciente dispone  de un solo y único significante, el del Falo, propio a representar la falta que regula la sexualidad.  Esta propiedad del Inconsciente freudiano es correlativa de la vacuidad en cuanto a la representación de lo femenino, lo que Lacan expresa con el aforismo: “La Mujer no existe”. Forclusión del significante de la mujer confirmado en la clínica de la psicosis, en la cual aquello que es forcluído en lo simbólico retorna en lo real.  La forclusión del Nombre del Padre, tiene por efecto  hacer existir La Mujer, es decir, procura la  encarnación de un goce infinito.

                         
                        El Empuje-a-la-Mujer es considerado como uno de los signos mayores de la forclusión del Nombre del Padre. Sabemos que este empuje es manifiesto en todo el delirio de Schreber  y se confirma por decirlo así desde el momento en que él acepta ser la puta de Dios.  En el trabajo que Lacan consagra a Schreber encontramos la indicación de que un efecto de significación, no coordenado al falo, pero atribuido a la sexuación, puede tener efecto de “solución” para el delirante.
                        El testimonio de Schreber indica que el fenómeno de Empuje-a-la-Mujer sobreviene cuando se produce un llamado a un goce sin límites  revelador de un defecto de la función fálica.  Este goce evoca el goce que las mujeres experimentan pero del que ellas no pueden decir nada.  Parece posible hacer una aproximación entre goce psicótico y goce femenino, pero es necesario, sin embargo, precisar en qué difieren pues si tanto el uno como el otro escapan al primado fálico, hay que señalar que el goce para la mujer es “no-todo” mientras que él es sin límite para el psicótico.
                         
                        La categoría lógica del “no-todo” en el goce fálico, con el cual Lacan especifica la posición femenina, implica que el goce suplementario de una mujer no cesa de estar bordeado por el goce fálico y  es precisamente este límite del goce fálico el que se encuentra ausente en la psicosis. Un poco más adelante trataremos sobre la feminización del presidente Schreber, pero aquí podemos adelantar algo de lo que construye Lacan al rededor de dicha feminización, que él  calificará de “solución forzada”.  Lacan inscribe la feminización de Schreber del lado de la mujer en las formulas de la sexuación en las que se sitúan los seres hablantes: “el efecto del Empuje-a-la- Mujer se especifica del primer cuadrante[11]
                        

Ese cuadrante se escribe   $X.fX  y "X fX ($x.fx  y  "x con una barra en la parte superior, la barra de la negación), se lee que No existe un solo sujeto (una sola mujer) que se ubique en este cuadrante que no esté referido  a la funación falica, otra manera de decirlo es no existe ni una mujer que no tome como referente la función falica. Pero la otra prte de la formula indica que no todo de la mujer pasa por la fución falo, hay un plus, hay algo más en relación al goce para quien se ubique en este cuadrante.  Esta formula niega entoces  que haya Uno que haga excepción a la función fálica, a la castración. La función paterna presentifica - del lado del  hombre – esta excepción $X. fX  y  "X. fX (el primer fx con una barra en la parte superior.) Esta formula confirma así la regla universal -de la castración- y otorga un límite al goce, que deviene  un goce regulado, el goce fálico.

                        Las mujeres están ligadas a este goce fálico, pero ellas tienen “a demás” relación a un goce suplementario. El sujeto psicótico, por su parte, negando la función paterna (o rechazando la impostura paterna) forcluye esta plaza de la excepción, y se encuentra entonces no sometido al régimen de la castración y del goce fálico. Él está entonces situado, con esta parte no falicizada de su goce en una posición quasi-femenina, podríamos decir incluso, toda femenina para distinguirla del “no-todo” del goce femenino.
                        ¿Pero, la ausencia del Falo y  la forclusión del Nombre del Padre, rasgo común a todos los casos de psicosis, significan que estamos frente a un asunto suficientemente definido?  De la misma manera que no hay un “todo” de la mujer, no hay tampoco un “todo” de la psicosis. Los sujetos psicóticos, en efecto, testimonian de modos variados de  goce, ya sea por medio de prácticas o gracias a significaciones delirantes variadas.  Parece entonces que aunque la cuestión de la sexuación, sin la función fálica es un problema difícil de resolver, no es siempre el Empuje-a-la-Mujer el que da la solución.
                         
                              La feminización del presidente Schreber.
                         
                        Lacan, a partir del caso del presidente Schreber, hace valer la homosexualidad como un síntoma articulado al proceso mismo de la psicosis.  Recordemos a este propósito los dos elementos capitales del delirio de Schreber:
                        1- La transformación en mujer (emasculación, dice Freud) y  2- La posición de ser el preferido de Dios que se traduce en dos formulaciones: “Debe ser  hermoso ser una mujer sometida al acoplamiento”   y   “ser la mujer de Dios”   (de lo cual deduce el engendramiento de una nueva humanidad).
                         
                        Siguiendo la idea  de Lacan de que en el Empuje-a-la-Mujer se precipita un  efecto resentido como de   “forzamiento”[12]  podemos comenzar a situar este sentimiento    (de ser forzado a devenir una mujer) en el caso de Schreber, en su tentativa de explicar, y luego de aceptar, el exceso de goce forcluído de lo simbólico, y que retorna luego sobre su cuerpo de manera persecutoria.
                        “Miss Schreber” ironizan las alucinaciones verbales hacia el presidente. Es característico que los fenómenos alucinatorios se burlen del sujeto, apuntando a su ser de goce desprovisto de anclaje fálico; en estas circunstancias las injurias sexuales no son raras: “puta, marica, etc.” Ellas traen un imaginario de homosexualidad y feminización.  En primer lugar el sujeto se sorprende e incluso se escandaliza, Schreber resiente el fenómeno como  un “forzamiento” y rechaza las acusaciones de las alucinaciones.  Su posición es completamente distinta cuando él se acomoda en su feminización. En el primer caso, el rechazo hace alusión a una pérdida de ser del sujeto, en el segundo, la nueva posición permite articular el goce forcluído a un significante que, sin ser el significante fálico, posee la misma función de éste, es decir la regulación del goce.
                         
                        Estos fenómenos son descritos de manera exacta por Schreber en sus memorias: “ La voluptuosidad del alma devino tan fuerte que yo concebí, en los brazos, luego en las piernas, en los senos, en las caderas y en todas las partes del cuerpo, la impresión de tener un cuerpo de mujer”[13]  Se le impone entonces una solución lógica, “forzada”,  “yo estaría curioso de que se me muestre alguien quien enfrente de la alternativa de devenir loco, pero conservando su hábito masculino, o de devenir una mujer, pero sano de espíritu, no optaría por la segunda solución”  Devenir mujer y aún más consagrarse a la feminidad es entonces la construcción a la cual él esta empujado en un compromiso razonable (según su propia expresión) para darle sentido a este goce intrusivo y restaurar en él el abismo abierto en el imaginario.
                         
                        En 1955-56, Lacan deduce que en la psicosis “en el punto en donde, (en oposición simbólica al sujeto),  es llamado el Nombre del Padre, puede [...] responder en el Otro un puro y simple agujero[14] , agujero en el campo significante que Lacan escribe Po en el esquema I en el que se revela la forclusión y, “el cual por la carencia del efecto metafórico provocará un agujero correspondiente en el lugar de la significación fálica.”[15] Marca entonces del  defecto radical de la función fálica, y esto en el lugar del Otro materno.
                         
                        ¿Desde el punto de vista de la estructura qué pude dar cuenta de estos fenómenos que agobian y martirizan al presidente Schreber?  Los elementos para comprender esto nos son dados en “la cuestión preliminar”  de la que ya hemos tomado algunos elementos; Lacan señala que “la identificación, cualquiera que sea, por la cual  el sujeto ha asumido el deseo de la madre desencadena, si se tambalea, la disolución de tripié imaginario (notablemente es en el departamento de su madre en el que se ha refugiado donde el sujeto tiene su primer acceso de confusión ansiosa con rapto suicida.)[16]  Señalemos que Schreber  se encuentra, entonces,  situado en una estructura inestable, no cuaternaria, pero que hasta entonces había podido sostenerse sobre tres pies, había un elemento faltante. Es así como podemos entender ese “agujero” en el lugar de la significación fálica.

                        Si el Falo, como significante que “da la razón del deseo del Otro”  - la madre - está ausente, podemos deducir que esta identificación, sea cual sea,  se encuentra entonces regulada solamente sobre el lado Imaginario del esquema I, es decir sobre la imagen materna del espejo. Lacan supone en efecto que “la adivinación del inconsciente ha advertido muy pronto al sujeto de que, a falta de poder ser el falo que falta a la madre, le queda la solución de ser la mujer que falta a los hombres.[17]   Es incluso  esta  identificación  - imaginaria – la que da, según Lacan,  el sentido del fantasma del período de incubación del delirio: “lo hermoso que debe ser, ser una mujer sometida el acoplamiento.”
                        A partir de un tal  “tambaleo”, o quebrantamiento del tripié imaginario, Lacan estableció la condición del desencadenamiento de la psicosis: “[...] es necesario que el Nombre-del-Padre, precluído, es decir sin haber llegado nunca al lugar del Otro, sea llamado allí en oposición simbólica al sujeto.” “[...] Nombre-del-Padre llamado por el sujeto al único lugar de donde ha podido advenirle y donde nunca ha estado[18].  Haciendo así un retorno en lo Real, surge Un-padre, que se encuentra entonces en posición tercera en la pareja imaginaria en la cual el sujeto se ha situado siempre, (tal que la pareja formada por Schreber y su madre)  y que descubre al mismo tiempo “un abismo” en el Imaginario (fo), de donde todos los fenómenos de angustia, “de desastre creciente de lo imaginario”[19]  que solo logran estabilizarse en la metáfora delirante.
                        Hagamos un pequeño paréntesis para notar que Lacan propone dos versiones de este segundo abismo (fo).   (El primero siendo el agujero en lo Simbólico Po): este es provocado sea por el llamado, en vano, en lo Simbólico a la metáfora paterna. Lo que hace correlativos entonces Po y fo en el esquema I.  La segunda versión es que este abismo es producido, en segundo grado, por la elisión del falo, así, tendríamos que evocar la carencia “de la simbolización primordial (del deseo) de la madre” que dejaría al sujeto “en el abismo mortífero del estadio del espejo”
                        En lo que sigue de la enseñanza de Lacan, y sobre todo en la lectura que se hace de ella, hay diferentes puntos de vista en lo concerniente a esta correlación o no de Po y de  fo, sin embargo para Lacan el desencadenamiento de la psicosis, aún en 1972, está en relación con el efecto de la “irrupción de Un-padre como sin razón”[20] de donde se precipita entonces este efecto de feminización, resentido como un forzamiento.
                         
                        Del cuerpo fragmentado a la localización del goce.
                         
                        El cuerpo que nos describe Schreber en las memorias de un neurópata da cuenta de todo ese desastre imaginario por el cual Lacan define la psicosis como el desorden en la juntura del sentimiento de la vida, sin embargo en esta descripción hay varias fases de lo que es el cuerpo de Schreber.
                        En un primer momento su cuerpo es un cuerpo abierto a todo, es una especie de “depósito” en el que “los nervios” entran y salen a voluntad, es un cuerpo violentado por todas partes por los nervios de Dios. Esto da cuenta de un goce deslocalizado en relación con las zonas erógenas; todo el goce está concentrado sobre el cuerpo de manera desordenada e intrusiva, pues es un goce que el sujeto interpreta en el lugar del Otro y que lo hace, no solamente víctima del Otro, sino aún más objeto de goce del Otro, un goce que deviene mortífero.
                        Con la construcción del delirio “ser la mujer de Dios” Schreber logra una estabilización que podríamos reducir a dos elementos esenciales: la restitución de la imagen y la  localización  del goce. La restitución de la imagen se logra con “la imagen de una mujer” en el espejo:   “por medio de un “dibujar” (un representar visual) es capaz de procurarse a sí mismo y a los rayos la impresión de que su cuerpo está dotado de pechos y partes genitales femeninas: “ Dibujar un trasero femenino en mi cuerpo [...]  se me ha hecho un hábito, a punto tal que casi siempre lo hago involuntariamente al agacharme”  Él afirma “atrevidamente que quien lo viera ante el espejo con la parte superior de su tronco desnuda – sobre todo si la ilusión es apoyada por algún adorno femenino - recibiría la impresión indubitable de estar frente a un torso de mujer””[21]
                         
                        La localización del goce está referida a los nervios de la voluptuosidad: “ los nervios por él absorbidos han cobrado en su cuerpo el carácter de unos nervios de la voluptuosidad femenina, y con un sello femenino mayor o menor, en particular sobre su piel, a la que prestan la peculiar blandura de ese sexo.  Si ejerce leve presión con la mano sobre un lugar cualquiera del cuerpo, siente estos nervios bajo la superficie de la piel como unas formaciones a modo de hilos o cordones;  ellos están presentes sobre todo en el torso, donde la mujer tiene los pechos.  “Mediante una presión que se ejerza sobre estas formaciones yo puedo, sobre todo si pienso en algo femenino, procurarme una sensación de voluptuosidad correspondiente a la femenina” ”[22]
                         
                        Por medio de este escenario delirante, calificado por Lacan como “práctica transexualita” [23]que le permitía mantener la voluptuosidad a la demanda del Otro, Schreber puede hacer entrar el goce en un marco, el del espejo en primer lugar, que será luego renovado y que deviene viviente gracias a la presencia de un signo obtenido del Otro, un “tu eres mi mujer”, que de alguna manera venía de Dios.
                        Él es entonces esa “mujer divina” encarnando la excepción del goce sin límites, pero permitido, pues él ha encontrado un nombre. En efecto, Schreber sabe algo del goce femenino, él tiene la intuición de lo que puede ser este goce y lo justifica con los nervios de la voluptuosidad que solo se encuentran repartidos en el cuerpo entero en el caso de la mujer, mientras que en el hombre estos nervios están reducidos a las partes sexuales.  La imagen de la mujer y, a través de ella, el goce femenino le permiten aceptar el hecho de “ser (La) mujer” de Dios y testimonia en ese momento preciso de que el sentimiento de la vida ha sido restaurado en él.
                        ¿Pero entonces, cuál es la función del delirio de Schreber?  Es posible que este delirio cumpliera varias funciones, sin embargo en lo que hemos podido anotar podríamos señalar dos funciones primordiales: 1- Anudar a lo simbolico el registro imaginario suelto y desordenado bajo la forma de una imagen de mujer y 2- apaciguar el goce, limitarlo, localizarlo bajo la forma del goce femenino.
                        Si el delirio es una construcción de “solución”, el Empuje-a-la-Mujer (su conceptualización) marca una solución de excepción. En el caso de Schreber, Lacan lo dice, la excepción está en el hecho de que “a falta de ser el falo que falta a la madre, él  es La mujer que falta a los hombres”.
                        El Empuje-a-la-Mujer  es correlativo de los efectos de Po: que escribe la ausencia de la función fálica, ya que él no puede ser / tener el falo, el empuje a la mujer da la solución. “No es por estar precluído del pene, sino por deber ser el falo por lo que el paciente estará abocado a convertirse en una mujer.”[24]  Esta frase avanza desde “la cuestión preliminar” el empuje a la mujer no como elección sino como un hecho del inconsciente. Es la palabra “abocado” la que introduce esta deducción de la no-elección, y que Lacan señala más abajo cuando dice: “la adivinación del inconsciente ha advertido muy pronto al sujeto de que, a falta de poder ser el falo que falta a la madre, le queda la solución de ser la mujer que falta a los hombres.”
                        ¿El hecho de que podamos decir que el empuje-a-la-mujer no es una cuestión de elección sino del inconsciente, quiere decir que puede haber una orientación fálica en la psicosis? ¿El Empuje-a-la-Mujer sería una posibilidad de acceso al falo?  Es la pregunta con la que cierro estas notas sobre el empuje a la mujer pues la relectura de este caso actualiza, de cierto modo, una pregunta más general sobre la sexuación en la psicosis y el papel de ésta en el delirio psicótico y su función de suplencia.
                        La estabilización en la psicosis puede lograrse también de otras maneras, pues otras elaboraciones son posibles y no desconocemos que  la emergencia de figuras paternas grandiosas en los delirios paranoicos son antecedentes mayores de la clínica.
                        Si revenimos al caso de Schreber, ya tratado múltiples veces, es que tal como Freud y Lacan reconocemos su lugar de excepción para todos los psicoanalistas,  teniendo en cuenta el hecho de que se ha convertido en el caso princeps de la psicosis paranoica y el paradigma del Empuje-a-la-Mujer estará ligado a él durante todas las generaciones de analistas.
                         
                         





[1] FREUD, Sigmund; Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (dementia paranoides) descrito autobiográficamente. 1911 (1910) En: Obras completas. Tomo XII. Amorrortu Editores. Buenos Aires. 1980
[2] Ibid.  p. 52.   Ver  FREUD, S. Op. cit. p. 14 donde Freud  retoma este mismo párrafo.
[3] Ibíd. p. 72. En la traducción  de Freud de este mismo apartado dice: “(...) lo “dejarían yacer”, vale decir, sin duda, lo abandonarían a la corrupción”. FRUD. Op.cit. p. 19
[4] LACAN, J. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. En: Escritos II.  Siglo   XXI Eds; México, 1985. Op.cit.p.540 
[5] Ibíd. p. 519
[6] Ibíd. p.553
[7] Ibíd. p.526
[8] LACAN, J. L’Etourdit. En : Scilicet N°4 ; Ed du Seul ; Paris, 1973
[9] Ver sobre este tema la excelente elaboración de MOREL, Geneviève,  Ambiguïtés sexuelles. Sexuation et psychose. Ed Anthropos. Paris, 2000. 
[10] Ver formulas de la sexuación en: LACAN, J. Seminario XX “Aun”; 1972-1973. Ed. Paidós. España. 1981. p. 95
[11] LACAN, J. L’ Etourdit. Op.cit. p.22
[12] Ibíd. p. 22
[13] SCHREBER, Daniel Paul ; Memorias de un neurópata : legado de un enfermo de los nervios.  Ed. Argot. España. 1985
[14] LACAN, J. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. Op.cit.p.540 
[15] Ibid. p.540
[16] Ibid. p.547
[17] Ibid. p.547
[18] Ibíd. p.558-559
[19] Ibíd. p.559
[20] LACAN, J. L’ Etourdit Op.cit. p.22
[21] FREUD, S.  Sobre un caso de paranoia descrita autobiográficamente... Op. cit. p.31
[22] Ibíd.  
[23] LACAN, J. De una cuestión preliminar. Op.cit. p. 550
[24] Ibíd. p.547




Bernard NOMINÉ
Significación del falo en el diagnóstico  de la psicosis.


Gijón noviembre 2015


Para contestar a lo que me habéis pedido tratar o sea la cuestión de la significación del falo en el diagnóstico de la psicosis, me apoyare en el texto de un curso que di el año pasado en el marco de una serie de conferencias que doy en la Facultad de Pau en el marco de lo que llaman Universidad del tiempo libre. Ahí vienen todos los que se interesan por conseguir un saber, la mayoría siendo gente jubilada. Es para mí un esfuerzo importante porque tengo que dirigirme a un público amplio que apenas se enteró de la existencia de Freud y Lacan. Entonces suelo adaptar para ese público el tema de las pesquisas que hago en el seminario que dirijo en nuestro foro.

El año pasado trabajamos el tema de la identidad y de las identificaciones y dedique una sesión a la cuestión de la identidad en la psicosis. Eso fue entonces el título del curso que di en la Universidad. Ya verán que remite a la cuestión de la significación del falo tal como Lacan la despliega con su esquema R en la cuestión preliminar.

Está claro que  identificarse le resulta problemático al sujeto psicótico. Luego tiene problemas con sus semejantes.

Sea confunde sus pensamientos con los de los demás, es la cuestión de la proyección paranoica que en realidad es una identificación, el paranoico toma al otro por sí-mismo, prestándole cuantas malas intenciones que en realidad son suyas.

Sea el psicótico no logra identificarse con los demás que para él son como    marcianos o muertos vivos tal como lo observamos en la esquizofrenia. Eso le resulta insoportable. Todos necesitamos identificarnos.

El proceso empieza muy temprano con el estadio del espejo.

La primera idea que tenemos de lo que somos, es la imagen en el espejo que nos la proporciona. Pero el valor de esa imagen depende de la autentificación recibida por el Otro simbólico. Lacan lo representa de modo claro en su esquema L que consta de cuatro vértices. El sujeto como inconsciente, el yo, la imagen en el espejo que se confunde con la del semejante y el Otro simbólico, lugar del reconocimiento  más allá del semejante.  

Ese esquema tiene forma de un recorrido en zigzag, un entrecruzamiento entre dos ejes, el eje imaginario y el eje simbólico.

Ese esquema no funciona bien en la psicosis. Suelo usarlo a menudo en las entrevistas clínicas que tenemos en el colegio clínico del sur-oeste, es una buena herramienta diagnostica. En la neurosis, podemos fácilmente ubicar los partenaires de las situaciones clínicas comunes. Lacan lo hizo varias veces con los casos freudianos, el caso Dora, el hombre de las ratas, la joven homosexual.

Mientras que en la psicosis es difícil colocar a los partenaires en los cuatro vértices ya que todo parece desarrollarse en el eje imaginario. Lo que falta en la psicosis común es la amarradura de la imagen por el Otro simbólico.

Para dar cuenta de modo claro de lo que ocurre en la psicosis, Lacan inventó otro esquema más complejo que vamos a ver ahora. Solemos llamarlo esquema R porque es el esquema que sirve para esbozar la relación del sujeto con la realidad. Y ya verán que este esquema esclarece el proceso de la identificación.



                                            


Ese esquema fue construido a partir del esquema L. Lacan ubica, en el lugar del Otro un triángulo simbólico que consta de los tres vértices que estructuran la relación edípica: padre, Madre y el niño I esperado por los padres.

 El sujeto se construye a partir de esos tres vértices, usando figuras imaginarias que también son tres: la pareja imaginaria del estadio del espejo – el yo y su imagen que se construye en paralelo con la pareja Madre- niño del triángulo simbólico – y un tercer punto que es la imagen fálica donde el sujeto se identifica en correspondencia con el punto P del triángulo simbólico donde se sitúa la función del nombre del Padre.

Lacan subraya que el eje que une i → M es el eje del amor, la relación del sujeto con su objeto, es el registro del tener mientras que el eje que une m → I, es el eje de la identificación en el que el yo apunta a su ideal en el Otro, es el registro del ser.

Hay que notar que en ese esquema, los dos triángulos no se superponen, quedan separados por un espacio vacío que Lacan designa como siendo lo real: R.  Ese espacio de lo real atempera los efectos de lo simbólico sobre lo imaginario es decir los efectos del significante sobre en el cuerpo. Bien se sabe que en el caso de la psicosis los efectos de los significantes del Otro en el cuerpo son exorbitantes.

Piensen por ejemplo en el caso Schreber. En sus memorias él  describe los fenómenos raros que sacuden su cuerpo como si fueran emanaciones del pensamiento divino. Sus nervios estan en relación directa con los nervios de Dios.  Así recibe mensajes de Dios, le resultan  incomprensibles pero surten efectos en su cuerpo mediante esa contigüidad de los nervios.

Que Schreber esté en contacto directo con Dios Padre, es la respuesta delirante que él encontró para interpretar las alucinaciones auditivas que percibe desde un momento determinado de su vida, o sea cuando lo nombraron Presidente de cámara en el Tribunal de apelación de Dresde. En ese momento está agotado, se pone insomne, y se le ocurre que va morir. Hace varios intentos de suicidio y está ingresado.


No aguantó esa nominación, ese cargo altamente simbólico porque no tenía los recursos simbólicos necesarios para sostener el peso de esa identificación. Y el análisis de Freud y el comentario de Lacan nos permiten entender que algo no funcionó para Schreber al nivel del triángulo simbólico que hemos visto en el esquema R.

Tenemos claro que el padre de Schreber era un hombre rígido, medico de formación, especializado en ortopedia y que había inventado un aparato de contención por niños, para que puedan trabajar al pupitre, sentados bien rectos en su silla. Había también arreglado y redactado un compendio de gimnasia de cámara y preconizaba jardinería para todos. Sin embargo no estaba muy presente en casa y no cumplo con su papel entre la madre y sus niños.

Lacan destacó la forclusión del nombre del padre en esa familia. Se apoyaba en un concepto freudiano. Lo que está forcluido es, etimológicamente, algo encerrado fuera. Luego es algo que no cabe en el mundo de las representaciones, o sea algo que no existe para el sujeto.

Eso se nota en el esquema R como ausencia del punto P en el triángulo simbólico. Luego es el punto I que viene en su lugar arrastrado por el vacío. Ese punto I  representa el ideal del yo procediendo únicamente del discurso de la madre. Mientras que en el caso de la neurosis el punto I participa tanto del discurso de la madre como del discurso del padre, es la conjunción de ambos deseos.

Aclarezcamos lo que es la función paterna. Para Freud, es una función de excepción. El padre es quien sirve como modelo para el deseo masculino. Es quien permite la transmisión de ese deseo dado que lo encarna: el padre es quien se acuesta con la madre. Y por eso  la prohíbe para los demás. En esa base se funda la función simbólica que llamamos función fálica. Puesto que el modelo de la función fálica es el padre, y si esa función implica que uno haya renunciado a gozar de la madre, entonces el padre es una figura de excepción, en la medida en que se exceptúa de la ley para todos. 

Ahora bien la forclusión que define la estructura de la psicosis interesa la excepción paterna. La forclusión se define como ausencia de la excepción paterna. Si no hay excepción paterna, luego ya no hay límite para la función fálica y esa resulta inconsistente. Luego todo quiere decir todo, es el principio de la interpretación paranoica que colma la ausencia de sentido con cualquier cosa con tal que ataña al sujeto. Y si por acaso alguien viene a oponerse a ese universo egocéntrico, poniendo límites, será un encuentro insoportable para el sujeto psicótico dado que lo experimentara como el encuentro con un impostor, un sin razón por el hecho de la forclusión que no reconoce la excepción. Es típicamente lo que Lacan define como  encuentro con un padre.

El encuentro con ese tipo de personaje se halla casi siempre al origen del desencadenamiento de la psicosis.

Que busquemos al inicio de la psicosis esa coyuntura dramática. Que se presente para la mujer que acaba de parir en la figura de su esposo, para la penitente, confesando su culpa, en la persona de su confesor, para la joven enamorada en el encuentro con el padre de su novio, siempre la  encontraremos.

En esa lista, curiosamente, Lacan no habla sino de casos de desencadenamiento de psicosis en mujeres. Los hombres no están a salvo de la psicosis, muy al contrario, así que a la lista tendríamos que añadir el caso del joven que tiene que asumir la posición del padre. No por casualidad algunos prefieren huirse de la situación y abandonan a su pareja cuando ella les anuncia que pronto serán padre. Otra situación peligrosa para algunos es el encuentro con el amor homosexual.

La tesis de Freud estriba en ese punto ya que una parte del delirio del Presidente Schreber era centrada por la sensación de ser presa de un deseo homosexual procedente de su  psiquiatra, el Doctor Fleschig. Hasta se imaginó que Fleschig quisiera prostituirle para venderlo a cualquier  hombre. Paulatinamente Schreber experimenta cosas raras en el cuerpo que interpreta como la señal de que Dios va transformarlo en mujer. Va hacerse la mujer de Dios. Eso es lo que Lacan llamó empuje a la mujer que se encuentra con frecuencia en la psicosis masculina.

Freud interpreta el caso Schreber como la emergencia de un deseo homosexual reprimido. Hoy, podemos decir que se equivocó. Quizás porque solo se refirió a un texto, nunca se encontró con aquel Presidente, y luego ha tratado el caso como si fuera el de una neurosis.

En la neurosis uno puede hablar de homosexualidad reprimida, pero en la psicosis no se trata de represión sino de forclusión. Es precisamente dicha forclusión lo que vuelve problemático el encuentro homosexual para el hombre psicótico, dado que en esa posición tendrá que enfrentarse con lo de ser objeto o sea mujer en el deseo de un hombre, mientras que de ello no tiene ni idea ya que en él la función paterna está forcluida.

Por eso tiene toda la razón de temer una inclinación homosexual que le llevaría al empuje a la mujer.

Lacan  les recomendaba a sus alumnos fijarse en los pacientes que temen ser homosexual. Aconsejaba que no los animásemos  en aguantar una supuesta homosexualidad reprimida.


El príncipe.

Se trata de un paciente psicótico hijo de una familia estructurada en el modo de la psicosis. Una madre omnipresente, un padre faltante en su función. El padre murió temprano dejando a su hijo solo con la madre y a menudo abandonado a sí-mismo. Hay un hermano pero mucho mayor que él que no vive en casa. Al salirse de la adolescencia mi paciente se enteró de que el hermano mayor acababa de caer en quiebra y se ponía depresivo. Eso lo afectó mucho, se deprimió  a su vez y quizo analizarse.

Durante esa primera cura el analista le interpreta una homosexualidad reprimida y le anima a que la asuma.

El primer encuentro homosexual desencadena la psicosis. Las marcas imaginarias que le habían sostenido hasta entonces se desmoronan y el delirio se instala.

Es un delirio muy peculiar. Ese joven es originario de una ciudad famosa por uno de sus habitantes, una figura histórica, un príncipe del siglo XIV, un letrado, hombre político, jefe de guerra  y además escritor de sus memorias. La historia de aquel príncipe es peculiar en el sentido que mató a su hijo después de que se enterara  de que su hijo hubiera participado en una conspiración para envenenarlo. Todos sus escritos están centrados en el arrepentimiento.

En su delirio, mi paciente considera que él es el príncipe reencarnado. Luego interpreta  todos los acontecimientos de su vida y los acontecimientos de la vida política actual remitiéndolos a la vida escrita por el Príncipe. Con seudo metáforas y sobre todo con metonimias, él asocia los significantes de su realidad cotidiana  a los de la historia del Príncipe. Puesto que ese paciente no había heredado el triángulo simbólico para ordenar los significantes de su realidad, va a buscar en un libro de historia los significantes de un hombre de excepción para orientarse.

Claro es que aquel Príncipe es un significante amo en la provincia en la que vivimos. Dejo numerosas huellas de su gloria, de sus hazañas, de su fasto pero permanece la sombra del asesinato de su hijo que según dicen hubiera sido un accidente. Sea lo que fuere el príncipe suple la derrota del Otro simbólico en mi paciente.

El delirio se desarrolla con periodos de calma y momentos de incandescencia. Ese paciente logra ubicar su ser en un compromiso político. Se reconoce en los valores de la ultraderecha.  Se ubica en un eje imaginario con el enemigo que es para él el comunismo. Con esas marcas extremas es como se orienta en la vida. Luego todo se enciende cuando se entera de que Gorbatchev deja su cargo de Presidente del soviet supremo. El Presidente ruso encarnaba una figura de excepción para mi paciente, y luego con su renuncia  Gorbatchev dejaba un lugar vacío. El delirio se inflamó: dado que Gorbathev dejaba el poder, a mi paciente le correspondía ir a organizar a Rusia.


Se me ocurrió entregarles algunos elementos de ese caso porque demuestra el papel de la excepción paterna. A falta de esa función el sujeto la va buscar en otro sitio. Así consigue  de vez en cuando un equilibrio precario. Mi paciente había  elegido primero el hermano mayor, pero la quiebra del hermano hizo tambalear el conjunto familiar, y empujo el paciente a la depresión que anunciaba el desencadenamiento de la psicosis que ocurrió  con el encuentro sexual que lo llevó a una suerte de estrago. Se estabilizó con un delirio floreciente gracias a esa identificación delirante con el Príncipe. Pero experimentó una recaída importante con la baja de Gorbatchev, ultima figura de excepción que según él fallaba y dejaba un lugar vacío.

Ese lugar vacío de la excepción que falta es como un abismo que aspira al sujeto psicótico que se siente citado para tapar el agujero. Es el efecto devastador, en él, del Ideal del yo que ya no es el tercer término del triángulo simbólico dado que el padre está forcluido pero que viene en su lugar. No por casualidad en la mayoría de los delirios paranoicos o paranoides, encontramos el tema de la misión. La idea delirante de la misión testimonia de la llamada exorbitante del ideal que ocupa el lugar vacío de la forclusión.


Para dar cuenta de ello Lacan modifica su esquema R, adaptándolo a la situación de la psicosis del presidente Schreber.

La forclusión del nombre del padre, Lacan la escribe con P0, es un agujero que desencadena otro agujero en el triángulo imaginario : Φ0.  Esos dos agujeros tienden a aspirar la zona R que sólo permanece reducida  a una hipérbola.

Aquí la identificación, cualquier que sea, por la cual el sujeto ha asumido el deseo de la madre, o sea la identificación a la falta en ser de la madre, la identificación al falo materno, desencadena, por haber sido quebrantada, la disolución del trípode imaginario … A falta de poder ser el falo que le falta a la madre, le queda el recurso de ser la mujer que falta a los hombres.”

                       


Hay que notar en esa modificación del esquema R, es que el Ideal del yo a tomado el sitio del Otro. La forclusión del nombre del padre enfatiza  la función del ideal del yo que luego lleva acentos superyoicos tremendos. Luego el sujeto tiene tendencia a desaparecer debido a su imposibilidad a ser representado por el hecho del Φ0. Es aquel asesinato del alma del que Schreber habla. Ese sujeto reducido a la imagen del yo ideal se nota en la imagen de su cuerpo feminizado que Schreber ve en su espejo. Aquí está, según dice Lacan, el goce narcisista de su imagen. Lacan se refiere a unas páginas de las Memorias donde Schreber describe los nervios de la voluptuosidad que lo unen con Dios y que lo transforman en una mujer. Eso es lo que Schreber constata en su espejo. Así goza de su ser femenino y comparte el goce del Otro, es decir el goce  que le supone a Dios. En ese momento siente cierto alivio.

Lacan resume ese aspecto de la experiencia de Schreber diciendo “ todo el espesor  de la criatura real se interpone para el sujeto entre el goce narcisista de su imagen y la alienación de la palabra en la que el ideal del yo ha tomado el lugar del Otro.

Pero es de subrayar que esa solución no funcionó durante mucho tiempo ya que tuvo una recaída gravísima en el año 1907 es decir 14 años después del segundo ingreso.

Lo habían ingresado por primera vez en el año 1884 después de un fracaso en una votación política en la que se había presentado. Luego hubo el segundo ingreso en 93 siguiendo su nominación como Presidente de cámara y al final fue ingresado una tercera vez en 1907. 

Respecto a esa tercera crisis, y a las condiciones de  su desencadenamiento, tenemos que prescindir del análisis de Freud y del comentario de Lacan dado que  Freud no se enteró del asunto  y Lacan no se interesó por ese episodio y de todas maneras no hubiera podido consultar el expediente tal como podemos hacerlo hoy gracias a las búsquedas  de un psiquiatra norte americano.

Entre los acontecimientos que hubieran podido desencadenar esa tercera crisis, podemos descartar el fallecimiento de la madre de Schreber que hubo lugar en mayo del 1907 o sea seis meses antes de la recaída.  Si bien es cierto que la madre de Schreber fue importante para él, alojó a su hijo al salir del segundo ingreso y se sabe que ninguno de los hijos pudo alejarse de esa madre, sin embargo el fallecimiento de la madre no puso a Schreber en un duelo irremediable. Posiblemente fue sostenido por su esposa en casa de quien volvió a vivir una vez fallecida la madre.

Ahora se sabe que, en cambio, unos días antes de la recaída, la  propia esposa se enfermó. Tuvo un ataque cerebral que la dejo afásica. Ingresaron a Schreber unos días después con síntomas muy graves, él mismo había dejado de hablar, dejado de comer, de dormir y gritaba sin cesar. Lo poco que hablaba pedía que lo sepultasen porque estaba ya muerto y que su cuerpo estaba pudriéndose.

Así pues esa última fue muy grave, Schreber se hundió en un estado deficitario del que nunca salió.

Recién me entere de un elemento en el que no me había fijado hasta ahora. Encontraron en los archivos de la familia una declaración de Schreber contestando a una petición que le fue dirigida por una asociación de Leipzig: Der Freund der Schreber-Vereine, para aclarecer una pelea entre varias asociaciones que se identificaban con el Doctor Moritz Schreber, respecto a una donación que hizo la madre de Schreber a ciertas asociaciones. Unas se consideraban más legítimas que las demás. Puesto que el padre de Schreber había impulsado  cierto tipo de educación, algunas asociaciones se identificaban con su apellido para comprar huertos en las afueras de la ciudad los Schrebergärten. En el otoño del 1907, a raíz del fallecimiento de la madre, al hijo le piden que se comprometa en esa polémica y que denuncie a los impostores o sea los que consiguen abusivamente parcelas en nombre del idealismo hortelano del padre de Schreber.

Le piden, luego, que tome la palabra en nombre del padre, es decir exactamente lo que él no puede hacer.  No porque el ideal está forcluido en él sino porque ese ideal no es sino puro producto del deseo materno, sin referencia al padre más allá de su apellido. Curiosamente al fallecer su marido, la viuda de Moritz Schreber hace todo lo posible para volver prestigioso el apellido de su marido al hacer donaciones a ciertas asociaciones que se reconocían en él aunque él nunca creó ningún Schrebergärten. Una vez muerta su madre, Schreber se enfrenta a esa suerte de impostura ya que sabe que “ese prestigio póstumo es un puro producto del deseo de la madre.”[1]

Encontramos aquí algo que Lacan resaltó en su seminario, XXI, es la función del “nombrar para” que indica, generalmente una degradación de la función del nombre del padre.

Ser nombrado para algo, he aquí lo que despunta en un orden que sustituye al nombre del padre. Salvo que aquí, la madre generalmente basta por si sola para designar su proyecto, para efectuar su trazado, para indicar su camino. ¿ qué designa esa huella como retorno del nombre del padre en lo real en tanto que precisamente el nombre del padre está forcluido, rechazado? ¿No es ese “nombra para” el signo de una degeneración catastrófica?”[2]

Bien se nota que  Schreber, puesto en ese lugar de ser nombrado para distinguir los verdaderos de los embusteros, no aguanta. Es un dato importante en ese caso Schreber ya que nos permite entender que algunas identificaciones son posibles para el sujeto psicótico mientras que  otras  lo llevan al estrago. Así que entiendo que cualquier identificación que sólo se sostiene por una nominación para un ideal que procediera únicamente del deseo materno corre riesgo de llevar al sujeto psicótico al estrago.

Para ilustrar ese punto relatare el caso de un paciente que atendí durante muchos años.


El caso Nadar.


Encontré a Nadar por primera vez cuando yo trabajaba como médico psiquiatra residente en un hospital psiquiátrico. Nadar tenía entonces 25 años;  lo llevaron sus padres. Lo habían encontrado emparedado en su apartamiento donde vivía recluso desde hacía tres semanas casi sin comer ni dormir. En esa época casi no hablaba, a no ser que se quejaba por el tratamiento psiquiátrico. La primera palabra vino después de 15 días cuando los enfermeros se dieron cuenta de que tenía un hambre de ogro y que recogía las sobras de la comida en bolsitas que escondía en su habitación. Entonces pudo confesar que era en previsión de una tercera guerra mundial. 

Del lado de los significantes familiares, hay una figura importante: el abuelo materno; era un ingeniero brillante, jefe de una empresa y la madre se había arreglado para que su marido fuera empleado de su padre. Así había favorecido la identificación de Nadar al abuelo materno. Se dedicó a estudiar matemáticas en vista de reemplazar al abuelo. Cuando fallece el abuelo materno, la madre instala a su hijo en el apartamiento del difunto y además le entrega su coche, tantas cosas que a mi paciente le resultaron insoportables. En esa época Nadar estaba a punto de acabar sus estudios para ser profesor de Matemáticas. Entonces  es cuando fracasa en el último examen; ese fracaso  desencadena  la catástrofe.

En realidad la muerte del abuelo materno había dejado libre el lugar de la excepción en la estructura familiar. Luego, aprobar su examen de matemática hubiera propulsado a Nadar en este sitio que le otorgaba su madre. Hubiera sido nombrado para sustituir al ideal del abuelo materno.

Después de cierto tiempo, gracias a la transferencia, dará más detalles y especialmente pudimos despejar el momento del desencadenamiento. Hubo dos malos encuentros.

1° Un encuentro con la muerte. Está con un compañero escalando un pico en la montaña y de repente oyen un grito, un hombre cae delante de ellos y tienen que permanecer al lado del cadáver esperando socorro. El compañero que tiene hambre abre una lata de conserva y se la come. Nadar percibe entonces un olor de carnicería y de repente le viene un pensamiento: frente a la muerte uno se dice: “el sueño se acaba”. Ese fenómeno del olor de carnicería con esa impresión  de fin de sueño, nos dan a pensar en un fenómeno elemental.

2° Hubo un segundo encuentro con la muerte. Poco después una tía suya se ahoga delante de sus ojos. La llevan al hospital donde él la visita. La tía le da la mano, él se desmaya y es cuando tiene una primera alucinación. Oye una voz diciendo: “Cristo volverá para salvar a los hombres.” A esos dos encuentros con la muerte hay que añadir el encuentro con el amor.  En esa época Nadar se enamora de su prima que es ahijada del abuelo materno. Se trata, por supuesto, de una erotomanía. Se imagina que la prima hermana lo quiere, y que los padres, los allegados la impiden acercarse de él. Entonces se aísla en la soledad de su apartamiento, una soledad que intenta colmar con bulimia y masturbación.

Ahora, el verdadero momento de desencadenamiento, el encuentro con Un-padre como dice Lacan, ocurre cuando encuentra a un estudiante japonés que estaba, como él, aislado en el restaurante de la Universidad. Almuerzan los dos frente a frente. Es la época en la que Nadar está invadido por ese goce oral. Pues no soporta encontrarlo en su prójimo, los ruidos de la boca del extranjero frente a él le molestan  así como le molestaban los mismos ruidos de boca de su padre. De noche vuelve a su apartamiento y entonces es cuando oye los gritos de una mujer que parecen proceder del piso encima. Tiene la certeza  de que se trata de su prima a quien el estudiante japonés atormenta.

Cada noche el fenómeno vuelve. Oye gritos y siempre la misma significación: torturan a su prima. Los verdugos son los a quienes ha dado la mano o los con que ha almorzado. Poco a poco la significación se especifica. No torturan a la prima sino que la hacen gozar con aparatos innobles como una perforadora en la vagina y luego con la “máquina de gozar. ” Tiene la impresión de que el edificio entero se organiza para que la cosa sea posible. Además confiesa que si la hacen gozar es para él, actúan por su propia cuenta.

Tiene la idea, la sensación, que la prima está siempre en su espalda y que él es el único en no verla. Para alejar a esa quimera, ese fantasma que se moría y siempre resucitaba en su espalda, tenía que matarla con un puñal diciendo: “ Te mato yo ![3] ” Esa vertiente de su delirio me dio a pensar que la prima representaba a su doble femenino y así realizaba cierta forma de empuje a la mujer. Ese desdoblamiento imaginario supone también un desdoblamiento al nivel de lo simbólico. Tiene dos nombres, pues de repente rellena dos declaraciones de renta distintas. Ya no abre su correo y se imagina que otro personaje, llamado con su segundo nombre, puede leer su correo, fumar su pipa y cometer delitos en la sombra. Por supuesto ese desdoblamiento fracasa en poner trabas al desencadenamiento del goce que lo asalta en la soledad del apartamiento del abuelo difunto.      El único remedio que encuentra para hacer callar las voces, es el imponerse restricciones alimenticias por medio de fórmulas raras que son puros sinsentidos, órdenes insensatas. “No beber agua para poder estudiar de nuevo matemáticas, no comer buey con salsa para poder hacerse geómetra… ” Por supuesto se imagina que unos podrían hacerle comer los platos prohibidos para perseguirlo. En eso sigue por parte el delirio de su primo que hubo un episodio de anorexia delirante y que le hubiera dicho de desconfiar de las invitaciones al restaurante. “Te invitan al restaurante y después te…..(puntos suspensivos). Eso es la factura”. Nadar no entendió el sentido de esa frase interrumpida sin embargo evita con cuidado todos los restaurantes. Nadar se enfrenta con el goce que lo simbólico le impone.

Después de unos años de tratamiento el estado de Nadar mejorándose, el equipo terapéutico animó a Nadar a que hiciera una formación para readaptarse. La hizo y de modo brillante. Pero el éxito le resultó fatal. De nuevo se sentía nombrado para el ideal materno. Luego sufro una recaída. Entonces es cuando desde mi posición en la transferencia propuse a Nadar otro camino. Aconseje al equipo  que dejasen la idea de la readaptación. Se habían dado cuenta de que Nadar era excelente para sacar fotos. Tenía verdadera afición a la fotografía y además sabía revelar las fotos. Así que  le propusieron cargarse de un laboratorio para revelar las fotos en el manicomio.

En esa época, Nadar me contaba todo eso con algo de culpabilidad porque consideraba que esa afición a la foto que había heredado de su padre le había llevado  a no estudiar suficientemente y luego al fracaso. Yo lo anime a que se dedicara a su afición pidiéndole que me hiciera fotos para decorar mi sala de espera. Al inicio se negó pero finalmente aceptó  y me cobró un precio que no fue simbólico. A partir de ese momento el reconocimiento mío le permitió participar en concursos nacionales e internacionales y ganar premios sin que nunca desencadenara catástrofes. 

Ahora entiendo lo que pasó. Sin saberlo verdaderamente, me las había arreglado para proponerle un camino en el que podía identificarse el mismo fuera del ideal superyoico materno.

La cura analítica con un sujeto psicótico no ha de ser dirigida como la de un sujeto neurótico. El análisis le permite al neurótico despegarse de sus identificaciones para encontrar una identidad más esencial o sea su verdad.

El psicótico, en cambio, es un sujeto que no se identifica con sus semejantes, y es para él un sufrimiento tremendo. Entonces no se coloca en ningún sitio en la realidad del mundo. A lo mejor se inventa otra realidad, su delirio, en el que se otorga un lugar de excepción. Por eso la cura analítica con un sujeto psicótico tendría que permitirle a que se identifique de tal modo que la vida pueda resultarle soportable y que él pueda prescindir de esas identificaciones absurdas que lo llevan a la catástrofe.  

Identificarse equivale a sentirse ser alguien, poder contarse uno entre otros, lo que permite aguantar los fracasos sin estar aniquilado reducido a nada  o perseguido por unos rivales malignos. Poder contarse uno entre otros también permite a uno que aguante el éxito sin sentir el vértigo de quien se encuentra solo en la cumbre de la pirámide o único  viviente en el planeta. 

A mi modo de ver la cuestión primordial que nos plantea el tratamiento posible de la psicosis es la de una identificación posible y soportable.

Para volver al caso Schreber, vemos que en la tercera crisis, ya no hay nada para contrarrestar las exigencias del ideal, la espesura de la criatura se desmoronó, Schreber experimentó la pérdida de su ser, olía  la putrefacción de su cuerpo y pedía que lo sepultaran.

Hago la hipótesis que el papel de la mujer de Schreber fue decisivo, durante mucho tiempo, en el sentido en que ha amado a su esposo aunque él estaba hundido en su delirio. Lo ha amado por lo que él era, o sea un hombre, y quizás eso puso trabas al empuje a la mujer cuando Schreber estaba con ella.  Al conservarle su amor ella le aseguraba un lugar donde poder vivir su realidad de hombre varonil. Así que le aseguraba ese espacio de la realidad que Lacan escribe R pero que también es lo real que, de cierto modo, le hacía habitable su ser varonil.

Aquí encontramos el sitio que una mujer puede ocupar en la psicosis de su compañero. Lacan nota que pese al delirio que lo hace mujer de Dios, Schreber mantiene su eje imaginario en el que se inscribe el amor a su mujer. Lacan lo dice refiriéndose a lo que Schreber nota en sus memorias.

Sin embargo en los archivos que podemos estudiar ahora, especialmente cartas de Frau Schreber a los médicos, vemos que ese amor intachable no es tan evidente. Parece que Frau Schreber temía mucho a su marido y no tenía ninguna prisa de que su marido volviera a casa. El mismo Schreber la amaba a su modo o sea con ambivalencia. Pero a fin de cuentas ¿quién puede mejor atestiguar del amor sino quien lo expresa? Amar empieza con atreverse a decir: “te amo”. En ese sentido, no cabe duda que Schreber haya amado a su esposa.

Un poema que Schreber redactó para el cumpleaños de su esposa en 1907 lo atestigua:

“Si fuera preciso que nada permanezca de lo que hemos deseado,

Que una sola cosa por lo menos  resista al tiempo

Guárdame tu amor antiguo tal como yo te dediqué fielmente el mío.”

A fin de cuentas yo diría que la esposa de Schreber no dejo de identificarle como hombre, o sea le aseguró una identificación del lado de cuantos están sometidos a la función fálica. Sin embargo esa función sólo vale para ella. Podemos suponer que en su constelación familiar ella haya heredado los datos de un padre de excepción. Luego ella le presta a su marido esa función que no existe para él sin ella. Entonces cuando ella desaparece, cuando se pone enferma, deja de hablar y deja de cuidar a su marido, él se encuentra de nuevo con su abandono radical.

Ese papel de una mujer en la estabilización más o menos relativa de su pareja es clásico. Tenemos ejemplos famosos con la Nora de Joyce o con la Gala de Dali. Son dos mujeres que amaron, cada una a su estilo, al marido loco, protegiéndolo del abismo.

Hay que saber, por ejemplo que el fallecimiento de Gala precipitó a Dali en una psicosis profunda. Se apartó en el castillo de Pubol donde sepultaron  a Gala y vivió excluido, dejo de pintar, no reconocía sus lienzos. Rehusaba la comida, la bebida porque quería deshidratarse para que su cuerpo se momificara una vez muerto. 

En cuanto a Nora Barnacle, esposa de James Joyce, se sabe gracias a la publicación de la correspondencia de Joyce con su mujer, que intercambiaban correos obscenos que testimonian que Nora sostenía la perversión de su marido. Podemos pensar que eso permitió a Joyce  que anclara su ser del lado de los que sufren la castración es decir de localizar su goce fuera del alcance del goce del Otro que lo acosaba por medio de la lengua contra la cual no dejo de pelear.

La apuesta de la identificación para el sujeto psicótico es lo de encontrar un lugar donde albergar su ser en este espacio escaso entre la identificación en reflejo que entrampa al sujeto en el transitivismo, el infierno de la simetría y la identificación que aspira al psicótico hacia el ideal mortífero. 

Una palabra para concluir y volver al tema del diagnóstico. Diagnosticar una psicosis desencadenada no plantea ningún problema. Es mucho más difícil   diagnosticar una psicosis que aún no se ha desencadenado. Entonces es un diagnóstico de la  estructura. Estructura del conjunto familiar, y estructura de la relación del sujeto con la palabra y con los demás. En si-misma, la significación del falo puede ser tramposa. No es tan fácil distinguir el uso imaginario de la posición fálica y la verdadera función fálica que no es sino la función de la castración.

Entonces creo que tenemos otra herramienta que Lacan nos entregó con  su estudio sobre Joyce que nos permite considerar de otra manera la cuestión de la psicosis es decir prescindiendo del concepto de la forclusión del nombre del padre. Con su teoría del nudo boromeo Lacan nos deja vislumbrar otra manera  de considerar la diferencia entre neurosis y psicosis. Aun yo no estoy listo para tratar de la cuestión, pero os remito al último libro de Colette Soler Joyce con Lacan, que seguramente podrá ayudaros a abordar la lectura de Lacan sobre Joyce.













[1]  Julien Quackelbeen, in Schreber inédit. Champ freudien Seuil. P. 1
[2] Lacan SXXI sesion del 19 de Marzo 1974 .
[3] En frances : “ je te tue ” hay una omofonia entre “ tue ” y “ tu ” (segunda persona). Pues Nadar no usa esa omofonia sino que toma esa frase al pié de la letra . Con su formula Nadar nos muestra que intenta separar al yo y al ti sin lograr hacerlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario